"El taxidermista", obra teatral de Ángel García Pintado

El 24 de mayo de 1982 se estrenó en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional de Madrid la obra El taxidermista, escrita por Ángel García Pintado en 1979. El montaje fue dirigido por Jordi Mesallés e interpretado por Nicolás Dueñas (Pablo), Magüi Mira (Virginia) y Juan José Otegui (Amador, el taxidermista), y permaneció un mes en cartelera. El recordado crítico Ángel Fernández-Santos, con motivo de la presentación de la temporada del Centro Dramático Nacional, escribió el 31 de enero de 1982 en el periódico El País:
   "El taxidermista es una obra de una sola situación, desdoblada en muchas variantes, con solo tres personajes. Es una parodia y un homenaje a formas teatrales tradicionales, que se disuelven en una nueva, que las asimila y destruye. Hay alta comedia, vodevil, realismo fantástico, farsa, surrealismo, estética pop, teatro mágico, acumulación de objetos según las fórmulas del teatro del absurdo, en una especie de almoneda de formas, estilos teatrales unificados por el propio estilo del escritor y una técnica de apisonadora que las neutraliza al mismo tiempo que las usa."
Caricatura de José Luis Dávila alusiva a la obra publicada en ABC (1).

"The Bird Stuffer", grabado publicado en "The Illustrated London News"


The Bird Stuffer, grabado a partir de un dibujo de W.Rainey.

El anterior grabado titulado The Bird Stuffer, en español, El disecador de aves, lo publicó el 15 de noviembre de 1884 la revista The Illustrated London News. De un tamaño aproximado de 32 por 22 centímetros -ocupa toda la página- el dibujo es obra del artista inglés William Rainey y fue tallado sobre madera. El texto que lo acompañaba es el siguiente:

"Taxidermy without a Teacher" de Walter Porter Manton.

Taxidermy without a Teacher.
Es éste un manual con un título ciertamente más original y comercial que los que habían aparecido hasta aquel momento, Taxidermy without a Teacher de Walter Porter Manton, en español Taxidermia sin maestro, se publicó en South Framingham, Massachussets, Estados Unidos, en 1876. En octubre de aquel año la revista The American Naturalist recogía la siguiente crítica:
   "A pesar de que cincuenta céntimos sea un precio elevado para este librito, y de que las ilustraciones consistan en tres toscos diagramas, es lo suficientemente explícito como para permitir aprender cómo disecar un pájaro o un mamífero si no se pueden tomar algunas lecciones de un maestro."

Crítica del libro en The American Naturalist.

Dos instantáneas del fotoperiodista Pepe Encinas.


Miratge (1987) de Pepe Encinas (1).

Las imágenes que acompañan este texto fueron tomadas por el fotoperiodista Pepe Encinas en 1987 desde el interior de la tienda de Taxidermia Palaus de la Plaza Real de Barcelona. Aquella era una época de cierta decadencia y degradación de la plaza. En ellas se ve a una joven punk fumando, con su camiseta de tirantes y cinturón de estoperoles plateados, observando las piezas que se exponen en uno de los escaparates, algunos minerales y esculturas africanas talladas en madera, una mandíbula de tiburón, un par de patos, un leopardo, una cobra y una grulla coronada que compite en estética tras el vidrio con la chica. La que encabeza este texto, titulada en catalán Miratge, en español Espejismo, ilustró un artículo que el diario El Periódico dedicó a dicho establecimiento. La siguiente, titulada Miratge Reial, en español Espejismo Real, jugando con el nombre de la plaza, el fotógrafo la tomó cerrando el ángulo y desde la misma posición. Esta segunda, más próxima y en la que la imagen de la grulla llega a reflejarse en el cristal, sea posiblemente más evocadora.

El abejaruco disecado de "Viejas historias de Castilla la Vieja" de Miguel Delibes.

En Viejas historias de Castilla la Vieja el escritor Miguel Delibes describe a Isidoro un joven campesino que a principios del siglo XX emigra a América y que finalmente, cuarenta y ocho años después, regresa a su pueblo. En el primer capítulo, el protagonista recuerda los paisajes de su niñez:
   “Con el tendido de la luz, aparecieron también en el pueblo los abejarucos. Solían llegar en primavera volando en bandos diseminados y emitiendo un gargarismo cadencioso y dulce. Con frecuencia yo me tumbaba boca arriba junto al almorrón, sólo por el placer de ver sus colores brillantes y su vuelo airoso, como de golondrina. Resistían mucho y cuando se posaban lo hacían en los alambres de la luz y entonces cesaban de cantar, pero a cambio, el color castaño de su dorso, el verde iridiscente de su cola y el amarillo chillón de la pechuga fosforescían bajo el sol con una fuerza que cegaba. Don Justo del Espíritu Santo, el cura párroco, solía decir desde el púlpito que los abejarucos eran hermosos como los Arcángeles, y que los Arcángeles eran hermosos como los abejarucos, según le viniera a pelo una cosa o la otra, lo que no quita para que el Antonio, por distraer la inercia de la veda, abatiese uno un día con la carabina de diez milímetros. Luego se lo dio a disecar a Valentín, el secretario, y se lo envió por navidades, cuidadosamente envuelto, a la tía Marcelina, a quien, por lo visto, debía algún favor.
   (...)