"El asedio" de Arturo Pérez-Reverte.

Cubierta de El asedio.
El Asedio (2010, 725 páginas) es una novela escrita por Arturo Pérez-Reverte y ambientada en la ciudad de Cádiz en el año 1811 durante el asedio del ejército francés. Los gaditanos conviven con los cañonazos que a diario alcanzan la ciudad con mayor o menor fortuna. Casi siempre, en el mismo lugar donde cae cada bomba aparece, antes o después, el cadáver de una joven con la espalda desollada a a latigazos. Esas coincidencias se convierten en obsesión para el comisario Rogelio Tizón, que deberá resolver el enigma. A esa primera trama se superponen otras historias, entre ellas la de Lolita Palma, la soltera heredera de una familia de armadores que se dedican al comercio de ultramar y que amplía el negocio al armar un barco corsario, el Culebra, capitaneado por José Lobo, un mercenario sin escrúpulos. El resto de personajes principales se reparten entre Felipe Mojarra, un humilde salinero y guerrillero; Simon Desfosseux, el artillero francés responsable de los cañonazos que abaten Cádiz y obsesionado por resolver técnicamente la falta de alcance de las bombas; y Gregorio Fumagal, un taxidermista culto, afrancesado, misántropo y espía.

Repasamos algunos pasajes en los que el taxidermista cobra protagonismo. Al final de primer capítulo descubrimos a Gregorio Fumagal en su taller. Creo que vale la pena transcribir el fragmento para imaginarnos su taller, el ambiente, el personaje, sus herramientas...:
“Taxidermia no sólo significa disecar sino también crear apariencia de vida. Consciente de ello, con la cinta en la mano, el hombre de la bata gris y el delantal de hule adopta las precauciones necesarias; las que prescriben la ciencia y el arte. Con letra pequeña, apretada y pulcra, anota en un cuaderno cada resultado: longitud de oreja a oreja y de la cabeza a la cola. Después, con un compás, toma la distancia del ángulo interno al externo de cada ojo y anota el color de éstos, que es marrón oscuro. Cuando al fin cierra el cuaderno, mira alrededor y comprueba que empieza a escasear la luz que entra por la puerta vidriera multicolor, semiabierta, de la escalera que conduce a la terraza. De modo que enciende un quinqué de petróleo, coloca el globo de cristal y deja la llama alta, para que ilumine bien el cadáver del perro tendido sobre la mesa de mármol.
El momento es delicado. Mucho. Un mal comienzo puede malograrlo todo. Los pelos del animal se caerán con el tiempo, o cualquier larva o huevecillo de insecto escondido en el relleno de estopa, borra o heno de mar acabará arruinando el trabajo. Según Arturo Pérez-Reverte, su personaje Gregorio Fumagal "es un taxidermista y espía francés. Es un hombre de ciencia y libros, o se estima como tal, con una mirada analítica y fría, como los animales inmóviles de su gabinete".Son los límites del arte. Algunas de las piezas que la luz del quinqué ilumina en el gabinete se han visto afeadas por el paso del tiempo: inexactitudes en la forma natural, estragos de la luz, el polvo o la humedad, cabios de color por exceso de tártaro y cal, o por usar barnices imperfectos. Son también los límites de la ciencia. Esas obras fallidas, pecados de juventud e inexperiencia, siguen ahí, sin embargo, como testigos o recordatorios de lo peligroso que en esa clase de asuntos, como en otros, es cometer errores: músculos contraídos que desfiguran la actitud propia de cada animal, posturas poco naturales, bocas o picos mal rematados, fallos en la disposición del armazón interior, empleo inhábil de la aguja de ensalmar… Todo cuenta entre las paredes de este gabinete, donde la guerra y la situación de la ciudad hacen difícil trabajar como es debido. Resulta cada vez más complicado obtener nuevas piezas que valgan la pena, y no queda otro remedio que arreglárselas con lo que hay. A salto de mata. Improvisando piezas y recursos.
El taxidermista se acerca a un mueble negro situado entre la puerta abierta de la escalera que lleva a la terraza, una estufa y una vitrina desde la que un lince, una lechuza y un mono tití miran al gabinete con ojos inmóviles de pasta y vidrio. Allí elige, entre otros utensilios, unas pinzas de acero y un bisturí de mango de marfil. Con ellos en la mano vuelve a la mesa y se inclina sobre el animal: un perro joven de tamaño mediano, con una mancha blanca en el pecho que se repite en la frente. Hermosos colmillos. Un buen ejemplar en cuya piel intacta no ha dejado huella el veneno que lo mató. A la luz del quinqué, con mucho cuidado y pericia, el taxidermista le extrae los ojos por medio de las pinzas, corta el nervio óptico con el bisturí, y limpia y espolvorea las cuencas vacías con una mezcla de alumbre, tanino y jabón mineral que tiene dispuesta en un mortero. Luego rellena las cuencas con bolas de algodón. Al cabo, tras comprobar que todo está bien, coloca el animal boca arriba sobre la mesa, tapa todos los agujeros del cuerpo con borra, le separa las patas y, haciendo un corte desde el esternón al vientre, empieza a desollarlo.
(…)
Anochece despacio. Mientras el taxidermista corta la piel del perro a la luz del quinqué, separándola con cuidado de la carne y los huesos, por la escalera de la terraza se oye el zureo de las palomas.”
En el capítulo segundo el taxidermista visita la jabonería de Frasquito Sanlúcar. Poco más adelante, Fumagal llega a su taller y reemprende su trabajo:
“El tiempo parece suspendido en el silencio de las criaturas inmóviles que ocupan las paredes del gabinete. La luz que entra por la puerta acristalada de la terraza se refleja en los ojos de vidrio de las aves y mamíferos disecados, en el barniz que cubre la piel de los reptiles, en los grandes frascos de cristal cuya ingravidez química preserva, en posturas fetales, criaturas inmóviles de piel amarilla. (…)
La última palabra del razonamiento gravita sobre los animales inmóviles. El perro a medio disecar sigue sobre la mesa de mármol, cubierto por un lienzo blanco, Es aquélla una labor paciente, como la otra. Propia de gente tranquila. Algunas partes del cuerpo ya están armadas con alambre que refuerza los huesos y articulaciones, y ciertas cavidades naturales rellenas de borra. Las cuencas vacías de los ojos siguen obstruidas por bolas de lagodón. El animal huele fuerte, a sustancias que lo preservan de la descomposición. Tras picar y mezclar en un mortero el jabón de Frasquito Sanlúcar junto con arsénico, solimán y espíritu de vino, el taxidermista empieza a extenderlo cuidadosamente con una brocha de crin sobre la piel del perro, siguiendo con suavidad el sentido del pelo mientras seca la espuma con una esponja.”
Otro ejemplo de la actividad y atmosfera de ese taller nos lo proporciona Pérez-Reverte en el capítulo sexto:
“Gregorio Fumagal da de comer a las palomas, vierte agua en un recipiente y cierra con cuidado el palomar. Después cruza la puerta vidriera de la terraza, dejándola abierta, bajo los peldaños de la corta escalera y regresa al gabinete de trabajo. Allí, entre las miradas inmóviles de los animales disecados puestos en perchas y vitrinas, su nueva pieza, el macaco de las Indias Orientales, empieza a tomar forma sobre la mesa de mármol: una apariencia espléndida, cuya visión complace al taxidermista. Tras desollar el animal, descarnar y limpiar sus huesos, tuvo varios días la piel sumergida en una solución de alumbre, sal marina y crémor tártaro comprado en la jabonería de Frasquito Sanlúcar –también adquirió una tintura nueva para el pelo, que ya no destiñe con el sudor-, antes de empezar el armado interno combinando alambre grueso, corcho y relleno de estopa con la estructura ósea cuidadosamente reconstruida y devuelta, paso a paso, al interior de la piel preparada.
(…) Trabaja hábil con agujas, punzones y bramantes, rellenando y ligando cavidades mientras consulta la documentación dispuesta junto a la mesa. Se trata de estudios previos de la postura que pretende dar al simio: incorporado sobre una rama de árbol seca y barnizada, la cola caída y enroscada al extremo, la cara ligeramente envuelta sobre el hombro izquierdo, mirando al futuro espectador. Para fijar el cuerpo del macaco en actitud propia, el taxidermista recurre a estampas de historia natural, a grabados de su colección y a dibujos hechos por él mismo. No descuida detalle, pues se encuentra en un momento delicado del proceso: la búsqueda de una postura que realce el cuerpo del animal, con toques complementarios de fino acabado en párpados, orejas, boca o texturas del pelo. De eso depende en gran medida el apresto final, el punto exacto que dará o quitará credibilidad al trabajo, subrayando su perfección o destruyéndola. Es consciente Fumagal de que una deformación pasada por alto, un rasguño en la piel, una sutura mal hecha, un insecto minúsculo descuidado en el relleno, desfigurará la pieza hasta el extremo de arruinarla con los años. Después de casi treinta de oficio, sabe que todo animal disecado sigue de alguna forma vivo, envejeciendo a su manera con los efectos de la luz, el polvo, el paso del tiempo y los sutiles procesos físicos y químicos, desarrollados en él. Peligros de los que debe precaverse, recurriendo a los extremos del arte, la destreza de un buen taxidermista.”
Arturo Pérez-Reverte define en su web al personaje de Gregorio Fumagal: “Taxidermista y espía francés. Es un hombre de ciencia y libros, o se estima como tal, con una mirada analítica y fría, como los animales inmóviles de su gabinete”. En el capítulo cuarto el autor nos descubrirá aspectos de la personalidad de este personaje:
“En su caso, ni el pelo teñido ni el resto del cuidado personal responden, como ocurre con hombres coquetos o petimetres, al deseo de aparentar juventud o lozanía. Es más bien cuestión de normas. De disciplina útil. El taxidermista es hombre en extremo atento a sí mismo, con rígida exigencia que incluye desde el afeitado diario hasta la higiene de las uñas, o la ropa que él mismo plancha o hace blanquear por una lavandera de la calle del Campillo. Tampoco considera otra opción. En hombres de su clase, sin familia ni amigos, lejos del tribunal e ojos ajenos que juzga virtudes y flaquezas, la norma personal íntima, insoslayable, se convirtió hace tiempo en un sistema de supervivencia. A falta de fe de lo inmediato o de bandera propia –la del otro lado de la bahía no es más que una alianza circunstancial-, las rutinas, los hábitos personales, los códigos rigurosos que nada tienen que ver con las leyes venales e inútiles de los hombres, son la trinchera donde Fumagal se refugia para sobrevivir, en un territorio hostil donde el reposo no existe, las perspectivas de futuro son escasas, y el único consuelo consiste en rehacer la Naturaleza con relleno de paja, aguja de ensalmar y ojos hechos con pasta y vidrio.”
Más tarde también, cuando Fumagal se halla un domingo sentado a una mesa de una confitería:
“El taxidermista tiene ideas propias sobre el espectáculo que presencia. Es hombre de ciencia y libros, o se estima como tal. Eso le despoja la mirada –analítica, fría como los animales inmóviles de su gabinete- de cualquier benevolencia. Las palomas que desde su terraza tejen, o ayudan a ello, una red de rectas y curvas sobre el mapa de la ciudad, se contraponen a todos aquellos faisanes y pavos reales que despliegan la cola, recreados en la vileza de su mundo corrupto, caduco, condenado por el curso inexorable de la Naturaleza y la Historia. Gregorio Fumagal tiene la certeza de que ni siquiera las Cortes reunidas en San Felipe Neri cambiarán las cosas. (…) Fumagal, hombre de lecturas extranjeras y comprometidas –el barón Holbach, alias Mirabaud, es su mentor desde que hace veinte años cayó en sus manos una edición francesa del Sistema de la Naturaleza-, opina que España perdió la ocasión de una guillotina en el momento adecuado: un río de sangre que limpiase, acorde con las leyes universales, los establos pestilentes de esta tierra inculta y desgraciada, siempre sujeta acuras fanáticos, aristócratas corruptos y reyes degenerados e incapaces.”
Y finalmente, en el capítulo noveno:
(…) El taxidermista está convencido de que la Humanidad va de amo en amo, compuesta por infelices que creen ser libres actuando contra sus inclinaciones; incapaces de asumir que la única libertad es la individual y consiste en dejarse llevar por las fuerzas que a uno lo dominan. Lo que el hombre haga será siempre consecuencia de la fatalidad; del orden amoral de la Naturaleza y de la conexión de causas y efectos. Eso torna ambigua la palabra maldad. Contradictoria, la sociedad castiga las inclinaciones que la caracterizan; pero ese castigo es sólo un frágil dique contra los ímpetus oscuros del corazón. El ser humano, estúpido hasta la demencia, prefiere las ilusiones falsas a la realidad que desmiente por sí misma la idea del Ser bondadoso, supremo, inteligente y justiciero. Sería una aberración que un padre armara la mano de un hijo irascible y lo condenase luego por haber matado con ella.”
El asedio francés a Cádiz le dificulta a Fumagal la obtención de animales. Recordemos que en el primer capítulo disecaba un perro envenenado. En la novela el taxidermista se encuentra en varias ocasiones con el Mulato, contrabandista además de su enlace con los franceses, que le proporciona animales para disecar y las palomas mensajeras que cría y suelta en su terraza. Finalmente, el Mulato confesará a Fumagal que se siente vigilado y que dejará de trabajar como enlace. Tras visitar de nuevo la jabonería de Frasquito Sanlúcar, a la salida del establecimiento, el taxidermista se siente vigilado. En una de sus ausencias, el comisario Rogelio Tizón forzará la cerradura y entrará en el domicilio de Gregorio Fumagal: nueva descripción del gabinete de trabajo del taxidermista. Tizón encuentra, además de las anotaciones taxidérmicas, otras más comprometedoras para su propietario. El comisario mantendrá bajo vigilancia al sospechoso, hasta detenerlo poco más tarde. Lo cree culpable de la muerte de las jóvenes que aparecen cerca de donde van cayendo las bombas y torturará al taxidermista para tratar de que se confiese autor. Finalmente, fruto de un acuerdo entre el comisario Tizón y Simon Desfosseux, Gregorio Fumagal será entregado a los franceses.
 
En un artículo de Jacinto Antón en el diario El País (12-11-2009) el autor define su novela:
""No es una novela histórica ni sobre la guerra de Independencia. Transcurre en el Cádiz del asedio francés, pero es una novela de personajes, de varios personajes con distintas historias cuyas vidas se van cruzando y cuyas actitudes y conflictos enlazan directamente con ahora. Es en ese aspecto una novela contemporánea. La guerra, la Constitución, la parte histórica son sólo el telón de fondo, pero no el objetivo de la novela; no hay nada didáctico en ella". Como siempre que habla de sus obras, Arturo Pérez-Reverte se expresa con una pasión que raya casi en la ferocidad. Su entusiasmo es contagioso. "Hay una trama policiaca, de espionaje, y otra científica, y otra folletinesco-romántica, y otra marina, y otra aventurera". Vamos, todo Pérez-Reverte. "Cada tema tiene un personaje que representa una parte de la historia; se van cruzando, todos convergen. La novela transcurre en el Cádiz de esa época pero podía haber elegido el Madrid del 36 o el Sarajevo del 92"."
El asedio es una novela entretenida, bien documentada y, como siempre, léxicamente rica, que obtuvo buenas críticas. El ejemplo de una de ellas, la de José María Poyuelo Yvancos en el diario ABC (5-3-2010):
“Una novela extensa que, sin embargo, se lee sin poder dejarla. Porque ocurre con ella la vieja e impagable sensación dual que originan las buenas novelas: no tienes ganas de dejarla, pero al tiempo quieres que acabe para saber quién es el asesino; quieres avanzar, pero te da pena terminarla, porque estás a gusto en esta Cádiz de la Historia, que parecía que estuviera esperando a su novelista.”
Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, España, 1951) fue reportero de guerra (Chipre, Líbano, Eritrea, Sáhara, Malvinas, El Salvador, Nicaragua, Chad, Libia, Mozambique, Angola y media docena de guerrás más) para prensa, radio y televisión. En la actualidad se dedica en exclusivo a la literatura. Autor de una treintena de títulos, la colección Las aventuras del capitán Alatriste (siete novelas) es su mayor éxito. Ingresó como miembro en la Real Academia Española de la Lengua en el año 2003. Sus obras se han traducido a 40 idiomas.

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 Taxidermidades, 2013.
 
Bibliografía:
Arturo Pérez-Reverte  El asedio , Ed. Alfaguara, Madrid, 2010.

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