"La delicada tarea de hacer que un animal muerto vuelva a la vida y permanezca para siempre al acecho o en una pose amenazante, la oscura habilidad de curtir y estirar su piel sobre un maniquí de alambre y yeso a fin de que adopte la actitud y a veces la ferocidad de cuando aún no había sido alcanzado por las armas de los cazadores, se antoja una tarea más burda, menos artística e imaginativa que la de conseguir la recreación de una quimera, de un animal fantástico que jamás dio un paso sobre la faz de la Tierra, y que sin embargo es posible apreciar en todo su esplendor en medio de plantas de hule y piedras de mampostería. La profesión de taxidermista, la profesión meticulosa y acaso un tanto macabra pero sobre todo fiel y rigurosa del taxidermista, fue alguna vez llevada al límite por Isidoro García Saldaña, un aprendiz entusiasta que primero tuvo la ocurrencia de fabricar un mamut con los restos de un elefante que había muerto en el circo, añadiéndole pelo importado de bisonte y colmillos de madera laqueada, pero que más tarde probó suerte con el arcanodonte y otras bestias fabulosas que nadie podía encontrar en ninguna de las taxonomías existentes por la sencilla razón de que esas criaturas, antes de ocupar el centro de dioramas extravagantes, sólo habitaban en su cabeza."