José Manuel Caballero Bonald y la vecina del taxidermista.

Cubierta del libro.
El pasado 23 de abril José Manuel Caballero Bonald recogió el Premio Cervantes y me acordé de un suceso de juventud que leí en la primera parte de su autobiografía Tiempo de Guerras Perdidas (1995). Durante su estancia de dos años en la Sevilla de la posguerra, Caballero Bonald nos describe su intento de relacionarse con Blanquita, la vecina de un taxidermista. Una muchacha que, según el escritor, le "ocasionó algún imprevisto transtorno". El fragmento que sigue lo encontrarán en el décimo capítulo:
"(…) Esa Blanquita, que vivía en mi misma calle y a la que yo había andado tanteando algunas veces, se dedicaba al estúpido juego de prender y apagar la vela, practicado alternativamente con idéntica vehemencia. Era ayudante ocasional de un taxidermista a ratos perdidos, que ocupaba una accesoria en la misma casa de Blanquita y que sólo aceptaba encargos muy especiales. Nunca había disecado una cabeza de ciervo o de toro, sino pájaros de distinto exotismo, mientras más raros mejor. Yo hablaba con él de vez en cuando, no precisamente atraído por ese repelente hobby, sino porque era un tipo de lo más disparatado. Andaba todo el tiempo inventándose sermones jocosos y sustituciones equívocas de palabras. Aunque yo siempre he detestado esos malabarismos de la prosa narrativa, basados preferentemente en la paranomasia o la aliteración –al modo como lo hacen, por ejemplo, el monocorde guajiro britanizado Cabrera Infante o nuestro joyceano particular Julián Ríos-, en la tradición oral del taxidermista quedaban muy aparentes. Tenía también la costumbre de invertir el sentido de los refranes y de asustar a los niños con bromas de antropófago.
Un día, cuando pasaba yo por delante de la accesoria, me invitó a entrar para que viera un pájaro de veras insólito: un águila bicéfala que le habían llevado para disecar. Como mi información sobre águilas bicéfalas se reducía a la heráldica imperial, y aunque supuse que se trataba de alguno de sus juegos de palabras, entre a conocer tan inadmisible ave. A quien primero descubrí fue a Blanquita, sentada en un sillón cortijero y dedicada a secar con una toalla un bulto emplumado que no sabía muy bien qué era. El taxidermista cogió entonces ese bulto, lo fue manipulando hasta que adquirió el especto de una piel de pájaro de gran envergadura y me sealó una protuberancia al lado de la cabeza, cuya forma podía confundirse desde luego con otra cabeza, pero atrofiada. Me explicó entonces que se trataba de un ejemplar muy infrecuente de águila que iba para siamesa y se había quedado en monstruo. Semejante aclaración me dejó tan perplejo como al principio, y algo iba yo a añadir cuando me rogó que si no me importaba quedarme allí un momento con Blanquita, que tenía que ir a la dorguería a comprar no sé qué producto de taxidermia –taximierda, decía él- y que no tardaría en volver ni cinco minutos. Ya en la puerta, se tapó con el pulgar una ventana de la naríz y expulsó por la otra un potente moco.
Cuando nos quedamos solos, Blanquita me dedicó, como solía, unos mohínes lánguidamente incitantes, como ofreciéndose a un galanteo propiciado por aquella buena oportunidad, con lo que después de algún preámbulo inocuo, intenté un comedido asalto. No opuso ella mucha resistencia y, aparentemente, parecía decidida a dejarse querer. Pero, a poco de ese prometedor intercambio de ternezas, me repelió de la manera más impetuosa, amenazándome con ponerse a dar gritos si yo insistía en aprovecharme de ella y en violentarla con tan abusiva desfachatez. Ni siquiera me dio tiempo de aplacarla o de intentar al menos alguna triquiñuela exculpatoria, pues se fue a toda prisa con el gesto de la escapada de una deshonra inminente. Yo me quedé en la puerta sin casi poder aguantarme la furia, supongo que esperando sañudamente el regreso del taxidermista. Pero la cosa no acabó ahí. Al día siguiente, al salir de casa, se me acercó un hombre fornido y zahareño, con cara de conserje y cuerpo de matarife. Levantó un dedo enorme, que no apartó todo el tiempo de delante de mis ojos, y mantuvimos un diálogo que bien pudo ser el siguiente:
"¿Sabes quién soy?"
"Dígame."
"Ya me he enterado de que andas persiguiendo a mi hija."
"¿Yo?"
"Voy a decirte una cosa, una sola: si no la dejas en paz, te desbarato."
"¿Quiere escucharme?"
"No."
"Lo único que yo he hecho es hablar con ella por ahí."
"Pues a la niña ni mirarla, ¿me has entendido?"
Lo había entendido muy bien, de modo que no se me ocurrió añadir nada más y, a partir de entonces, di por cancelada toda relación con aquella pavitonta. Si la veía por la calle, hacía como si no la conociera. Pero el padre no parecía haber quedado muy satisfecho de su entrevista conmigo, pues lo sorprendí más de una vez en funciones de centinela, apostado en una esquina o vigilándome desde la puerta de su casa. Me pareció tan improcedente ese espionaje que se lo comenté al taxidermista, no para que me aconsejara, sino por un simple epente confidencial. Y el taxidermista, después de restregar pausadamente las manos en su mandil, se limitó a responderme con un tecnicismo enigmático: "Eso sólo se arregla si le vacías la andorga y se la rellenas de viruta." Por supuesto que sólo comprendí a medias el significado de esa truculenta solución, pero como ya sólo faltaban unos días para mi veloz escapada de Sevilla durante la Semana Santa, me desentendí sin más de todo aquel ridículo asunto."

J. M. Caballero Bonald  (1).
José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926), poeta, novelista y ensayista. Estudió Filosofía y Letras en Sevilla y Astronomía y Náutica en Cádiz. Publicó Las adivinaciones, su primer libro de poemas, en 1952. Fue profesor de Literatura Española y Humanidades en la Universidad Nacional de Bogotá (Colombia), donde escribió su primera novela Dos días de septiembre (1961). Vivió en Cuba, Estados Unidos y Francia. A  mediados de los años sesenta llegó a ser multado y detenido en varias ocasiones, llegando incluso a ser encarcelado por motivos políticos. Once libros de poesía, doce antologías poéticas, cinco novelas, sus memorias y decenas de ensayos y artículos. Ha recibido más de una veintena de premios y reconocimientos, entre los que podemos destacar el premio Cervantes (2012), el Nacional de Poesía (2006), o el Nacional de las Letras Españolas (2005). Tras publicar Entreguerras (2012), su autobiografía en verso, declaró que abandonaba la escritura. 

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Taxidermidades, 2013.

(1) Fotografía de Rodrigo Fernández en el Círculo de Bellas Artes de Madrid  (2012).

Bibliografía:
J. M.  Caballero Bonald   Tiempo de guerras perdidas  , Colecc. Narrativas Hispánicas, Ed. Anagrama, Barcelona, 1995.

Recursos: 
Página web de la Fundación Caballero Bonald.