Enrique Pérez Escrich, uno de los novelistas costumbristas por entregas -escritor de folletines- más exitosos del siglo XIX, publicó en 1866 en dos volúmenes Los hijos de la fe. En el libro 15 de la segunda parte de la obra fallece la mascota de uno de los sujetos menores de la trama, la baronesa Flora del Cuadradillo. A comienzos del capítulo 3, titulado Un perrito chino, un poeta inédico, y un fugado del presidio, nos encontramos con la siguiente escena, en la que se menciona a un personaje real, el disecador Ángel Severini Lago, el taxidermista madrileño más conocido de la época e iniciador de una saga:
"Por el tiempo que nos ocupa, una mañana, a esa hora en que aún no circulan por las calles de Madrid los carruajes de lujo, se detuvo enfrente de la tienda del disecador Severini una elegante berlina, tirada por una hermosa yegua de pura sangre normanda, cuya engallada y esbelta cabeza demostraba la bondad de su raza.Abrióse la portezuela del carruaje, y bajó de él un joven, vestido con uno de esos trajes de mañana, escasos y raquíticos como la miseria, traje que usan los dandys madrileños, ridiculizando la moda.El joven entró precipitadamente en la tienda del disecador de animales, y encarándose con el primero que vio enfrente le dijo:—Caballero, en mi casa ha sucedido una gran desgracia: se ha muerto Hoscar casi repentinamente: mi esposa, la baronesa del Cuadradillo, está desconsolada; yo, desesperado de oír sus lamentos. Es preciso que usted ponga remedio a esta catástrofe.Y el joven, sacando un pañuelo del bolsillo, comenzó a limpiarse el sudor.—¿Pero quién es Hoscar, caballero? preguntó el encargado de la tienda.—¿Quién ha de ser? un perrito chino de quien estaba perdidamente enamorada mi esposa.—¡Ah! ¿y qué es lo que quiere su señora de usted?—Disecarle, tenerle siempre a la vista, colocado sobre una mesa, o en el mármol de una chimenea; en fin, donde se quiera.—Sí, sí, caballero, está entendido: sólo falta el perro para ver en qué estado se halla.—En el peor de todos: cadáver.—Lo supongo, repuso el dependiente; pero no he querido preguntar eso.—Entonces no entiendo a usted.