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| Togo y Balto, reunidos en Anchorage en 2017 (1). |
Nos trasladamos a Nome, Alaska, enero de 1925. Una epidemia de difteria, potencialmente mortal, se ceba con la población infantil de una localidad que por entonces contaba con 2.000 habitantes, y de su región, que sumaba unos 10.000. Algunos casos con resultado de fallecimiento se habían diagnosticado como amigdalitis, y finalmente Curtis Welch, el único médico del lugar, identificó ya el quinto como difteria. Se decretó la cuarentena. Las reservas locales de antitoxina diftérica estaban caducadas y resultaban ineficaces. Las primeras 300.000 unidades de suero que podrían servir para contener en un primer momento la epidemia se encontraban en Anchorage. Los puertos de la península de Seward estaban bloqueados por el hielo, y las cabinas abiertas de los dos únicos aviones disponibles no permitían volar con una temperatura de 23 grados bajo cero.
