"La calma del más fuerte" de Veit Heinichen.

La calma del más fuerte, Die Ruhe des Stärkeren, es la sexta entrega protagonizada por el comisario Proteo Laurenti, el protagonista de una serie de novelas policíacas escrita por Veit Heinichen. La sinopsis que aparece en su contraportada es la siguiente: 
"La noche en que el comisario Laurenti regresa a Trieste tras asistir a una conferencia internacional sobre la seguridad en la Comunidad Europea, en su mismo tren se comete el asesinato del taxidermista Marzio Manfredi. Las pistas indican que éste se ganaba la vida con el contrabando de drogas y animales de especies protegidas. Para la investigación, Laurenti no puede contar con su nueva compañera, Pina, porque acaba de ser atacada por un pitbull. Casualmente, es atendida en la villa de un tiburón de las finanzas un tanto sospechoso, al otro lado de la frontera italo-eslovena. Pina no imagina que se encuentra en pleno corazón del crimen financiero. Goran Newman, su anfitrión, gana miles de millones en los mercados internacionales gracias a sus negocios inmobiliarios y al comercio de cereales sometidos a manipulación genética. Un intento de atentar contra el millonario por parte de un grupo de radicales de la ultraderecha croata procura aún mayor estrés al comisario..."
Cubierta del libro.
Veit Heinichen, escritor alemán afincado en Trieste, publicó La calma del más fuerte en Austria en 2009. Al año siguiente apareció una excelente traducción al español a cargo de Isabel García Adánez. Aunque algo menos conocido, es inevitable la comparación del comisario Laurenti de Heinichen, con el atípico detective Pepe Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán, con el comisario Salvo Montalbano de Andrea Camilleri, o con el comisario Brunetti de Donna Leon, y como las novelas mencionadas, la televisión alemana ARD serió entre 2006 y 2009 las cinco primeras entregas de Heinichen. La calma del más fuerte no cuenta, de momento pues, con capítulo televisivo. Laurenti comparte además con Cavalho y Montalbano su afición por la buena mesa.

Los personajes habituales de la serie, además de Laurenti, casado y con tres hijos, un personaje agobiado por la burocracia, son su ayudante Antonio Sgubin, su secretaria Marietta, el forense Galvano, y la recién incorporada inspectora Pina Cardareto, que en esta ocasión se enamorará de Sedem, el hijo de un tiburón financiero. La acción tiene lugar en la región del Carso, en la frontera entre Italia y Eslovenia, un territorio que conoce bien Heinichen, residente en Trieste desde 1980. 

Lógicamente, no destriparemos la novela, pero aprovecharemos para conocer algo más al malogrado taxidermista Marzio Manfredi, cuyo nombre aparece por vez primera en una conversación entre el siniestro Goran Newman y tres oscuros hombres de negocios. Ahí conocemos algunas de las ocupaciones de Manfredi para ganarse un sobresueldo, y también en qué se lo gasta:
"- ¿Qué proponéis? ¿Debo cancelar mi vuelo a Londres? -el tono de voz de aquel caballero de complexión atlética, cabello entrecano y guantes de seda gris siempre era suave pero tenía una evidente nota de sarcasmo-. ¿Por amor a Istria y a Dalmacia libres? ¿No sabréis, por casualidad, a quién le han encargado esa misión de enviarme al más allá?
- A un fracasado -dijo Vera, entregándole una foto-. Un taxidermista de Trieste.
- Se dedica al contrabando para ellos, por sacarse un sobresueldo que luego despilfarra en las apuestas. Lo tienen cogido por salva sea la parte -completó Edvard."
Poco después descubrimos el primer cadáver de la novela:
"- Te tengo dicho que no me llames -gruñó al teléfono Boris Mervec, medio dormido. Aún no había amanecido y la espalda de la montaña cubierta de nieve sobre la que daba su apartamento del Wörthersee se dibujaba sobre el cielo como una mera sombra.
- No he tenido más remedio, Manfredi está muerto. Acaban de dar la noticia en el informativo local de Trieste de las siete. Pero han dicho muy poco, sin ninguna foto. Lo estrangularon esta noche y lo tiraron del tren poco antes de Trieste-Centrale, de un puente. Está más muerto que muerto (…)"
El lector habitual de Taxidermidades ya conocerá alguna de las debilidades de quien les escribe, como es la de conocer cómo algunos autores dibujan a los taxidermistas que aparecen en sus obras, en general unos seres bastante turbios, una visión siniestra que se retroalimenta conforme vamos descubriendo más disecadores de ficción. Pues bien, tras después de la aparición de Manfredi, un personaje que no pronuncia una sola palabra en toda la novela, conocemos su biografía gracias a una conversación entre Laurenti y su secretaria Marietta:  
"- ¿En una caravana cerca de la frontera? -Proteo Laurenti se rascó la sien mientras leía superficialmente las dos páginas con los breves datos biográficos del hombre del tren-. ¿Todo el año?
No era la primera vez que escuchaba que algunos tipos raros vivían en algún tipo de infravivienda en el Carso, en soledad absoluta o, si acaso, en compañía de algún perro, sin duda mejor alimentado y con mejor aspecto que su amo, que no entraba en contacto con el agua caliente sino en raras ocasiones y cuya tez colorada revelaba el exceso de vino barato.
-Ya sabes, algunos heredan un terreno pero no consiguen el permiso para construir allí por lo de la reserva natural. Vendiendo la parcela no sacarían mucho, así que se compran una caravana de segunda mano, la plantan debajo de un árbol, instalan una barbacoa delante y cavan una fosa a modo de retrete detrás de un enebro frondoso. Y así, al principio pasan allí arriba la tarde del sábado, y a los pocos meses ya es el fin de semana entero. El hombre llega a casa borracho, tiene broncas con la parienta, total que se queda más tiempo aún en su pequeño paraíso… él solo, claro. Primero pasa el verano porque la mujer prefiere ir a la playa, luego lo alarga hasta el otoño, el invierno, y la primavera.
- ¿Y qué hacen allí el día entero? ¿De qué viven?
- Chapuzas ocasionales. Sus únicos amigos son el perro, pastor alemán por lo general, y la botella de vino. Cuando hace frío, frecuentan más la osmizza, la rústica taberna en la que al menos arde un fuego para calentarse. Ya no figuran en ninguna dirección postal, el único dato oficial de empadronamiento es de algún pariente. En este caso, la madre, en la Via della Cattedrale. Si el hijo hubiera vivido más que ella, en unos pocos años le habría caído una hermosa herencia, las casas de ese barrio valen su buen dinero.
- ¿Datos personales?
- El hombre se llamaba Marzio Manfredi, cuarenta y un años, divorciado. Trabajaba como taxidermista en el Museo de Historia Natural de la Piazza Hortis.
- ¿Era uno de ésos que disecan ardillas? Bonita profesión.
- Ardillas, arrendajos, osos, perros. Ya sabes que en el museo tienen bichos polvorientos para aburrir.
Laurenti miró la primera página del expediente. Abandono de los estudios a los dieciséis años, muerte prematura del padre en accidente laboral en uno de los muelles, donde había llegado a ser encargado. La madre, hasta su jubilación ocho años atrás, tenía una mercería en la Cavana y vivía en una casita unifamiliar en propiedad en el Colle di San Giusto, la colina del castillo.
- ¿Antecedentes? -pasó la página. En los años setenta, el hombre había tenido bastante trato con las fuerzas del orden. En su día formó parte de una banda de matones neofascistas de cierto calado en la estructura política italiana: algunos de sus cabecillas, dándoselas de demócratas, llegaron a alcanzar puestos importantes en Roma, lo cual, por otra parte, no significaba que se volvieran más competentes ni más simpáticos. (…) El tal Manfredi había sido detenido en varias ocasiones, aunque siempre lo habían declarado inocente. Laurenti recordaba cómo, recién llegado él a Trieste, aquel grupo había intentado tomar por la fuerza la emisora de la RAI. Según los informes, Manfredi había participado en aquel acto. Más adelante, los neofascistas lo expulsaron del grupo porque, al parecer, había caído en la adicción al juego y no era de fiar. (…)
- Está acusado de malos tratos a su ex mujer. El año anterior al divorcio, solicitado por ella según apunta todo. Tuvo que acudir una patrulla a su casa en dos ocasiones, aunque luego la mujer retiró las denuncias. Además tiene pendiente una sanción económica y catorce meses de prisión, en libertad condicional, por importación ilegal de animales de especies protegidas procedentes de Bosnia.
- ¡Me cago en esta ciudad! -profirió Laurenti con un sonoro resoplido-. Si es que aquí nunca pasan cosas normales… ¿Qué tipo de animales?
- Aves recién cazadas de la región de Mostar. Para ser exactos: mil trescientas cincuenta alondras, valoradas en más de cien mil euros. Por lo visto, su intención era disecarlas y venderlas a coleccionistas, pero en ese momento le sonó el teléfono y su contacto le preguntó si ya estaba en Italia. Las aves tenían un destino mejor: los pucheros de algunos restaurantes para gourmets de la Lombardía.
- Paté de alondra, ¡qué rico! -se relamió el comisario-. ¿Y qué hay del recibo que encontré en su bolsillo? -Laurenti vio el papel arrugado sobre la mesa de Marietta. Se lo había entregado esa misma mañana, antes de ir a la reunión para informar a los comandantes de los otros cuerpos de seguridad sobre los resultados de la conferencia de seguridad en Roma.
- Caviar ruso (…)
- ¿Y qué se sabe?
- Nada nuevo. Estrangulamiento.
(…)"

 Henry Hübchen encarnó a Proteo Laurenti en la serie producida por la  ARD (1).

Heinichen, como si fuera sabedor de nuestra curiosidad, nos describe el entorno de trabajo del taxidermista: 
"Laurenti, que llevaba el cansancio grabado en el rostro, entregó a Pina el delgado dossier verde pidiéndole que procurase hallar algo de luz en la vida de aquel disecador de ardillas. (…)
Su primera visita fue a la madre de Marzio Manfredi, de quien, sin embargo, no pudo sacar más que un sollozo tras otro. (…)
(…) Tan sólo una imponente escalera conducía desde el vestíbulo de piedra gris, parcamente iluminado, hasta la Biblioteca Municipal, en la primera planta; dos más arriba, al Museo de Ciencias Naturales, del que había leído en el periódico que pronto sería trasladado a las afueras. Si, una vez allí, lo reabrían alguna vez era otra cuestión, pues se contaba con los medios para la mudanza, pero el gobierno de la ciudad aún no había aprobado el presupuesto para la recolocación de los fondos. Que los bichos disecados pasaran a la posteridad, por así decirlo, entre ellos.
(…) Sin saber qué hacer, recorrió los pasillos, fue cojeando de puerta en puerta, de un despacho vacío a otro, y por fin dio con una mujer sentada tras una mesa, de pésimo humor, con una tez tan gris como su cabello y como los muros de la escalera, y cuya edad le fue imposible adivinar. Leía el periódico al tiempo que masticaba un tramezzino.
Pina fue directa al grano:
- ¿Es que Marzio Manfredi no trabaja por las tardes?
- No, por las mañanas no pega golpe y por las tardes no viene -la mujer ni siquiera se dignó a mirarla.
- ¿Cuál es su despacho?
- Cuatro puertas más allá -la mujer hizo un desganado gesto con la mano para señalar la dirección de la que hablaba-. Pero no hay nadie. Como de costumbre. Si es que iban a despedirle…
(…)
"Parecía gustarle su trabajo y también debía de hacerlo bien. Lo que no aguantaba era el estrés."En el rincón, bajo una ventana que daba a la Piazza Hortis, había un escritorio; en medio de la habitación, un largo banco de trabajo en el que reinaba el desorden más absoluto. En las paredes se veían placas de piedra con esqueletos de dinosaurios, aves disecadas sentadas en sus ramas y, en efecto, también dos ardillas. Había lagartijas en frascos de formol; en otro frasco, la ancha cabeza gris de una víbora coronaba el musculoso cuerpo enroscado. También vivía en aquel taller un oso pardo, erguido a dos patas como si fuera un hombre, pero lleno de polvo y con el pelo comido por las polillas. Debía de llevar allí desde que existía el museo… y siempre había sabido zafarse del aspirador del personal de limpieza. (…)  
-Espere -dijo-, quiero hacerle algunas preguntas. ¿Cuánto tiempo llevaba Manfredi trabajando aquí?
La mujer gris se encogió de hombros.
Mucho. Quince años por lo menos. Si lo quiere con más detalle tendrá que preguntar en la sección de personal.
- ¿Siempre trabajó como taxidermista?
- Desde que recuerdo, sí.
- ¿Le llamó la atención por algo últimamente? ¿Observó algo raro en su comportamiento, algún hábito inusual? Mayor nerviosismo, llamadas…
- Mire, un comportamiento raro tenía siempre, lo del nerviosismo era más bien él quien lo causaba a los demás…
- ¿Con quién mantenía una relación estrecha?
- Que yo sepa, con nadie. Llegaba puntual por las mañanas, cerraba la puerta tras de sí, y por la tarde salía del edificio a las cuatro y cuarto en punto. Se pasaba el día ante su banco de trabajo, vaciaba los bichos malolientes que le enviaban y, en algún momento, te encontrabas con un ave sentada en una rama que cualquiera diría que iba a salir volando otra vez… Parecía gustarle su trabajo y también debía de hacerlo bien. Lo que no aguantaba era el estrés. Como alguien le metiera prisa para repasar alguna pieza de la exposición, echaba por la boca unos sapos que ni con mi mejor intención, se los podría yo repetir… Bueno, basta con mirar ese oso. Resulta especialmente atractivo a las clases de los colegios, pero no había forma de que Marzio lo sacase de aquí. Llevará semanas el pobre bicho, los visitantes hasta preguntan por él. Ah, pero el señor se veía como un artista. Cada cosa tenía su debido momento. Luego sí, cuando se ponía con algo, le quedaba impecable. Pero, vamos, se lo digo sinceramente, por lo general era mejor no tener mucho que ver con él. Quizá lo dé la profesión… Ser tan cínico, quiero decir. Sólo era amable con las viejas que le traían algún animalito que, según decían, se habían encontrado. Un pajarito que se había chocado contra su ventana, una ardilla… O una culebra que había capturado alguien paseando por el Carso. La mayoría subía primero a ver a nuestro zoólogo, una planta más arriba… ése sí te soluciona lo que sea en un santiamén…, con la esperanza de haber hecho algún hallazgo especial que les haría salir en los periódicos. Pero ¿qué se va uno a encontrar aquí que no haya visto ya? Una vez, una mujer le trajo a su caniche para que se lo disecara, se le acababa de morir y era su única compañía. Fíjese que, después de que Marzio le dijo que no, ella tiró el cadáver a la basura de la plaza. ¿Más preguntas?
(…) Pina necesitó subirse a una silla para palpar el interior de madera del oso, y tuvo que introducir el brazo hasta pasado el bíceps para coger el misterioso objeto. ¡Acero frío! (…)"
El Museo Cívico de Historia Natural de Trieste en 2007 (2).

El Museo Civico di Storia Naturale de Trieste, que efectivamente estuvo ubicado durante 150 años en el número 4 de la piazza Attilio Hortis, cerró en el año 2008 y reabrió su nueva sede en 2010 en el número 4 de la via dei Tominz.

Veit Heinichen nació en Villingen-Schwenningen en 1957. Estudió administración de empresas en Stuttgart y trabajó en la industria del automóvil y más tarde como librero y para editoriales suizas y alemanas. En 1980 se trasladó a Trieste. En 1994 fue uno de los fundadores de la editorial Berlin Verlag, que dirigió hasta 1999. A partir de 2001 comenzaría su etapa de escritor con la publicación de su serie de novelas policiacas con el comisario Proteo Laurenti como protagonista y ubicadas en la región en la que vive. De momento son siete entregas, que se han traducido a diez idiomas, y por las que ha recibido algunos reconocimientos.


Notas.-
1.- Imagen propiedad de la televisión ARD.
2.- Imagen propiedad de Joshua Cesa.


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Taxidermidades, 2014.

Bibliografía:
Veit Heinichen  La calma del más fuerte , traducción de Isabel García Adánez, Colección Policíaca, nº 171, Ediciones Siruela, Madrid, 2010.