El gabinete de curiosidades de los Tradescant.

En julio de 1638 el estudiante de leyes alemán Georg Christoph Stirn (1616-1669) lo describió así en su diario de viaje, un manuscrito que se conserva en la Biblioteca Bodleiana de Oxford:
   "En el museo del señor John Tradescant se encuentran los siguientes objetos: en primer lugar, en el patio reposan dos costillas de ballena, también un ingenioso barquito hecho de corteza; a continuación, en el jardín, todo tipo de plantas extranjeras que están contenidas en un pequeño libro específico que el Sr. Tradescant ha mandado imprimir sobre ellas. En el museo en sí vimos una salamandra, un camaleón, un pelícano, una rémora, un lanhado (sic) de África, una perdiz blanca, un ganso que creció en Escocia en un árbol, una ardilla voladora, otra ardilla como un pez (sic), todo tipo de aves de colores brillantes de la India, una serie de objetos convertidos en piedra (1), entre otros, un pedazo de carne humana en hueso, calabazas, aceitunas, un trozo de madera, la cabeza de un mono, un queso, etc; El gabinete de los Tradescant está considerado como el primer museo inglés que se abrió al público.todo tipo de conchas, la mano de una sirena, la mano de una momia, una mano de cera muy natural conservada bajo cristal, todo tipo de piedras preciosas, monedas, una imagen hecha con plumas, un pequeño trozo de madera de la cruz de Cristo, imágenes en perspectiva de Enrique IV y Luis XIII de Francia, que se muestran, como al natural, en un espejo de acero pulido cuando la imagen está centrada, una pequeña caja con la perspectiva de un paisaje, imágenes de la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla, copiadas de un libro por un judío, dos tazas de [cuernos de] rinoceronte, una taza de alcedo (sic) de la de India Oriental que es una especie de unicornio (2), calzado y botas tanto turco como extranjero, un loro marino, un pez-sapo, una pata de alce con tres pezuñas, un murciélago tan grande como una paloma, un hueso humano de 42 libras de peso, flechas indias utilizadas por los ejecutores de la Indias occidentales cuando condenan a muerte a una persona, que de espaldas muere a causa de ellas; un instrumento utilizado por los judíos para la circuncisión, un poco de madera muy ligera de África, las vestiduras del rey de Virginia, un par de copas de ágata, un ceñidor como el que los turcos visten en Jerusalén, la pasión de Cristo tallada muy delicadamente en piedra, una gran piedra magnética, un San Francisco en cera bajo cristal, también un San Jerónimo, el Padrenuestro del Papa Gregorio XV, pipas de las Indias Orientales y Occidentales, una piedra que se encuentra en el agua en las Indias Occidentales, en al que se tallaron Jesús, María y José; un hermoso regalo del duque de Buckingham, de oro y diamantes fijados a una pluma significando los cuatro elementos, un Natura hominis de Isidoro, un flagelo con el que, se cuenta, Carlos V se azotaba; una banda de sombrero hecha de huesos de la serpiente."

Relatos cortos de taxidermistas. Primera entrega.





Perdí un ojo. ¿En qué demonios pensaba cuando situé el armario clasificador sobre el montón de viruta?

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-¿Podría enviarme un taxi a la calle Mayor número 15?
-Descuide, en cinco minutos estoy ahí -respond el taxidermista antes de colgar el teléfono-.

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Aquella semana llegaba a su fin y sorprendentemente ningún cliente le había preguntado si realmente vivía de eso.

"Taxidermy", obra de la naturalista e ilustradora Sara Bowdich Lee.

Portada de la primera edición de Taxidermy.
En 1820 se publicó en Londres Taxidermy: or the art of collecting, preparing and mounting objects of Natural History. En aquellos momentos la naturalista inglesa Sarah Bowdich, autora del libro, se encontraba en París junto a su marido, el también naturalista Edward Thomas Bowdich. Allí permanecieron entre 1820 y 1823, mantuvieron contacto con Alexander von Humboldt, asistieron a las clases de Historia Natural y estudiaron las colecciones de Georges Cuvier, profesor del Museo Nacional de Historia Natural. Fue en aquel periodo cuando Sarah Bowdich conoció las más avanzadas técnicas de montaje de animales que se practicaban en el Museo de París, y también el influyente texto Taxidermie (1803), que Louis Dufresne (1753-1832), director del laboratorio de Taxidermia de la institución, publicó como artículo en el Nouveau Dictionnaire d'Histoire Naturelle. De hecho se atribuye a Dufresne tanto la creación de la nueva denominación de Taxidermia como la divulgación de la secreta fórmula del popular jabón arsenical de Jean-Baptiste Bécoeur. Ambas novedades se publicaron por vez primera en la obra Traité élémentaire et complet d'Ornithologie (1800) que escribió el malogrado naturalista François Marie Daudin, asesorado en temas taxidérmicos precisamente por su amigo Dufresne, como el primero confesaba en el mismo texto. Louis Dufresne comparaba precisamente en Taxidermie (1803) la situación del arte de disecar tanto en Francia como en Inglaterra:

Francesc Darder, personaje de cómic.

El taxidermista, veterinario y comerciante de objetos de Historia Natural Francesc d'Assis Darder Llimona (Barcelona, 1851-1918) se convirtió a finales de 2015 en personaje de cómic en el álbum Les extraordinàries aventures de Francesc Pujols, con texto en catalán de Sebastià Roig y dibujos de Toni Benages Gallard, editado por Males Herbes.

Darder trabajando en su taller (1).

Crónica del "negro de Banyoles".

El negro de Banyoles en 1977 (1).
A finales de octubre de 1991 una carta de Alphonse Arcelín, médico español de origen haitiano residente en Cambrils, Tarragona, dirigida al alcalde de Banyoles, Girona, exigiéndole la retirada del Museo Darder del que popularmente se conocía como "el negro de Banyoles", desató una polémica que llegó a alcanzar repercusión internacional. Al cabo de pocos meses la ciudad se disponía a acoger las pruebas de remo de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Hasta entonces, el cadáver disecado de aquel bosquimano de etnia tsuana o bechuana, exhibido de acuerdo con los criterios museísticos del siglo XIX en la vitrina de un pequeño museo comarcal, a pesar de no haberse ocultado jamás, había pasado inadvertido. A día de hoy miles de personas guardan en su memoria la imagen de una visita infantil -la mía fue a mediados de los años setenta del pasado siglo- a una sala del Museo Darder donde además de la vitrina de el negro, se alineaban en estanterias cráneos verdaderos y reproducciones en yeso, fetos sumergidos en alcohol, momias y dos pieles humanas curtidas extendidas sobre una pared. Toda una experiencia. La controversia desencadenada a finales del siglo XX, acompañada de acusaciones de racismo, sobrevenida además en una población con una alta tasa de población inmigrante de origen africano y sin problemas de convivencia, analizada ahora con algo más de perspectiva, quizá fuera injusta y desproporcionada.