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Los perros "Balto" y "Togo", héroes de la "Carrera del Suero" de Alaska.


Togo y Balto, reunidos en Anchorage en 2017 (1).


Nos trasladamos a Nome, Alaska, enero de 1925. Una epidemia de difteria, potencialmente mortal, se ceba con la población infantil de una localidad que por entonces contaba con 2.000 habitantes, y de su región, que sumaba unos 10.000. Algunos casos con resultado de fallecimiento se habían diagnosticado como amigdalitis, y finalmente Curtis Welch, el único médico del lugar, identificó ya el quinto como difteria. Se decretó la cuarentena. Las reservas locales de antitoxina diftérica estaban caducadas y resultaban ineficaces. Las primeras 300.000 unidades de suero que podrían servir para contener en un primer momento la epidemia se encontraban en Anchorage. Los puertos de la península de Seward estaban bloqueados por el hielo, y las cabinas abiertas de los dos únicos aviones disponibles no permitían volar con una temperatura de 23 grados bajo cero.
 

El perro disecado de "El Hotel New Hampshire" de John Irving.


El Hotel New Hampshire (1).
El matrimonio formado por Win Berry y Mary Bates se conocieron trabajando en un hotel y además de formar una familia decidieron crear uno en lo que fue un internado de señoritas en un lugar sin ningún atractivo. La crónica de la familia, que comienza en 1956, nos la relata su hijo John, el tercero de cinco hermanos. El padre es idealista; la madre devota; Frank, el hijo mayor, que en su juventud practicó la Taxidermia, es homosexual; Franny es atractiva y protectora; John siente algo más que un amor filial por Franny -ambos son los principales protagonistas del relato-; Lilly es bajita, romántica, agradable y muy cercana a Frank; y Egg, el pequeño, involuntariamente cómico.
 
El Hotel New Hampshire (1981) de John Irving es una sucesión de pequeñas historias de personajes, dramáticas, insólitas, tristes, cómicas, tiernas, que se desarrollan a lo largo de los tres hoteles que regentan con el mismo nombre. El primero en un lugar remoto de la costa este de Estados Unidos, el segundo en Viena, Austria, y el tercero de nuevo en Estados Unidos. La edición que consulto es la primera en español traducida por Iris Menéndez.
 

"Owney", la mascota del Servicio Postal de los Estados Unidos.


Owney (1).


Se cuenta que hacia 1888 Owney, un perro callejero con traza de terrier, solía acompañar a su propietario, empleado de correos, a su trabajo en la oficina de Albany, Nueva York, y que se había acostumbrado a dormitar sobre las sacas de cartas. El animal incluso no permitía que nadie que no fuera funcionario de correos tocara las bolsas. El trabajador renunció al empleo y, creyendo que Owney sería más feliz quedándose allí, no se lo llevó consigo. Albany era entonces un nudo ferroviario importante y Owney comenzó a viajar en los vagones postales acompañando las valijas, y más tarde en trenes correo.  Los ferroviarios postales comenzaron a considerarlo talismán.
 

"Sargento Stubby", héroe de la Primera Guerra Mundial.


Durante su entrenamiento militar en los alrededores del campus de la Universidad de Yale, Connecticut, Estados Unidos, en julio de 1917, el cabo J. Robert Conroy encontró y se encariñó de un cachorro de Boston bull terrier que merodeaba por allí. Conroy bautizó aquel perro con el nombre de Stubby (1) y pronto se convirtió en la mascota del Regimiento 102 de Infantería, integrado en la 26ª División conocida como Yankee.
 

Stubby (2).

Una mascota disecada, víctima colateral en la película "Buenos vecinos".


En la trama secundaria Atli (Steinþór Hróar Steinþórsson) que vive en pareja con Agnes (Lára Jóhanna Jónsdóttir),  con quien comparte una hija, se ve obligado a abandonar el domicilio tras ser acusado de adulterio, volviendo durante un tiempo a casa de sus padres. En la principal sus padres, Baldvin (Sigurður Sigurjónsson) e Inga (Edda Björgvinsdóttir) mantienen un enfrentamento con sus vecinos Konrad (Þorsteinn Bachmann) y Eybjorg (Selma Björnsdóttir) a causa de un gran árbol que ensombrece casi por completo el jardín de los segundos. Atli, en plena lucha por la custodia de su hija, es testigo de la escalada de la disputa vecinal de sus padres, una riña que desemboca en una escalada que comprende agresiones verbales, pinchazos en las ruedas, sugerentes gnomos que aparecen, mascotas que desaparecen, instalación de cámaras de seguridad, y hasta una motosierra poco antes del brutal desenlace.
 

Konrad, con su perro disecado bajo el brazo, pide explicaciones a su vecino Baldvin (1).

El perro "Azor" de "Humillados y ofendidos" de Dostoyevski.

El viejo Smith fallece en la calle ante el escritor Iván Petróvich (1).

Humillados y ofendidos, obra escrita por Fiódor Dostoyevski en 1861, es una novela realista que pone al descubierto las diferencias sociales en San Petersburgo. Al inicio de la obra, en el primer capítulo, Iván Petróvich, el protagonista que ejerce de narrador, un incipiente escritor, pasea por las calles de San Petersburgo durante un atardecer de marzo mientras recuerda la historia de un viejo octogenario –en posteriores capítulos sabremos que se apellidaba Smith- y su perro con quienes coincidía a menudo en una confitería alemana. El texto describe el suceso que ocurrió cierto día cuando el viejo del perro miraba a Schultz, un comerciante alemán originario de Riga. Este último estalló, vociferó y pidió explicaciones al viejo por su mirada. Cuando Smith se disponía a marchar, se apercibió de que su perro estaba muerto. Müller, el confitero, le sugirió que lo disecara. Esta es la escena:

"Hachikō", el "perro fiel" que durante una década esperó a su amo fallecido.

Hachikō expuesto en el Museo de Ciencia y Naturaleza de Tokio (1).

Hachikō (ハチ公), más conocido como el perro fiel Hachikō, es uno de los iconos del Museo de Ciencia y Naturaleza de Tokio (Kokuritsu Kagaku Hakubutsukan o Kahaku). Se trata de un perro de raza akita cuya vida, como veremos, merece ser recordada. Nació el 10 de noviembre de 1923 en la granja de Yoshikazu Saito en Ochiuchi, provincia de Akita, actual ciudad de Odate, Japón. Sus padres se llamaban Oshinai -por el distrito donde vivía- y Goma -Sésamo-. A principios de 1924 el profesor del Departamento de Agricultura de la Universidad de Tokio Hidesaburō Ueno lo compró. Ueno había tenido hasta no hacía mucho una perra cuya muerte le afectó y, aunque en un principio no estaba dispuesto a quedárselo, la insistencia de su hija adolescente por tener un perro de raza akita propició que Ueno acabara comprándolo por treinta yenes, una cantidad nada despreciable en aquel tiempo, a una persona llamada Shosai. Ueno metió al cachorro en una caja y lo facturó como equipaje en el tren expreso 702 que lo llevaría desde Odate hasta la estación tokiota de Shibuya. El animal viajó durante veinte horas en el vagón de mercancías y a su llegada el profesor creyó que el animal no sobreviviría. Al llegar a su domicilio de Shibuya, le acercó un plato con leche y el perro se reanimó. Ueno observó que tenía las patas delanteras algo desviadas por lo que decidió bautizarlo como Hachi, en japonés Ocho, por el parecido con el ideograma que representa el número ocho (八), y porque ese número en Japón se considera como afortunado.

"Belka" y "Strelka", las perras cosmonautas que orbitaron la Tierra.

Belka II (1).
Laika, una perra callejera cuyo nombre en español sería Pequeña de pelo rizado, y que originalmente se llamaba Kudryavka, fue el primer ser vivo que orbitó la Tierra. Lo hizo a bordo del Sputnik 2 lanzado el 3 de noviembre de 1957, y murió a las pocas horas de vuelo a causa del sobrecalientamiento de la nave. Después de ella y hasta 1966 la URSS envió doce perras más al espacio, de las cuales cinco regresaron con vida a la Tierra. A estas les habían precedido unas pocas decenas más en las etapas de investigación preliminares, aunque a bordo de cohetes balísticos y geofísicos que alcanzaban una altitud de entre 100 y 450 kilómetros. Algunas sobrevivieron y otras no. En ocasiones viajaban acompañadas por conejos, ratas o ratones. La República Popular China tomaría el relevo de las pruebas lanzando en 1966 dos perras más en cohetes geofísicos a una altitud de 100 kilómetros, animales que regresaron sin daños.

El suicidio de una dama inglesa y su perro disecado.

La humorística sección de ecos de sociedad Busca, buscando del diario barcelonés La Vanguardia, que bajo el seudónimo de Juan Buscón firmaba el periodista Ezequiel Boixet Castells, publicaba el 9 de septiembre de 1892 un texto donde lamentaba la, a su juicio y con cierto tufo de misoginia, excesiva atención que recibían algunas mascotas por parte de sus propietarias, que comenzaba con el siguiente relato:
   "En Londres se ha suicidado, tomando una dosis de arsénico suficiente para reventar a tres personas, una señora que había experimentado la inmensa desgracia de perder a su perro favorito, en medio de circunstancias singularmente dolorosas.
   A lo que parece, una mañana desapareció el animal de su hogar doméstico, burlando la vigilancia de su ama y de los criados. ¿Qué motivos tenía el fugitivo para abandonar una morada en donde era tratado a cuerpo de rey, mimado como una princesa, donde todos sus caprichos, inclusos los más inconvenientes, los más
shokings eran tolerados y aun celebrados como gracias? No se ha sabido hasta el presente. Quizás el deseo de ver mundo; de gozar de lo nuevo y de lo imprevisto; de saborear el fruto prohibido; quizás una aventura amorosa concertada con alguna perra del vecindario.... El caso es que Deck no apareció y que a pesar de las investigaciones de su desolada ama y de dos criados que salieron a recorrer el barrio no fue posible encontrar las huellas del animalito.
   Mistress P. apeló incontinenti al recurso usual en tales casos. El
Times, el Standard, el Daily News y todos los diarios de gran circulación de la Metrópoli anunciaron el extravío del cuadrúpedo y la promesa de una regia recompensa al que lo reintegrare en su domicilio. Ese medio que tan pocas veces sale fallido, no dio empero ningún resultado. Pasaron varios días sin que la afligida dueña supiera nada del paradero de su adorado Deck. Por fin recibió una esquelita concebida poco más o menos en los siguientes términos: "Diversas circunstancias me han impedido hasta la fecha devolveros el perro que perdisteis. Mañana sin falta estará en vuestro poder."
  Mistress P. esperimentó el alegrón que mis lectores pueden imaginar. Supongo por mi parte que pasaría una noche en vilo, mezclada de júbilo y de impaciencia. Al día siguiente se levantó probablemente muy tempranito esperando la vuelta del can pródigo y su corazón le dio un salto en el pecho cuando después de oir el timbre de la puerta, vino a decirle una camarera no menos emocionada: Señora, Deck está en las escaleras, parece que no se atreve a pasar adelante.
   - ¡Pobre ángel mio! teme sin duda que le riñan...
   Fue corriendo la dama, vio en efecto al perrito que seguía inmóvil en un peldaño, le cogió entre sus brazos para besuquearlo y lo soltó al punto dando un alarido horrible.
   ¡El animal estaba disecado!
   Aquel mismo día la dama se emponzoñó.
   De fijo que el autor de aquella mala pasada -autor desconocido todavía- no presumiría que el lance tendría tan trágicas consecuencias. Cuanto a mí declaro con franqueza que no puedo lamentar la muerte de una mujer que se ha matado por un perro y que ha dejado huérfanas a dos hijas."

"Un encantador perro disecado", cita de "Fiesta" (1926) de Ernest Hemingway.

"Bajamos por el Boulevard. En el cruce de la Rue Denfert-Rochereau con el Boulevard hay una estatua de dos hombres con túnicas ondulantes. 
   - Ya sé quiénes son -dijo Bill echando una mirada al monumento-. Son los dos señores que inventaron la farmacia. No trates de engañarme acerca de París. 
   Seguimos adelante. 
   - Aquí hay un taxidermista -dijo Bill-. ¿Quieres comprar algo? ¿Un encantador perro disecado? 
   - Continuemos -dije yo-. Te enamoras de todo lo que ves. 
   - Son unos perros disecados lindísimos -insistió Bill-. Con toda seguridad alegrarían tu piso. 
   - Sigamos. 
   - Sólo un perro disecado. Es aquello de "lo toma o lo deja". Pero oye, Jake. Sólo un perro disecado. 
   - Vamos. 
   - Una vez lo has comprado, lo significa todo para tí. Es un simple intercambio de valores. Tú les das dinero y ellos te dan un perro disecado. 
   - Compraremos uno al volver. 
   - Está bien, hazlo a tu manera. El camino al infierno está empedrado de perros disecados no comprados, pero no es culpa mía. 
   Continuamos andando. 
   - ¿Cómo has sentido tan de repente ese cariño por los perros? 
   - Siempre he sentido eso por los perros. Siempre he experimentado una pasión por los animales disecados. 
   Nos detuvimos a tomar una copa. 
   (...) 
   Nos pusimos de nuevo en marcha Boulevard abajo. Un coche de caballos pasó por delante de nosotros. Bill lo miró. 
   - ¿Has visto ese coche de caballos? Te voy a regalar ese caballo de coche disecado para Navidad. Voy a regalar animales disecados a todos mis amigos. Soy un escritor amante de la naturaleza.
   Pasó un taxi; alguien que iba en él saludó con la mano y golpeó en los cristales para que el chofer parara. El taxi se detuvo al borde de la acera. Era Brett. 
   (...) 
   El taxi se puso en marcha y Brett dijo adiós con la mano. 
   - ¡Qué chica! -dijo Bill-. Es tremendamente simpática. ¿Quién es Michael? 
   - El hombre con quien se va a casar. 
   - Bueno, bueno -dijo Bill-. Siempre me encuentro a alguien que se halla exactamente en esta situación. ¿Qué voy a regalarles? ¿Crees que les gustaría un par de caballos de carrera disecados."

Los perros limosneros de las estaciones de tren inglesas.

Lo leí en el periódico La Vanguardia del 27 de septiembre de 1902 cuando rebuscaba información sobre un taxidermista barcelonés:
   "Perro benéfico.- La prensa de Londres anuncia la muerte de "Tim", perro célebre por ser el encargado de recoger donativos para un asilo de viudas y huérfanos.
   El perro benéfico, que ejercía sus funciones de colector en la estación ferroviaria de Paddington, habrá recogido en diez años más de veinte mil francos con aquel plausible objeto.
   "Tim" será disecado y colocado en sitio preferente de la estación."

Postal de Tim, recién disecado, junto a su cuidador en la estación de Paddington.

El perro "Paco", leyenda de Madrid.


"¿Querrán disecarme? Semejante pensamiento me horroriza.
   No me gustaría que profanasen mi cadáver.
   Varias veces he pasado por casa de Severini y me he estremecido de temor mirando aquellas siluetas de animales inmóviles, rígidos, con vientres llenos de estopa, y sus ojos de vidrio, que me contemplaban de una manera fatídica.
   Ahora comprendo que era un presentimiento.»
                                             
Fragmento de "Memorias autobiográficas del perro don Paco".

La siguiente es la historia de Paco, el perro más famoso de Madrid. A finales del siglo XIX aquel chucho vagabundo y sin amo frecuentó tabernas, cafés, restaurantes, teatros, e incluso acostumbraba a asistir a las corridas de toros y a las carreras de caballos. Los periódicos -nos encontramos en pleno costumbrismo- lo elevaron a la categoría de leyenda. Se le dedicaron piezas musicales y coplillas, y su nombre sirvió hasta para comercializar productos de consumo. Tuvo un final trágico y tras su muerte aparecieron quienes se disputaron su propiedad. El perro Paco fue disecado por Ángel Severini, el taxidermista madrileño más popular del momento. Por esa razón lo traigo a Taxidermidades.
 

Grabado de la contraportada de la revista La Lidia del 24 de noviembre de 1882.

"Barry", el perro San Bernardo del Museo de Berna.

Se cuenta que Barry salvó la vida a unas cuarenta personas en aquellas montañas.

Barry, en la actualidad (1).

En plenos Alpes peninos suizos, a 2.469 metros sobre el nivel del mar, se encuentra el Paso del Gran San Bernardo, que une el cantón suizo de Valais con el valle italiano de Aosta. Allí se encuentra ubicado desde el siglo XI el Hospicio del Gran San Bernardo, un albergue regentado por religiosos agustinos que atendía a los arriesgados viajeros que seguían aquella ruta. Los guías locales, acompañados de perros robustos de variadas razas, recorrían el difícil camino socorriendo a quien lo precisara. Se calcula que los canes que se criaron y vivieron en el Hospicio rescataron con vida a más de dos mil personas. La presencia de los primeros perros en el Hospicio del Gran San Bernardo, que en un principio fueron utilizados solamente como guardianes, está datada en 1695. Más tarde empezarían a colaborar en el rescate de viajeros y montañeros.