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"The Stuff of Madness", narración de Patricia Highsmith.



El matrimonio Waggoner, observado a través de la ventana por uno de los gatos disecados (1).


"Cuando Christopher Waggoner, recién salido de la facultad de derecho, se había casado con Penelope, ya conocía la afición de ésta y su familia a los animalitos domésticos. Era normal querer a un gato o a un perro que formaba parte de la familia. Christopher ni siquiera había pensado mucho en el pequeño Pixie, un perro de Pomerania disecado, blanco, con brillantes ojor artificiales de color negro, que se hallaba en un rincón del despacho del padre de Penelope, sobre una base de madera en la que constaban la fecha de nacimiento y muerte; tampoco se había parado a pensar en Marmy, el gato anaranjado y blanco, también disecado, que permanecía sentado en el suelo, en otro rincón. Christopher recordó que durante el noviazgo en casa de los Marshall había un gato y un perro vivos, pero mucho tiempo había pasado desde que cayeran en manos del taxidermista, y ahora se encontraban, el uno de pie y el otro sentado, en unas rocas que había en el jardín de la casa que él y Penny tenían en Suffolk. No eran éstos los únicos animales que poblaban -si esta era la palabra apropiada- el jardín de Willow Close."

"The Landlady", historia breve de terror de Roald Dahl.


La patrona de la pensión invita a un té al recién llegado (1).

"Billy Weaver había salido de Londres en el cansino tren de la tarde, con cambio en Swindon, y a su llegada a Bath, a eso de las nueve de la noche, la luna comenzaba a emerger de un cielo claro y estrellado, por encima de las casas que daban frente a la estación. La atmósfera, sin embargo, era mortalmente fría, y el viento, como una plana cuchilla de hielo aplicada a las mejillas del viajero.
   —Perdone —dijo Billy—, ¿sabe de algún hotel barato y que no quede lejos?
  —Pruebe en La Campana y el Dragón —le respondió el mozo al tiempo que indicaba hacia el otro extremo de la calle—. Quizá allí. Está a unos cuatrocientos metros en esa dirección.

"El gat, el taxidermista i el nord-americà", narración infantil de Mercè Company.


La nevera de la madre del taxidermista (1).
La prolífica autora catalana de literatura infantil Mercè Company publicó en 1991 el libro El gat, el taxidermista i el nord-americà, una narración destinada a público mayor de ocho años, ilustrada por Agustí Asensio, pareja de la autora y asimismo reconocido dibujante, quien dedica la obra a los gatos que tuvieron.
 
La historia de ficción es la de una familia amante de los gatos, casualmente los protagonistas se apellidan Asensio, Agustí, Mercè y sus dos hijas, que apenados por el fallecimiento de Mèu el gato protagonista, deciden disecarlo, trabajo que encargan a un taxidermista viejo conocido de Mercè, un antiguo novio suyo. Valentí Pujades, el disecador, realiza el trabajo con tal perfección -además dota al animal de movimiento-, que un cineasta norteamericano de nombre James Ford lo emplea con gran éxito en sus películas.

"El taxidermista de Pisa", relato de Jesús Ferrero.


"Su taller estaba situado al final de un grupo de apretadas y ruinosas casas, entre el muro izquierdo de un cementerio judío y la plaza del mercado, y tenía dos puertas. Una daba a una calle en la que se amontonaban los detritos y por la que corría un hilo de agua rojiza que olía a animales muertos, y otra a un largo zaguán que comunicaba con la plaza del mercado. Como para acceder a la primera puerta era necesario bordear el cementerio, la gente no solía utilizarla y prefería entrar por la segunda. Nada más sobrepasarla, lo primero que veía el visitante era un pequeño jardín rectangular en el que se apiñaban en situación de acecho, entre los cipreses y las higueras, cientos de animales disecados. De noche, todos aquellos ojos de vidrio se abatían sobre el recién llegado a la casa de Saulo Vasilum, indicándole que entraba en esa sinagoga interior, que acaso todos llevamos dentro del alma, en la que la muerte cobraba vida y en la que la vida tenía todas las características de la muerte."
 
Así comenza El taxidermista de Pisa, relato de Jesús Ferrero contenido en la antología Cuentos de Terror
(Grijalbo, 1989), que recoge catorce relatos más de otros tantos autores.
 
A modo de sinopsis, Saulo Vasilum, taxidermista con taller en el gueto judío de Pisa en 1539, recibe la visita de la joven Sara Farías, que desea disecar su jilguero muerto. Sara desaparece. Justo cuatrocientos años más tarde, Paul Vasilum, joyero judío y taxidermista aficionado con residencia en Toronto, tras ser enjuiciado y condenado por asesinato, es ingresado en un sanatorio y más tarde se suicida colgándose de un árbol. Mató en sueños a la Sara del siglo XVI, y mató a la Sara que yacía junto a él.

"Taxidermista", relato de Antonio Mingote


El relato Taxidermista en la revista Blanco y Negro (1).

"-Quiero a Jaime embalsamado, pero de manera que pueda volar -dijo la gordita pizpireta mientras depositaba suavemente el cadáver del periquito sobre la mesa del adusto taxidermista.
   "Dr. Tortuera. Disecador de Aves, Reptiles y Mamíferos", rezaba la placa del portal. Le preguntaban por qué no disecaba también insectos, siendo tan minucioso y hábil. Lo explicaba: había excluido a los insectos de su quehacer profesional desde el día en que embalsamó a un mosquito que le había llamado la atención por su robustez y hermosura, después de haber recibido de él un vigoroso picotazo. Lo embalsamó sin rencor, pulcra y delicadamente. Lo dejó en una postura, la definitiva, de fingida naturalidad, como vivo y lleno de salud. Tanto así que la casa se llenó de mosquitos atraídos por el excelente aspecto del difunto y dispuestos a quedarse a vivir en aquel lugar donde se disfrutaba de un clima y ambiente tan beneficiosos."

"Los problemas de un taxidermista", relato del taxidermista Oliver Davie.


El taxidermista, ornitólogo, librero y poeta estadounidense Oliver Davie (Columbus, 1856-1911), autor de The Naturalist's Manual (1882) y del excelente tratado Methods in the Art of Taxidermy (1894), publicó en 1902 Odds and Ends of Prose and Verse, un libro de poemas y prosa breve en el que hallamos el siguiente relato titulado Los problemas de un Taxidermista:
   "MUCHAS personas no son conscientes de que el material generalmente empleado para formar los cuerpos artificiales de las aves es la estopa común de los tapiceros.
   Es fundamental para la conservación de las pieles no utilizar para el relleno nada que pueda ser atacado por insectos.
   Hace algunos años estuve a punto de arruinar mi reputación como taxidermista al intentar montar quinientas pieles de pájaros, originarios de Tierra Santa, que estaban rellenas de viejas ropas de lana de los árabes y pelo de cuadrúpedos. Con ello, las polillas se habían alimentado y vuelto gordas y robustas. Las pieles y plumas recibieron más tarde su atención. El estrago que causaron es indescriptible.
   Una noche, después de una lucha desesperada con el centésimo espécimen de estos manojos de pieles y plumas, me entregué a ensoñaciones de duras realidades: cómo la paciencia a veces se detiene, cómo el ingenio se tambalea cuando falla la inventiva, cómo a veces se pierde el tiempo y la labor hecha con amor.
   Me senté en mi estudio hasta que los últimos rayos oblicuos del sol doraron las paredes, hasta que los objetos que tenía ante mí se volvieron borrosos en el crepúsculo, y con la imaginación vi a Job en un rincón de mi taller sonriendo por mi impaciencia, y escuché a Shakespeare a su lado susurrando: "¡Qué tontos son estos mortales!"."

El taxidermista Severini, personaje de "Los hijos de la fe", novela de Enrique Pérez Escrich.

Enrique Pérez Escrich, uno de los novelistas costumbristas por entregas -escritor de folletines- más exitosos del siglo XIX, publicó en 1866 en dos volúmenes Los hijos de la fe. En el libro 15 de la segunda parte de la obra fallece la mascota de uno de los sujetos menores de la trama, la baronesa Flora del Cuadradillo. A comienzos del capítulo 3, titulado Un perrito chino, un poeta inédico, y un fugado del presidio, nos encontramos con la siguiente escena, en la que se menciona a un personaje real, el disecador Ángel Severini Lago, el taxidermista madrileño más conocido de la época e iniciador de una saga:
   "Por el tiempo que nos ocupa, una mañana, a esa hora en que aún no circulan por las calles de Madrid los carruajes de lujo, se detuvo enfrente de la tienda del disecador Severini una elegante berlina, tirada por una hermosa yegua de pura sangre normanda, cuya engallada y esbelta cabeza demostraba la bondad de su raza.
   Abrióse la portezuela del carruaje, y bajó de él un joven, vestido con uno de esos trajes de mañana, escasos y raquíticos como la miseria, traje que usan los dandys madrileños, ridiculizando la moda.
   El joven entró precipitadamente en la tienda del disecador de animales, y encarándose con el primero que vio enfrente le dijo:
   —Caballero, en mi casa ha sucedido una gran desgracia: se ha muerto Hoscar casi repentinamente: mi esposa, la baronesa del Cuadradillo, está desconsolada; yo, desesperado de oír sus lamentos. Es preciso que usted ponga remedio a esta catástrofe.
   Y el joven, sacando un pañuelo del bolsillo, comenzó a limpiarse el sudor.
   —¿Pero quién es Hoscar, caballero? preguntó el encargado de la tienda.
   —¿Quién ha de ser? un perrito chino de quien estaba perdidamente enamorada mi esposa.
   —¡Ah! ¿y qué es lo que quiere su señora de usted?
   —Disecarle, tenerle siempre a la vista, colocado sobre una mesa, o en el mármol de una chimenea; en fin, donde se quiera.
   —Sí, sí, caballero, está entendido: sólo falta el perro para ver en qué estado se halla.
   —En el peor de todos: cadáver.
   —Lo supongo, repuso el dependiente; pero no he querido preguntar eso.
   —Entonces no entiendo a usted.

El abejaruco disecado de "Viejas historias de Castilla la Vieja" de Miguel Delibes.

En Viejas historias de Castilla la Vieja el escritor Miguel Delibes describe a Isidoro un joven campesino que a principios del siglo XX emigra a América y que finalmente, cuarenta y ocho años después, regresa a su pueblo. En el primer capítulo, el protagonista recuerda los paisajes de su niñez:
   “Con el tendido de la luz, aparecieron también en el pueblo los abejarucos. Solían llegar en primavera volando en bandos diseminados y emitiendo un gargarismo cadencioso y dulce. Con frecuencia yo me tumbaba boca arriba junto al almorrón, sólo por el placer de ver sus colores brillantes y su vuelo airoso, como de golondrina. Resistían mucho y cuando se posaban lo hacían en los alambres de la luz y entonces cesaban de cantar, pero a cambio, el color castaño de su dorso, el verde iridiscente de su cola y el amarillo chillón de la pechuga fosforescían bajo el sol con una fuerza que cegaba. Don Justo del Espíritu Santo, el cura párroco, solía decir desde el púlpito que los abejarucos eran hermosos como los Arcángeles, y que los Arcángeles eran hermosos como los abejarucos, según le viniera a pelo una cosa o la otra, lo que no quita para que el Antonio, por distraer la inercia de la veda, abatiese uno un día con la carabina de diez milímetros. Luego se lo dio a disecar a Valentín, el secretario, y se lo envió por navidades, cuidadosamente envuelto, a la tía Marcelina, a quien, por lo visto, debía algún favor.
   (...)

"Mi amigo Perico", relato humorístico de Rafael García Santisteban.

Perico.
El 21 de mayo de 1883 la revista barcelonesa La Ilustración Artística publicaba un relato humorístico del periodista y escritor Rafael García Santisteban. "Lo que no consiga este loro..." debió pensar Luís López, el protagonista de Mi amigo Perico. El texto completo del cuento es el que sigue:
  "MI AMIGO PERICO
   (Historia casera)

 
   Yo como hombre libre, en el buen sentido de la palabra, trasnochaba in diebus illis por costumbre y en su consecuencia amanecía para mí en todo tiempo de once a doce de la mañana.
   Vivía en presidio correccional, como llama un amigo mío a las casas de huéspedes, y ocupaba un gabinete con su alcoba con vistas a un patio microscópico, que era el respiradero común de la vecindad.

La marmota disecada del escritor Victor Tissot.

La anecdótica noticia la publicó el Diario Oficial de Avisos de Madrid el 9 de febrero de 1888:
Victor Tissot (1).
   "Victor Tissot, cazador furtivo.
   El célebre escritor francés Victor Tissot, viajante por Suiza hace unos doce años, compró a unos cazadores una marmota que hizo disecar y llevó consigo a París. Allí, en su casa, han tenido ocasión de verla mil veces casi todos sus amigos. Posteriormente la llevó al chalet que posee en Gruyères, donde suele pasar los veranos.
   Ahora el gendarme de la localidad, ha averiguado que Victor Tissot es cazador furtivo y se alimenta del fruto de sus excursiones nocturnas por los vedados de los alrededores. Pero ¿cómo probarlo? No había más que introducirse en su casa y registrarla. Así lo hizo el buen gendarme, sin encomendarse a Dios ni al diablo. Se apoderó de la marmota disecada, y con esta prueba del delito fue a dar parte al alcalde. La cosa siguió adelante, y hoy Victor Tissot tiene una causa criminal pendiente ante los tribunales de Suiza.
   La noticia de este incidente ha producido en toda Suiza gran hilaridad, y es el objeto preferente de todas las conversaciones; toda la prensa lo ha comentado en son de burla. Pero como a pesar de esto continúa la instrucción del sumario, el señor Tissot está reuniendo en París los testimonios de sus amigos que han tenido ocasión de ver la marmota." 

El suicidio de una dama inglesa y su perro disecado.

La humorística sección de ecos de sociedad Busca, buscando del diario barcelonés La Vanguardia, que bajo el seudónimo de Juan Buscón firmaba el periodista Ezequiel Boixet Castells, publicaba el 9 de septiembre de 1892 un texto donde lamentaba la, a su juicio y con cierto tufo de misoginia, excesiva atención que recibían algunas mascotas por parte de sus propietarias, que comenzaba con el siguiente relato:
   "En Londres se ha suicidado, tomando una dosis de arsénico suficiente para reventar a tres personas, una señora que había experimentado la inmensa desgracia de perder a su perro favorito, en medio de circunstancias singularmente dolorosas.
   A lo que parece, una mañana desapareció el animal de su hogar doméstico, burlando la vigilancia de su ama y de los criados. ¿Qué motivos tenía el fugitivo para abandonar una morada en donde era tratado a cuerpo de rey, mimado como una princesa, donde todos sus caprichos, inclusos los más inconvenientes, los más
shokings eran tolerados y aun celebrados como gracias? No se ha sabido hasta el presente. Quizás el deseo de ver mundo; de gozar de lo nuevo y de lo imprevisto; de saborear el fruto prohibido; quizás una aventura amorosa concertada con alguna perra del vecindario.... El caso es que Deck no apareció y que a pesar de las investigaciones de su desolada ama y de dos criados que salieron a recorrer el barrio no fue posible encontrar las huellas del animalito.
   Mistress P. apeló incontinenti al recurso usual en tales casos. El
Times, el Standard, el Daily News y todos los diarios de gran circulación de la Metrópoli anunciaron el extravío del cuadrúpedo y la promesa de una regia recompensa al que lo reintegrare en su domicilio. Ese medio que tan pocas veces sale fallido, no dio empero ningún resultado. Pasaron varios días sin que la afligida dueña supiera nada del paradero de su adorado Deck. Por fin recibió una esquelita concebida poco más o menos en los siguientes términos: "Diversas circunstancias me han impedido hasta la fecha devolveros el perro que perdisteis. Mañana sin falta estará en vuestro poder."
  Mistress P. esperimentó el alegrón que mis lectores pueden imaginar. Supongo por mi parte que pasaría una noche en vilo, mezclada de júbilo y de impaciencia. Al día siguiente se levantó probablemente muy tempranito esperando la vuelta del can pródigo y su corazón le dio un salto en el pecho cuando después de oir el timbre de la puerta, vino a decirle una camarera no menos emocionada: Señora, Deck está en las escaleras, parece que no se atreve a pasar adelante.
   - ¡Pobre ángel mio! teme sin duda que le riñan...
   Fue corriendo la dama, vio en efecto al perrito que seguía inmóvil en un peldaño, le cogió entre sus brazos para besuquearlo y lo soltó al punto dando un alarido horrible.
   ¡El animal estaba disecado!
   Aquel mismo día la dama se emponzoñó.
   De fijo que el autor de aquella mala pasada -autor desconocido todavía- no presumiría que el lance tendría tan trágicas consecuencias. Cuanto a mí declaro con franqueza que no puedo lamentar la muerte de una mujer que se ha matado por un perro y que ha dejado huérfanas a dos hijas."

Un oso disecado como indemnización.


Grabado del siglo XIX (1).

Ezequiel Boixet Castells, codirector del diario La Vanguardia, que firmaba bajo el seudónimo de Juan Buscón su popular sección Busca, buscando, narró la historia el 27 de septiembre de 1902 con bastante gracia:

Relatos cortos de taxidermistas. Primera entrega.





Perdí un ojo. ¿En qué demonios pensaba cuando situé el armario clasificador sobre el montón de viruta?

__________


-¿Podría enviarme un taxi a la calle Mayor número 15?
-Descuide, en cinco minutos estoy ahí -respond el taxidermista antes de colgar el teléfono-.

__________


Aquella semana llegaba a su fin y sorprendentemente ningún cliente le había preguntado si realmente vivía de eso.

"Los libros arden mal" de Manuel Rivas.

Cubierta de la primera edición.
Una quema en el muelle de libros saqueados de las bibliotecas de Coruña en agosto de 1936 y los recuerdos que en aquel momento le pasan por su cabeza a Vicente Curtis Hércules, el protagonista, son el punto de partida de una historia entrelazada de ganadores y perdedores de la Guerra Civil española y también la de sus descendientes. La novela Los libros arden mal (2006), escrita originalmente en gallego por Manuel Rivas, está ubicada en su ciudad natal.

En varias ocasiones aparece la Taxidermia en el libro. En la primera de ellas Luis Terranova, aspirante a cantante y físicamente malherido por un amante-protector afín al régimen franquista y a quién abandona, se encuentra en casa de Vicente Curtis, amigo suyo, boxeador y anarquista que se gana la vida en la calle como fotógrafo con la ayuda de un caballo de madera. Curtis se encargará de curarlo. Un fragmento relacionado con el recuerdo de una anécdota en el que otro fotógrafo de calle también con caballo resultó malherido tras ser atropellado por un tranvía y que, tras oír que alguien gritaba "¡Al hospital, al hospital!", pidió que lo trasladaran a la fábrica de caballos, es el siguiente:
   “Llévame al taller de caballos, murmuró Luis Terranova. Un curandero con cartón y engrudo. Curtis sonrió. Curtis sabía de qué iba aquella historia. (...) O mejor aún, uno de esos que desecan animales. Un taxidermista.”

"Un negocio de avestruces", relato breve de H. G. Wells.


Hace unos meses publiqué íntegro Los triunfos de un taxidermista, otro relato breve de Herbert George Wells, publicado asimismo en la recopilación de cuentos The Stollen Bacillus and Other Incidents, en español El Bacilo robado y otros incidentes (1), libro que apareció en 1895. Aunque en aquel el protagonismo de la Taxidermia era notable, en el cuento de hoy, Un negocio de avestruces, su presencia es incidental. Se limita al hecho de que el narrador de la historia es un taxidermista, el mismo de Los triunfos, que relata un episodio que vivió en su juventud durante un viaje por mar desde Oriente hasta Inglaterra.
 

Pareja de avestruces (2).

 
El texto íntegro de Un negocio de avestruces es el siguiente:

"Los triunfos de un taxidermista", un cuento de H. G. Wells.


Primera edición del libro.
El cuento del escritor Herbert George Welles titulado Los triunfos de un taxidermista, en el original inglés Triumphs of a Taxidermist, apareció publicado en dos partes, los días 3 y 15 de marzo de 1894 en el periódico Pall Mall Gazette, sin atribución a su autor. Al año siguiente se incluiría en la colección de relatos The Stolen Bacillus and Other Incidents (1), El bacilo robado y otros incidentes, que publicó la editorial Methuen and Co., esta vez sí con el nombre del escritor. El bacilo robado agrupa quince historias cortas de género fantástico y de ciencia ficción que, al igual que Los triunfos, se habían publicado previamente en periódicos. 


El texto completo de Los triunfos de un taxidermista es el siguiente: