"Raboliot" (1925) de Maurice Genevoix, premio Goncourt.

El argumento de la novela es sencillo. Pierre Fouques, a quien sus paisanos conocen con el apodo de Raboliot, es un leñador de la región de Sologne, valle del Loire, Francia, cuya mayor afición es el furtivismo. Volat, su rival local en la práctica de la caza ilegal, trabaja por cuenta de Tancogne, el agricultor que cultiva las propiedades del conde Remilleret. Ambos, Volat y Tancogne, comparten los beneficios de esa actividad ilícita. Volat intenta por todos los medios que Raboliot caiga en manos del gendarme Bourrel, que lo sorprende en varias ocasiones en flagrante delito, aunque siempre consigue escabullirse. Ello hasta que el expediente de la policía deriva en una condena por caza ilegal. Su sentido de la justicia le priva a Raboliot del sometimiento, a pesar de que su esposa Sandrine le suplica que cumpla con la condena, por ella y por sus hijos. Raboliot emprenderá una larga y agónica huida perseguido por Bourrel. En cierto momento Raboliot cree que se salvará si le revela al conde los manejos de Volat y Tancogne en sus tierras, pero no cuenta el pobre infeliz con que, aunque él se dedique al furtivismo únicamente para alimentar a su familia, la ley y el orden jamás está de parte de los débiles. Finalmente Raboliot decide volver a casa con su familia y vengarse de Bourrel.

Grabado de  Soulas del capítulo dedicado al disecador Touraille.

El siguiente es un fragmento donde se describe al viejo Touraille y su taller de Taxidermia, ambos protagonistas del capítulo. Raboliot ha acudido a casa de su suegro después de que Bourrel le haya comunicado la sentencia condenatoria:
   "Era solícito con su nuevo compañero, con este cazador que comprendía las cosas, y que le escuchaba de buena gana desde la mañana hasta la caída de la tarde. Raboliot se sentía bien en casa de su suegro; a él le gustaba, a su alrededor, esa multitud de pájaros inmóviles, suspendidos en pleno vuelo como por la varita de un encantador. Los había por todas partes: cuando uno entraba en la sala, los ojos de vidrio brillantes y fijos os miraban por doquier, las plumas os razaban la frente, lo mismo que un olor fuerte, de polvo y de almizcle, de cola fuerte, de tabaco y de carnes manidas, os penetraban hasta el fondo de la nariz. Los armazones de alambre, las tiras de papel sosteniendo las alas desplegadas; los tapones en la punta de los picos manteniéndolos rigurosamente cerrados, mientras que los picos de las rapaces, bien abiertos amenazantes, mostraban las torundas de algodon hondamente hundidas en la garganta.
   A la izquierda de la sala, el taller de Touraille estaba aún más lleno, atiborrado alrededor de la mesa de trabajo y desde el suelo hasta el techo. Las patas de los corzos dobladas en ángulo recto, restos de cuero, rabos de ardillas, toda clase de pajarillos como harapos colgando sin orden ni concierto sobre el banco de trabajo, con las cabezas polvorientas, botes de cola, pedazos de blanco de España, alambres retorcidos, y cajas de cartón donde brillaban las bolas de cristal con las que Touraille haría los ojos. Bajo la mesa, en la pila de cuchillos, susurrantes como hojas muertas al sol, se alzaban sobre los zapatos pieles rígidas y peludas, de topos, garduñas o hurones. Y cuando uno franqueaba la puerta, y se encorbaba para no topar con el dintel, al paso hacía oscilar una raquítica piel de zorro, que lanzaba en plena cara su hedor violento y animal.
  
Grabado donde aparece el viejo  Touraille y que incorpora la letra capitular.

   A la derecha de la sala, en la "bella habitación" más secreta y fría, las piezas terminadas esperaban que los clientes vinieran a recogerlas; las etiquetas llevaban sus nombres caligrafiados. En la bella habitación, donde reinaba una penumbra recojida tras las persianas entreabiertas, justo cruzar su umbral se respiraba un respeto casi inquietante. Era como si uno entrara en un museo, una iglesia. Instintivamente, bajaba la voz.
   Touraille, él, hablaba bastante alto. Era el genio de este caos. Pequeño, algo encorvado, tenía una gran cara redonda, de mejillas sonrosadas, y de ojos azules, de un azul flor de lino, que brillaban con un frescor infantil; que a veces, cuando parpadeaban al abrigo de sus gafas, sus pupilas lanzaban un súbito brillo, centelleaban con maliciosa elegancia. Estaba orgulloso de sus bigotes, y era para estarlo: cándidos, largos y dúctiles, que contorneaban las comisuras de los labios, convirtiéndose en harmoniosas volutas, para finalmente emprender su vuelo, flotar en el aire como hijos de la Virgen.
   Touraille correteaba atravesando la bella habitación, rozando con la mando sus criaturas, que parecían animarse cuando las tocaban sus dedos. Él las nombraba, a cada una con un nombre apropiado, y que raramente hubiera mencionado Raboliot; era como una llamada o un encantamiento." 

Y la escena se prolongaba unas páginas más con el diálogo entre Touraille y su yerno sobre el nombre de los pájaros, una nueva descripción más detallada del contenido de la "bella habitación", el almuerzo familiar acompañado de una botella de vino, las notas al violín de Touraille acompañando la voz de su hija Sandrine, para finalmente volver con el disecador y Raboliot en el taller. 

Cubierta del libro.
Por Raboliot, novela publicada por la editorial Grasset en 1925, su autor Maurice Genevoix ganó aquel año el premio Goncourt, el mayor de las letras francesas. Para escribirla, Genevoix se instaló en casa del guardabosques de un coto de caza de Sologne, entre los ríos Sauldre y Beuvron, junto al lago Clouzioux y próximo al pueblo de Brinon-sur-Sauldre. El personaje principal se lo inspiró un tal Alphonse Depardieu, un furtivo local conocido con el sobrenombre de Carré, que no aceptó entrevistarse con el escritor. Otros personajes reales que encontraron sus trasuntos fueron un tal Trumeau, que se convirtió en el guardia Tournefier; y el taxidermista Louis Beaufils, que en la novela se transformaría en Touraille, el suegro de Raboliot. Además de las vivencias de Raboliot, los paisajes de Sologne son coprotagonistas de la historia.

Sobre el disecador Louis Beaufils, al que se refiere como Touraille, Genevoix escribió en el prefacio del libro:
   "(...)
   Y sucumbí también, una vez, por culpa del padre Touraille. Touraille, hombre elocuente y maligno, me acogió en su casa. Realmente estaba bien la casa de Touraille: alrededor de ella el jardín tupido, el camino de castaños y avellanos, bordeado de saponarias y amarantas; y, en la propia casa, estaba el taller lleno de animales disecados, la "hermosa habitación" donde se alzaban las grandes garzas, donde danzaban las ardillas al son de la zanfona y su chirrido.
   Y sobre todo estaba Touraille, sus largos bigotes flotantes, bellamente blancos, y sus malignos ojos azules tras las gafas de acero. Y su voz, y sus refranes, y sus historias, mientras sacudía la botella de vinagre sobre la tortilla, o picaba, en el plato de barro marrón, el muslo de un gazapo "el cual debía nada a nadie"!
   Escuché a Touraille como habría escuchado a Raboliot. Entre nosotros hubo entendimiento. Nos hablaba de la vieja caza furtiva. "Hasta en la negrura de la noche le fluían los recuerdos. Y fue con ellos que toda la Sologne antigua, la de antes de las plantaciones de pinos, la de antes de las carreteras y de los ferrocarriles, revivió. De nada servía no creerle, -te tomo la palabra, Raboliot- puesto que de todos modos nos preguntaba si no le creíamos. Ah! lo tenía en la cabeza!"
   Escuché a Touraille, también, de forma egoista. Cuando ya habíamos hablado largamente de la Sologne antigua, cuando me había contado sus hazañas de caza con liga, o con reclamo, hablábamos de cualquier cosa, y hasta de literatura. Me decía que Victor Hugo era un gran hombre, como los que ya no existen; e incluso Béranger, más grande aún, "porque le tocó más de cerca". Pero más que a Béranger y Hugo, admiraba a Jules Mary, porque en uno de sus libros había hablado de la Sologne, y de la Sauldre, "como le decía". Y Touraille añadía con melancolía: "Entonces ¿es cierto que me incluirá en su libro? Tiene mi más sincero permiso... Pero vale, cuando usted se haya aprovechado de mí, me olvidará y me abandonará. Soy viejo y conozco la vida."
   No he querido que Touraille tuviera motivos. Sin embargo, y como el temor a ser desagradecido no me atraía, le volví a ver, para decirle también lo que le debía.
   La casa del viejo encantador de aves me pareció de nuevo acojedora. Touraille, orgulloso y emocionado, me mostró la bella encuadernación veteada con la que él mismo vistió su Raboliot; "puesto que estoy vinculado también con este diablo de hombre"! Y me contó: "Todo el mundo ahora me llama Touraille. Son cosas que agradan."
  
Grabado que acompaña el prefacio.

   Juntos volvimos a ver las garzas de la hermosa habitación, los cisnes salvajes, y aves de todas las especies. Touraille no era menos hablador. Pero notaba en sus frases el eco de una melancolía que conservaba. Como yo le agradecía, inclinaba lentamente la cabeza: "Deje, sé lo que le dije... Su libro está terminado, no es cierto? Incluso si usted regresara de nuevo, estoy seguro de que tendría razón."
   Quizá tenga razón. Por haber puesto, una vez, un verdadero Touraille en el libro, incluso con su sincero permiso, incluso aunque le haya "agradado", este testimonio que le rindo quedo en deuda con él: obtuve provecho de él, y después pasé a escribir otros libros.
   Así que Touraille tenía razón. Y al querer tener razón a mi pesar, quizá signifique que algo me aprecia. Pero es generoso y no me lo hizo sentir. Mientras me conducía por las veredas de su jardín, un perro muy joven de pelo negro y brillante correteaba a nuestro alrededor. El viejo, con una caricia, alisó el lomo equino: "Es agobiante, me dijo, es una locura... Pero es un perro del país, verdadero Solognot, fino cazador desde su nacimiento, fiel de corazón y buen carácter. Por ello, señor, lo he llamado Raboliot." 
   Aquellas fueron las palabras de nuestro último encuentro. Pero cuando me iba vi que al plegar sus párpados una furtivca llama azul alumbraba tras sus gafas. Y añadió con su bigote: "Joven como es, este cachorro, y con quice años por vivir, mantendrá ese nombre. Es poco, es mucho, quince años... Dentro de quince años, señor, usted y yo, y mucha otra gente, y otras tantas cosas, quién sabe donde estarán?." 

Grabado de Maurice Delavier para la edición de 1927.

Los fragmentos reproducidos corresponden a la edición de bibliofilia, numerada y limitada, que Pierre Fénis publicó en 1928. El libro, de 326 páginas de papel vitela puro hilo Lafuma, está ilustrado con primorosos grabados en madera, la mayoría tirados a cuatro tintas, obra de Louis-Joseph Soulas. Raboliot se reeditaría en numerosas ocasiones. El también grabador Maurice Delavier ilustró una edición de Ferenczi de 1927, y el pintor y grabador Pierre Gandon otra de Rombaldi de 1941. Plaza y Janés la tradujo al español en 1972 y la incluyó en una colección dedicada a los premios Goncourt. Fue llevada al cine, primero en 1945 dirigida por Jacques Daroy y protagonizada por Julien Bertheau, y más recientemente se estrenó en la televisión pública francesa como telefilme en 2007 dirigido por Jean-Daniel Verhaeghe y protagonizada por Thierry Fremont. Por cierto, al Touraille de esta última versión cinematográfica lo caracterizaron sin su inmanente mostacho, una lástima. 

Dibujo de Gandon para la edición de 1941.
El escritor y poeta Maurice Genevoix (Decize, Francia, 1890 - Alicante, España, 1980) estudió para maestro en la Escuela Normal Superior de París. Fue movilizado en 1914 durante la Primera Guerra Mundial, alcanzó el grado teniente y cayó herido aquel mismo año. En 1919 se instaló en la región del Loira y se convirtió en escritor profesional. Sus mejores obras, Remi des Rauches (1922) y Raboliot (1925), son de aquella época. Tras morir su padre en 1928 se trasladó al departamento de Loiret y comenzó a viajar. Recorrió Norteamérica, Escandinavia y África. Sobre su experiencia en ese continente publicó en 1949 Afrique blanche, Afrique noire. Ingresó en la Academia Francesa en 1947 y en 1950 regresó a París. Presidió el comité de programas de la radio estatal francesa. En 1974 se le concedió el Gran Premio de las Letras. Entre novelas y relatos publicó más de sesenta obras. 

El pintor y grabador Louis-Joseph Soulas (Orléans, 1905 - Paris, 1954) aprendió la técnica del grabado con Léon Jouenne en la Escuela Estienne, la escuela superior de artes gráficas de París. Comenzó a publicar en 1923 y en 1929 fue uno de los fundadores de La Jeune Gravure Contemporaine. Fue miembro asimismo de la Sociedad de Pintores y Grabadores Franceses. A partir de 1934 expuso sus obras en museos de todo el mundo. Dirigió la Escuela de Bellas Artes de Orléans. Durante la Guerra Mundial fue movilizado, apresado en Pomerania y repatriado en 1941. Considerado uno de los mejores burilistas de su tiempo fue galardonado en numerosas exposiciones internacionales y en 1950 recibió la cruz de caballero de la Legion de Honor a iniciativa, precisamente, de Maurice Genevoix. Además de Raboliot, ilustró otro volumen del mismo autor, Les Mains vides, también de 1928.

Touraille desposeído de su característico mostacho en el telefilme de 2007 (1).
 

Créditos.-
(1) Imagen propiedad de FranceTélévisions.


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Taxidermidades, 2017.


Bibliografía:
Maurice Genevoix   Raboliot , Collection de la Revue du Centre, Pierre Fénis Éditeur, París, 1928.

Recursos:
Página web de la Academia Francesa dedicada a Maurice Genevoix.
Página web dedicada a Louis-Joseph Soulas.