Uno de los primeros disecadores privados que ejercieron en Madrid, de entre los que tenemos noticia, es Luis Enequin, que vivía en el número 7 de la calle de Jacometrezo y que a mediados del año 1777 publicó un anuncio en la Gaceta de Madrid. Cabe la posibilidad de que Enequin fuera compañero en la Real Academia de San Fernando del disecador del Real Gabinete de Historia Natural Juan Bautista Bru de Ramón (1740-1799), sucesor de Francisco de Eguía y Arrese (1754-1777) como preparador de la colección real. Un segundo anuncio temprano lo hallamos en el Diario de Madrid del 25 de julio de 1797: "Se
halla en esta Corte un mozo de nación francés, llamado Pascual, (...); diseca con la misma perfección toda clase de pájaros, y tiene
el secreto de conservarlos sin que se apolillen: las personas que deseen
ver sus obras o emplearle en estos trabajos, los que hará con toda
equidad, acudirán a la calle Sta. Maria del Arco, frente al Cuartel de
Walones, número
15". Aquel mozo francés, no era otro que Pascual Moineau, que pronto progresaría en la Corte e ingresaría como disecador en el Gabinete Real.
Los taxidermistas empleados como disecadores en el Real Gabinete y en el Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid aparecen excelentemente documentados en los exhaustivos trabajos de los historiadores del Museo Agustín Jesús Barreiro, María de los Ángeles Calatayud Arinero y Santiago Aragón Albillos. Además de los citados Francisco de Eguía y Juan Bautista Bru, cabe mencionar a Mariano Bru de Ramón, que asistía a su hermano, a Francisco Javier Molina, a Juan Palafox Rovira, a Juan Enrique Talacker, estos tres además de disecadores, recolectores; y ya en el siglo XIX al ya mencionado Pascal Moineau, a Salvador Duchen Poyo (con domicilio en la calle de León, 22), a Juan José Duchen (calle de San Mateo, 11), a Juan Ramon Dut (calle de las Fuentes, 4), a Manuel Sánchez Pozuelo, a Jacinto Castro Duque (calle de la Magdalena, 36), a Roque Hernando Gabilondo (calle de Alcalá, 11), a Enrique Cortina Poveda (calle de Campoamor, 4) y a Maximino Sanz de Diego (calle de San Bernardo, 94, 1º). Este último compatibilizó su puesto de trabajo en el Museo a finales del XIX y principios del siglo XX, con su ocupación privada como "comerciante en objetos y libros de Historia Natural, y en utensilios para la recolección, preparación, y conservación de las colecciones", según recoge el Boletín de Historia Natural (1905).