"El Taxidermista", cómic erótico de terror.




La joven Elsa pretende irse a vivir con Giorgio, su novio, lo que supondría alejarse de su padre, Gudrun Keil, un siniestro taxidermista que no aceptaría quedarse solo. Keil envia a su exuberante hija a un recado y cuando vuelve le dice que Giorgio marchó. Por la noche Elsa descubre a su padre entrando con un bulto a hombros en "la habitación de mamá", una estancia en la que nadie ha entrado desde que esta "se fue" y donde Keil guarda su macabra y secreta colección de humanos disecados. ¿Será Elsa la siguiente? Esta es una historieta de terror, sexo, incesto, necrofilia y muertos vivientes.

El hipopótamo del Museo de la Universidad de Pavía.

El hipopótamo de la Universidad de Pavía (1).


Según escribió Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, en su Historia Natural, a mediados del siglo XVI Pierre Belon describió imperfectamente un hipopótamo que vio en Constantinopla. En 1600 el cirujano italiano Federico Zerenghi capturó dos ejemplares en el delta del Nilo, junto a la ciudad de Damieta, y tres años después editó Vera Descrittione dell'Hippopotamo, un opúsculo de unas veinte páginas que el naturalista francés valoraría como la primera descripción fiable y de primera mano. El siguiente fragmento pertenece a la obrita de Zerenghi:
   "Más tarde, el día diecinueve me interné allí con ese propósito, vimos a unas doce millas de Damiata dos hipopótamos, macho y hembra, pastando. Fue el veinte de julio del año de nuestra salud de 1600 cuando los hombres que apostados a este efecto cavaron un hoyo en tierra del tamaño necesario, no muy lejos del lugar donde fueron vistos en el río, cubierto sutilmente con ramas, tierra y hierba, colocado de modo que no se pudiera conocer de modo alguno el engaño. Durante el ocaso del mismo día, cuando regresaban de pastar, ambos volvieron al río por el mismo camino. Gran cosa fue que ambos en un mismo punto cayeran en la fosa, lo cual fue presenciado por los hombres que los vigilaban. Enterado fui con mi jenízaro (2), y disparamos tres arcabuzazos en la cabeza, con arcabuces más grandes de lo ordinario, de cuyos tiros murieron casi al instante sin más que un doloroso mugido más parecido al del búfalo que al del caballo. Al día siguiente los mandé sacar de la fosa, desollarlos con diligencia, salar sus pieles y llenarlas de hojas de caña de azúcar, y de allí las envié a El Cairo donde con mayor comodidad las mandé resalar, algo para lo que se precisaron cuatrocientas libras de sal por piel. Cuando a mi regreso en el año 1601 las llevé a Venecia, y de allí a Roma, mostrándolas a numerosos médicos y entendidos simplistas (3), muy pocos de ellos los conocían. (...) Permítanme nombrar aquí al señor Gieronimo Aquapendente, médico ilustre en Padua, que dijo no encontrar diferencia alguna entre el hipopótamo y este individuo, solo los dientes, y que quería remodelarlo (4) según él lo imaginaba para desengañar a la gente. Lo conocía el señor Ulisse Aldrovandri, según me escribió Alessandro, mi hermano de Bolonia, que me pidió en una suya que, después de dejarle ver el hipopótamo macho en su domicilio de Bolonia, le haría gracia que le mandara el dibujo de la hembra, y que en agradecimiento por ello en su volumen, que estaba al punto de llevar a imprenta, haría una honorable mención a mi nombre."

El "Hipopótamo de Bóboli" del Museo de la Universidad de Florencia.

Considerado erróneamente durante algun tiempo el mamífero disecado más antiguo conservado, su restauración y estudio en el año 2012 permitió conocer algunos detalles más sobre el hipopótamo de la Sección de Zoología de La Specola del Museo de Historia Natural de la Universidad de Florencia.

El Hipopótamo de Bóboli del Museo La Specola de Florencia (1).


Robert Wilson Shufeldt, conservador honorario del Museo Smithsonian de Washington, publicó en 1892 Scientific Taxidermy for Museums. Al principio de su trabajo, al abordar una inexacta aproximación a la historia de la Taxidermia, anotó a pie de página lo siguiente:
   "Probablemente, como me informa el señor Goode, el especimen de museo más antiguo que existe es un rinoceronte aún conservado en el Museo Real de Vertebrados de Florencia. Este fue durante mucho tiempo distintivo del Museo de los Médicis de Florencia, y fue originalmente montado para el museo de Ulises Aldrovandus en Bolonia. Data del siglo dieciseis."

Pablo Neruda y el oso polar disecado del duque de Alba.

En sus memorias tituladas Confieso que he vivido publicadas en 1974, un año después de su muerte, el poeta Pablo Neruda se refiere en varias ocasiones a su afición por la malacología (1) y las Ciencias Naturales. En el capítulo titulado "Palacios reconquistados describe además con cierto humor su descubrimiento durante la Guerra Civil del oso polar disecado que el duque de Alba tenía en su residencia del Palacio de Liria de Madrid:
   (…) Fui invitado a Rumania y acudí a la cita. Los escritores me llevaron a descansar a su casa de campo colectiva, en medio de los bellos bosques transilvanos. La residencia de los escritores rumanos había sido antes el palacio de Carol (2), aquel tarambana cuyos amores extrarreales llegaron a ser comidilla mundial. El palacio, con sus muebles modernos y sus baños de mármol, estaba ahora al servicio del pensamiento y de la poesía de Rumania. Dormí muy bien en la cama de su majestad la reina y, al día siguiente, nos dimos a visitar otros castillos convertidos en museos y casas de reposo o vacaciones. (...)
Dos milicianos del 5º Regimiento entre obras de arte. A fondo a la derecha el oso polar (3).

"The Taxidermist", escena de François Brunery.




The Taxidermist o A visit to the Taxidermist, como se conoció en algún momento, es un óleo sobre lienzo de un tamaño de 79x59 cm. sin datar pintado hacia 1900 por el artista François Brunery. La composición de la escena es algo desconcertante. Los muebles de marquetería, entre ellos una librería escritorio, no concuerdan con los del taller de un disecador, ausente además de herramientas. Quizá en el rincón opuesto de la sala se ubique una sencilla mesa de trabajo con tijeras, escalpelos, tenazas, alambre, estopa e hilo. Acaso el disecador se haya trasladado al gabinete del adinerado cliente, un naturalista aficionado, que en el cuadro observa sorprendido a través de una lupa, asistido por un ayudante, un objeto que no acertamos a distinguir. Es lo más probable.