El popular disecador madrileño Ángel Severini.

El día 11 de marzo de 1852 el periódico El Observador de Madrid publicaba (1):
   "Ha corrido estos días la noticia de que han llegado a esta corte varios animales que hablan, y que estarán expuestos en la Carrera de San Jerónimo. Los ociosos han recorrido esta calle, buscando los referidos animales, y muchos creen que son los que tiene en el escaparate el disecador Severini. Ayer había mucha gente agrupada delante de este establecimiento, esperando a que los animales hablaran; a las tres se cansaron algunos de esperar y se fueron a comer, pero volvieron a las cinco y continuaron esperando hasta el anochecer."
Etiqueta de Ángel Severini (2).

Ángel Severini Lago fue el disecador madrileño más conocido durante las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo XIX y fundador de una saga de taxidermistas que estuvo activa hasta mediados del siglo XX. No existen muchos datos sobre este personaje, pero rebuscando entre periódicos y revistas de la época y añadiendo algún testimonio, creo que podremos recomponer parcialmente su biografía.

Luis Gutiérrez Ravé, sobrino nieto de Severini, asimismo taxidermista -tercera generación-, e igualmente dedicado junto a su hermano Mariano casi en exclusiva a disecar cabezas de toro, en una entrevista aparecida en 1966 en el semanario taurino El Ruedo nos aportaba algunas pistas. Gutiérrez Ravé, a quien se le seguía conociendo como Severini a pesar de no llevar ya el apellido, establecía los inicios como disecador de su antepasado Ángel Severini, natural de Salamanca y de padres italianos, alrededor de ciento veintitrés años antes, afirmación que nos traslada a 1843. Rebuscando encontramos a un tal José Severini (Madrid, 1838-1882), reconocido grabador de xilografías, posiblemente pariente de Ángel. En el supuesto de que fueran hermanos, cabría especular con que la familia Severini se estableció en Madrid procedente de Salamanca alrededor de los años treinta del XIX, siendo niño nuestro protagonista.

A la derecha Luis Gutiérrez Ravé, sobrino nieto de Severini (3).

La llegada de Severini a Madrid coincidió con décadas de notable auge de la Taxidermia en la villa. En 1835 se vendían y se disecaban aves por encargo en un comercio de la calle de la Victoria. En otro, en el del alemán Pedro Schropp en la calle de la Montera daban razón de un disecador. Desconozco dónde aprendió Taxidermia Ángel Severini. Por aquel entonces se podían encontrar en las librerías algunos manuales como Instrucción sobre el arte de conservar los objetos de Historia Natural (1817) de Juan Mieg, la traducción Manual del naturalista disector (1833) de los franceses Pierre Boitard y Emmanuel Canivet, o el Método completo de disecar en general (1836) de Alberto José Pulido, éste último basado en el de Boitard. O bien pudo aprender con alguno de los muchos disecadores que proliferaban. En 1838 en el número 21 de la calle Jacometrezo un anónimo "disecador de S.M." admitía discípulos y además enseñaba a disecar a domicilio. En 1841 permanecería durante algún tiempo en Madrid el francés Jacques Isambert, discípulo de Canivet, que además de disecar por encargo impartía lecciones de Taxidermia a razón de 80 reales mensuales. En 1842 en un piso de la calle Toledo también se daban clases. En fin, quien se propusiera aprender a disecar tenía donde escoger, y Severini bien pudo formarse con alguno de los anteriores. La oferta la completaba en aquel tiempo la Escuela de Taxidermia del Gabinete de Historia Natural de Madrid, que desde 1822 dirigía Salvador Duchén Poyo y que se ubicaba en el número 22 de la calle León, responsable sin duda de aquella multiplicación de taxidermistas.

Un anuncio en prensa en 1843, año que coincidiría con los inicios de Ángel Severini como taxidermista, remitía a "los pajareros de Santa Cruz" quienes daban razón de uno que disecaba y enseñaba. Al año siguiente en la calle Santa Isabel "un acreditado artista" embalsamaba "a precios los más módicos posibles". Entre 1844 y 1846 había otro en la calle de Carretas que también impartía clases y disecaba. En 1848, en el número 1 de San Felipe Neri se disecaban "toda clase de animales". En los anuncios no aparecían nombres ni apellidos, quizá Severini fuera uno de ellos. Durante aquella década, posiblemente el taxidermista más popular fuera Francisco López, conocido como el disecador del Escorial, que se había establecido en 1840 en la calle de la Reina y que después se trasladaría a la calle de las Fuentes. A López, que montó una empresa de transporte de viajeros, se le pierde la pista coincidiendo en el tiempo con la apertura de la tienda de Severini en el número 20 de la Carrera de San Jerónimo, frente al popular Café de la Perla, en 1852. Desconocemos su anterior domicilio. Posiblemente Ángel Severini empezara trabajando en el propio domicilio a partir de la razón que a los clientes diera algún comercio.

Anuncio de Severini en el Diario Oficial de Avisos.

Por los anuncios que publicó la prensa de la época sabemos que "la tienda del disecador Severini", como ya se la empezaba a conocer, además de animales disecados también ofrecía otros productos tan dispares como "agua balsámica de colonia medicinal", "polvos balsámicos dentífricos", capuchones y caretas, "miniaturas de daguerrotipos" -que fabricaba el pintor y fotógrafo alemán Clonwek-, "dominós de lujo", o, según publicó el diario La Época del 30 de mayo de 1862, una cabeza shuar:
   "Refiere un periódico que ha visto en casa del Sr. Severini, disecador de cámara, un objeto rarísimo, que no tiene igual en ningún museo de Europa. Es la cabeza de un indio disecada y reducida, por un procedimiento desconocido; al tamaño de una naranja pequeña, sin que se note la menor alteración en las facciones ni en el color de la piel, ni una ligera arruga en esta, una espesísima y negra cabellera cubre aquella cabeza en miniatura, que parece tallada en caoba por un hábil escultor."

En el texto de algunos de los anteriores anuncios Severini se publicitaba como "disecador de cámara" o "disecador para la real casa", posiblemente a raiz de haber recibido algún encargo de la realeza. Aquella rara tienda con aquellos llamativos escaparates en el concurrido centro de Madrid debió convidar a que personajes de lo más variado mostraran allí sus creaciones. En octubre de 1858 el periódico La España informaba:
   "Trabajos notables. Lo son seguramente una porción de objetos compuestos de mariscos que ha traído a Madrid el señor Humbert. Entre ellos figura un lindo templete, propiedad ya de S. M. la Reina, en el cual sobre unas columnas de mosaico, que aparentan ser de ricos mariscos, se ven las armas de España, y bajo su cúpula, sembrada de los más caprichosos y delicados adornos, la efígie de S. M., cuyo traje, lo mismo que el resto de la obra, en todos sus minuciosos detalles, está formado de mariscos. El público puede ver algunas muestras de estos trabajos en la Carrera de San Jerónimo, casa del disecador Severini."

En relación también con los vistosos escaparates de Severini El Público publicó la siguiente crónica el 26 de septiembre de 1878, acerca de un curioso vestido que lució la controvertida Maria Bonaparte-Wyse, casada entonces con un español:
   "Dice La Voz del Litoral:
  "La princesa Rattazzi llama la atención en París por sus excentricidades, y se ha hecho una severa crítica en una de las galerías de la Exposición ante un vestido de la propiedad de la princesa.
   Varias señoras de la buena y selecta sociedad francesa, acompañadas de algunos jurados, discurrían sobre modas femeninas, y reían a mandíbula batida del famoso vestido, que no es otra cosa que un vestido blanco de seda, sembrado todo él de pajaritos y bichos disecados, desde el mirlo alborotador hasta la pulga industriosa.
   Es un escaparate de Severini, ni más ni menos; y si por pensar en todo, la modista o el modisto ha colocado dentro del cuerpo de cada animal un mecanismo para que se mueva, cante y chille a gusto de su dueño. Mad. Rattazzi dará golpe cuando se ponga el traje.""

El Liberal, 13 de abril de 1882.

A Severini le debió acompañar el éxito económico ya desde sus inicios en la Carrera de San Jerónimo. En el mes de septiembre de 1854 el periódico El Clamor Popular publicaba el siguiente anuncio: "Gabinete recreativo e instructivo de Historia Natural, bajo la dirección de Severini, calle del Príncipe, número 1. Estará abierto desde las once de la mañana hasta las cinco de la tarde". Desconocemos cuánto tiempo permaneció abierto aquel pequeño museo de Historia Natural, que estaba situado enfrente de la misma tienda, ambos alrededor de la plaza de las Cuatro Calles, la actual Canalejas. Otra prueba de la prosperidad del negocio es la oferta de trabajo que publicó el Diario Oficial de Avisos en diciembre de 1873: "Se necesita un aprendiz para el establecimiento de Sr. Severini, disecador. Carrera de San Jerónimo, número 14; empezará a ganar desde el primer mes".

Agustín J. Barreiro, historiador del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, relataba en su libro El Museo Nacional de Ciencias Naturales el siguiente suceso. Resulta que a raiz de unas modificaciones que el Ministerio de Gracia y Justicia introdujo en 1851 en el entonces vigente Plan de Estudios, se suprimió la asignatura de Taxidermia que las universidades españolas venían impartiendo desde 1846. Pues bien, Mariano de la Paz Graells, recién nombrado director del Museo trasladó en 1852 al ministro su disconformidad por aquella decisión que cortaba de facto la formación y proliferación de taxidermistas, que él consideraba necesarios para cubrir las plazas de disecadores que ofrecían los gabinetes de universidades e institutos y para atender la demanda de los particulares. En su alegato Graells puso como ejemplo el "acreditado comercio de objetos disecados de Severini" como muestra de "las positivas ventajas que ofrecía para los centros españoles de enseñanza evitándoles el recurrir a los extranjeros para proveerse de los materiales necesarios". Las clases de Taxidermia proseguirían impartiéndose, no obstante, en la Escuela del Museo.

El establecimiento de Severini, además de ofrecer animales disecados y variopintos objetos, proveía a otros taxidermistas. En el Anuario Almanaque del Comercio del año 1880 aparece como "disecador y ojos artificiales". Entre los taxidermistas privados contemporáneos de Severini cabe citar a Manuel Sánchez Pozuelo, que vivía en el 44 de la calle Mayor y que trabajaba además en el Museo de Ciencias Naturales, y a un tal Luis Vázquez, domiciliado en la calle Espoz y Mina número 9, que además de manguitero o peletero era disecador. Ambos aparecen en los Anuarios del Comercio de principios de los ochenta. La competencia queda patente en un anuncio que apareció en el Diario Oficial de Avisos en octubre de 1852, tan sólo medio año después de que Severini se estableciera en la Carrera de San Jerónimo, en el que se anunciaba que acababa de llegar "un disecador procedente de París" que se había establecido en la calle de la Aduana que cobraba unos "precios tan módicos en comparación a los que llevan ordinariamente los demás disecadores" y añadía un par de ejemplos. Incluso uno de sus trabajadores, Primitivo Pérez, oficial disecador que trabajó durante treinta y cinco años con Severini, se puso por su cuenta en 1885,  estableciéndose en un piso del número 40 de la calle Mayor. Todos ellos, pues, tenían sus talleres en los alrededores de la Puerta del Sol, también en pleno centro.

Cabezas de toro disecadas por el sobrino nieto de Severini (3).

Severini se especializó en disecar las cabezas de los toros que se lidiaban en la plaza madrileña. No todas, puesto que por una breve referencia en el Boletín de Lotería y Toros, publicada en 1877, sabemos que algunas  las disecaba el mencionado Sánchez Pozuelo. La prensa de la época da cuenta de algunas de aquellas cabezas que Severini disecó. Las de algunos astados que hirieron a algunos matadores como la del que cogió a Salvador Sánchez Povedano Frascuelo en abril de 1877, o la de Zapatero que hizo lo propio con José Sánchez del Campo Cara Ancha en abril de 1882. Otras cabezas pertenecieron a toros que acabaron con la vida de algunos matadores, como la del Miura Jocinero que acabó con la del torero José Dámaso Rodríguez Pepete en abril de 1862, o la de Valenciano que acabó con el banderillero Nicolás Fuertes el Pollo en agosto de 1880. En varias ocasiones los anteriores sucesos provocaron que algunos redactores publicaran chascarrillos que situaban el escenario ante el escaparate de la tienda de Severini, y lo relacionaban con la situación política -lo comprobaremos más adelante-, o bien se referían estrictamente a los incidentes, como el que apareció en el semanario satírico Madrid Cómico el 22 de agosto de 1880:
   "Los toros están a la orden del día. Las desgracias ocasionadas por estos animales durante la semana son muchas, y muchas también las personas que se agolpan en la tienda del Sr. Severini para ver dos cabezas de toro disecadas: una, la del que hirió a Frascuelo; otra, la del que mató a un banderillero el domingo último; y si el Sr. Severini fuera a poner a la espectacion pública todas las cabezas de todos los toros que se han hecho célebres en estos dias, seguramente parecería su casa un matadero."

En las notas de prensa también se mencionaban las cabezas de toro que disecaría Severini, simplemente por el hecho de haber destacado el animal, como la de Panadero, "el sexto toro de la corrida de ayer tarde" (Boletín de Loterías y de Toros, 4 de septiembre de 1871). O bien por estar destinado a algún personaje, como ocurrió con la cabeza de Medias negras que lo fue para el príncipe de Sajonia que el 29 de octubre de 1876 acudió a los toros. De las dos notas en prensa de aquella visita reproduzco la de El Imparcial, el diario más influyente del momento, que al final de su crónica taurina añadía "Pero es el caso que el disecador Sr. Severini ha encargado le guarden la cabeza de Calzas-negras, para prepararla y regalarla a S. A. el Principe de Sajonia, y se va a encontrar sin oreja". Algo parecido sucedió con los toros lidiados el 27 de enero de 1878 durante una corrida a la que asistieron varios embajadores. En La Ilustración Española y Americana del 15 de febrero se podía leer "El cuerpo diplomático extranjero manifestó deseos de enviar a sus respectivas naciones la cabeza de algunos de los toros lidiados en las funciones reales, habiendo dispuesto el Ayuntamiento que el Sr. Severini diseque las cabezas de los toros muertos en las últimas corridas, necesarias para cumplir los deseos, de los representantes extranjeros". Aquellas cabezas aparecerían en un grabado de la misma revista, que se reproduce a la derecha. Finalmente, alguna otra mención correspondería a sus fines benéficos, como la del diario El Liberal del 29 de abril de 1882:
   "El concejal señor Lara ha puesto a disposición del alcalde-presidente la cabeza del toro Capirote, disecada a expensas del donante, manifestando el deseo de que su venta en pública subasta y ceder íntegro el producto que se obtenga a la Casa de Socorro del Centro, por cuyo distrito es concejal el señor Lara.
   La cabeza está expuesta desde anoche en la tienda del disecador Severini, y la subasta se celebrará en la tercera Casa Consistorial el día 8 de mayo."

La fama de Ángel Severini propició que fuera imitado y suplantado. En el Diario Oficial de Avisos del 11 de septiembre de 1871 se podía leer el siguiente anuncio judicial:
   "En virtud de providencia del señor D. Servando F. Victorio, juez de primera instancia del distrito del Congreso de esta capital, refrendada del escribano que suscribe, se cita, llama y emplaza por primera vez y término de nueve dias a Emeterio Gómez para que comparezca en la Audiencia de su señoría, sita en el Palacio de Justicia, con el fin de responder a los cargos que le resultan en causa criminal que se le sigue por estafa de animales disecados del establecimiento de D. Ángel Severini, bajo apercibimiento que de no presentarse, le parará el perjuicio, que haya lugar."

Desconozco cómo acabó aquel litigio. Severini fue tan conocido que inclusó le valió ser nombrado "alcalde del Barrio de la Carrera" del distrito de Congreso por la Junta de Tenientes de Alcalde del Ayuntamiento de Madrid, según leemos en El Imparcial del 16 de enero de 1876. También tenemos noticia de que en junio de 1881 Severini recibió un "diploma de primera clase" por "sus animales disecados" en la Exposición de Animales y Plantas. En aquella exposición participó también Manuel Sánchez Pozuelo, que obtuvo un diploma de primera clase y medalla de bronce "por sus aves disecadas".

Madrid Cómico,  22 de agosto de 1880.

En 1882 Severini recobró protagonismo gracias al popular perro Paco, un animal vagabundo que frecuentó tabernas, cafés, restaurantes, teatros, carreras de caballos y corridas de toros, al que los periódicos convirtieron en leyenda. El perro fue malherido en una becerrada por un torero aficionado el 21 de junio de aquel año. Cinco días más tarde la prensa informaba del fallecimiento de Paco y de que su cadáver había sido entregado al "Sr. Severini" para que lo disecase. Finalizado el trabajo el taxidermista lo expuso un tiempo en su escaparate.

En la Carrera de San Jerónimo permaneció Ángel Severini, según su sobrino nieto, durante algo más de treinta años. A principios de la década de los ochenta se trasladaría a los bajos del número 4  bis de la calle del Sordo, la actual calle Zorrilla, donde aún seguía ubicado el taller de Taxidermia de su sobrino nieto a mediados del siglo XX. Ángel Severini estuvo en activo hasta alrededor de 1895. La revista El Toreo del 5 de junio de 1896 se refería a que la cabeza del toro Sereno, de la ganadería de Veragua, que el domingo anterior había cogido al picador Rafael Alonso Bertoli el Chato y al torero Antonio Reverte Jiménez, iba a ser disecada por Jesús Sáez, "sucesor del célebre Severini". Desconozco el año del fallecimiento de Ángel Severini. Tras su muerte, el negocio pasó a denominarse Viuda de Ángel Severini, nombre que se mantenía a mediados de la década de los años diez del siguiente siglo.

Abubilla disecada por Severini (2).
Pocos trabajos de Severini han llegado hasta nuestros días.  La abubilla de la izquierda, notablemente deteriorada, perteneciente a la Colección del Instituto Bárbara de Braganza de Badajoz, y a la que corresponde la etiqueta de la imagen que encabeza este texto, es uno de ellos. Según la documentación que obra en el archivo del centro fue adquirida durante el curso 1880-81. El siguiente año académico el mismo instituto adquirió a Severini un meloncillo (4). Otro ejemplar atribuido a Severini, en este caso un bogavante, datado con anterioridad a 1877, se conserva en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid. Quizá se conserven más obras en museos y gabinetes de Historia Natural de otros institutos de enseñanza históricos de entre aquellos que se fundaron a mediados del siglo XIX.

La singular tienda de la Carrera de San Jerónimo aparecía tanto en una tonada, como la que con el título Noticieros de la Carrera de San Jerónimo publicaba la revista Gil Blas en junio de 1868 en su sección Melodías Bufas, y que comenzaba así: "¡Sí! La España los conoce / y me indica su lugar: / entre La dulce alianza / y el despacho de Durán. / Los que no tienen destino / ni lo tuvieron jamás, / se estacionan junto a Lhardy / por el tufillo que da. / Cesantes y jubilados / por medida general, / enfrente de Severini / pasan las horas en paz. / (etc)"; como en una descripción de la concurrida calle que, según contaba el periódico El Globo en su primera página del 22 de abril de 1875, podía bastar a los viajeros para conocer Madrid: "¿Queréis que os disequen? Dad el encargo a Severini, embalsamador de todos los pájaros mimados, perritos falderos y gatos interesantes que al malograrse desgarran el corazón sensible de sus amos".

Meloncillo de Severini del Instituto Bárbara de Braganza de Badajoz  (2).

La popularidad de Severini favoreció que además apareciera citado como personaje en numerosos relatos. A continuación, y para acabar, transcribimos algunos de ellos. En La hoja literaria del diario La Época de 9 de enero de 1882, alguien que respondía al seudónimo de Marrasquino firmaba una crónica que llevaba por título Un perro chico en la que según el autor se refería "una tríste escena ocurrida con motivo del fallecimiento de un can afortunado, compañero inseparable durante su vida de una mujer bella y distinguida", que es la siguiente:
   "Nadie hubiese dicho, al ver aquel elegante carruaje tirado por dos soberbios caballos ingleses, que en su seno se albergaban el dolor y la desgracia.
Llegados a la casa, la señora convirtió la sala en capilla ardiente, y mandó llamar a Severini para que disecara a su perro adorado.
   El disecador, después de un detenido examen de los despojos mortales de Kiss, declaró que no podia hacerse el embalsamamiento, porque de tal manera estaba deshecho, que para lograrlo habría sido preciso reconstruirlo por completo con piezas postizas que hiciesen veces de costillas.
   Este nuevo contratiempo produjo en el ánimo de la familia adoptiva del finado la más triste impresión."

El periodista y escritor Rafael García Santisteban publicaba en mayo de 1883 en la revista barcelonesa Ilustración Artística el relato Mi amigo Perico donde el protagonista, Luís López, es un hombre soltero que vive en un piso de huéspedes cuya vecina del principal, recién llegada al edificio, "viuda, joven y guapa", es la propietaria de Perico, un molesto y ruidoso loro. López acude a visitar a su nueva vecina para quejarse pero al verla quedará prendado e intentará seducirla aunque sin éxito. Ella recibe mientras tanto las visitas de un pretendiente. López se ausentará de su domicilio y, al regresar un mes más tarde, se produce la siguiente escena:
   "Un mes duró mi ausencia. Volví de noche a Madrid y al entrar en casa me dijo la patrona:
   -¿Sabe usted la noticia? Esta mañana ha muerto.
   -¿Quién, mi vecina? ¡Me ha dejado usted frío!
   -No, señorito.
   -¿El caballero rubio? Me alegro.
   -Tampoco.
   -Pues ¿quién?
   -Perico.
   -Menos mal. Aunque no puede creer esa señora que yo he contribuido a tan inmensa desgracia y voy a darle mis excusas.
   Sin escuchar las observaciones de mi patrona bajé al cuarto principal. Me abrió la criada y la pregunté con ansiedad:
   -¿Con que es cierta la catástrofe? ¿con que ha muerto Perico? La señora estará inconsolable. Pásela usted recado que deseo consolarla.
   -No recibe, me contestó.
   -¿Hay lista?
   -Tampoco.
   -¿Y de qué ha muerto ese inteligente animalito?
   -De repente. Ahí lo tiene usted muerto en la jaula.
   Entonces me asaltó una idea que inmediatamente puse por obra sin oposición de la fámula.
   Mis lectores me permitirán que no les diga lo que hice hasta el momento oportuno.
   Ocho días después me presentaba en casa de la expropietaria de Perico con un bulto envuelto en un papel en la mano.
   La criada quiso detenerme, pero yo forcé la consigna y entré en la sala con aire triunfante.
   Había visitas y en el sofá estaban ella y él.
   Juzgué la ocasión  a propósito para dar el golpe teatral que proyectaba y adelantándome hacia mi esquiva hermosura pronuncié este breve discurso:
   -Señora, usted quería mucho a Perico y ha muerto. Comprendiendo su dolor y para que lo tenga siempre a la vista, lo he mandado disecar en casa de Severini y me apresuro a devolvérselo a usted rogándola que no vea en este acto más que el deseo de repetirla el afecto que la profeso como apasionado amigo, que ha hecho lo que a algún otro no se habrá siquiera ocurrido.
   Y diciendo y haciendo arranqué el papel y enseñé a Perico disecado sobre una elegante peana.
   -Caballero, me contestó mi bella ingrata, agradezco la buena intención de usted, pero a mi marido no le gustan los loros. Puede usted guardárselo como un recuerdo del que fue su buen amigo.
   -Joven poeta, prosiguió su adlátere, yo que soy esposo de Julia desde hace ocho días, le ofrezco mi sincera amistad en pago de la felicidad que le debo. Se resistía a contraer segundas nupcias a pesar de mis observaciones respecto de los peligros que corre una viuda joven y bien parecida, expuesta a las asechanzas y galanteos de los enamoradores de oficio y usted se ha encargado de darme la razón con su tenaz sistema de asedio amoroso, valiéndose de su afectado cariño al loro, del periódico, del correo y hasta del acecho, como si fuera una perdiz. No extrañará usted pues que le escribiera aquella carta animándole a ayudarme en mi empresa. Debo a usted pues mi felicidad y le deseo tan buena suerte como yo he tenido.
   Desconcertado, con el loro en la mano y viendo que los circunstantes ocultaban la cara entre las manos sin duda para reírse de mí, balbuceé algunas palabras sin sentido, di la enhorabuena a los recién casados y tomé el partido prudente de eclipsarme.
   -Tome usted ese pajarraco, dije a mi patrona, y póngale de adorno en la sala.
   ¡Yo había representado en este idilio amoroso el papel de un pequeño Galeotto!
   Al día siguiente busqué otra casa de huéspedes a donde me trasladé sin pérdida de tiempo.
   Desde entonces odio los loros y no vivo nunca en casa donde haya un ejemplar de la especie de Perico."

El diario matutino de carácter liberal progresista La Iberia de 9 de mayo de 1885 se valía de Severini para criticar a algunos miembros del Gobierno. En el siguiente texto, titulado El ministerio Severini, aparecen Francisco Romero Robledo, ministro de Gobernación; Francisco Silvela, el de Gracia y Justicia; Alejandro Pidal, ministro de Fomento; siendo el conservador Antonio Cánovas del Castillo presidente del Consejo de Ministros:
   "¡Ahí está!... ¡Como los paletos de Riofrío!...
   Murió, atravesado por el colodrillo, de una descarga cerrada del cuerpo electoral.
   ¡Ahí está, disecado y todo!
   Pero en vano un Severini hábil y práctico ha impedido la explosión de microbios, que la muerte engendra.
   El alcanfor que Silvela y Pidal inyectaron en la cartera del ministro de la Governación, y los presupuestos, que, a guisa de sublimado corrosivo (5), detienen la infecta descomposición de la materia gubernamental, tienen suspendida la fermentación propia de los sepulcros.
   Severini es muy hábil, pero no es Dios, y sólo Dios hecho hombre pudo resucitar los muertos.
   Los más hábiles disecadores, los ornitológicos más experimentados sólo podrán hacer con el señor Romero Robledo lo que el indiano opulento con el loro más querido de su pajarera.
   Rellenarlo de paja envenenada, ponerle ojos de brillante vidrio, abrirle el pico graciosamente como si fuera a cantar el himno de Riego o la Pitita; pero ¡oh fatalidad de la muerte! los ojos no verán y el elocuente pico no volverá a producir acordadas notas.
   Sólo algún rural ignorante, deteniéndose ante el escaparate ministerial, esperará que el pájaro hable y vuele, y dé la pata, y presente el emplumado occipucio para darle el piojito... Severini no puede hacer más que embalsamar sus bichos.
   ¡Infeliz del que viendo una perdiz disecada trate de guisarla y comérsela!
   El organismo animal sólo puede reducirse a momia aparente de la vida a fuerza de veneno.
   Desgraciado el que se lo trague o aquel que se quede dormido confiadamente en un gabinete de historia natural.
   Los miasmas químicos acabarán por envenenarle.
   ¡Mucho ojo con los disecados!"

En mayo de 1886 en el semanario satírico Madrid Cómico, en su sección De todo un poco se podía leer la siguiente ficción:
   "Las imitaciones están a la orden día. Hay flores de trapo a las cuales, como dice una señora muy exagerada, no les falta más que hablar.
   Venden por ahí unos caballeros de algodón teñido, que parecen naturales, y un primo mío tiene un bigote de quita y pon, que da un chasco a cualquiera.
   Pero sobre todo, ¡qué bien se hacen ahora los ojos de cristal! Don Doroteo tiene dos: uno para los domingos y otro para ir a la oficina, y nadie dice al verlos que los ha comprado en casa de Severini.
   Cuando se decidió a tapar el agujero, fue a ver al comerciante y le dijo:
   -Necesito un ojo de mirada benévola.
   Y el comerciante, confundiendo el paquete, le vendió uno de perro de aguas, que don Doroteo aceptó sin notar la equivocación; pero pronto pudo ver que las perras se paraban a su paso y le hacían guiños con la cola, hasta que una persona inteligente le dijo:
   -Don Doroteo, ese ojo es irracional.
   -¿Cómo?
   -Debe ser de merluza.
   Entonces cayó en la cuenta, y hoy tiene uno azul, tan expresivo, que al vérselo las mujeres creen que va a hacerles una declaración amorosa, y no pueden menos de decirle:
   -Caballero: no me lance usted esas miradas. ¡Soy casada!
   Los niños de don Doroteo se mueren por coger el ojo y meterlo en la jofaina, y cuando alguno de aquéllos se pone malo y no quiere tomar las medicinas, la mamá se vale del órgano de don Doroteo para reducirle a la obediencia, diciéndole:
   -Vamos, Arturito; toma el jarabe y te presto el ojo de papá.
   Los domingos, ya se sabe; don Doroteo no sale de su casa sin decir a su esposa:
   -Aquilina; tráeme el ojo de los días de fiesta, y dale éste a los niños para que se distraigan."
No obstante, en el apartado Ojos artificiales del Anuario General del Comercio de 1861 ya se había aludido al negocio de Severini, en el número 20 de la Carrera de San Jerónimo, como "tienda: ojos artificiales para personas faltas de una vista, y para toda clase de animales. D. Ángel Severini, disecador". Por cierto, en la sección Disecación de animales del mismo Anuario también se leía "Carrera de San Gerónimo, 20, tienda. D. Ángel Severini, disecador, director y preparador de los objetos de historia natural para la Real Casa", seguido de otro taxidermista, "Jacometrezo, 37, Francisco Carrasco, manguitero".

El reputado Eduardo de Palacio en El Imparcial del 29 de diciembre de 1888, bajo el título de Química de Navidad hacía un repaso literario navideño. El siguiente fragmento contenía otra referencia a Ángel Severini:
   "En algunas ocasiones he visto pavos, artificiales.
   Una señora buscaba en una de las plazuelas de Madrid "al hombre que la había vendido un pavo el día anterior en aquel mismo sitio".
   Nadie conocía al pavero entre los vendedores colindantes.
   -¿Por qué le busca usted, señorita? -la preguntaron.
   -Porque me timó inicuamente. Era un pavo de casa de Severini.
   -¿Cómo de Severini?
   -Disecado. Yo le dije a ese tunante de vendedor que me le diera muerto para evitarme el horrible espectáculo en casa y que no aprendieran a matar los niños.
   -¿No quiere usted que pasen de poner banderillas?
Cuando la cocinera abrió al animal encontró en el buche una pelota de goma y en el resto del cuerpo más de medio kilo de trapos de diversas procedencias.
Esta gallina no me parece que está buena -decía un caballero a un vendedor de aves, transeúntes (uno y otras).
   -No diga usted eso, caballero: ¿por qué?
   -Por el olor.
   -Señor, es natural; a donde usted apunta no va a encontrar esencia de rosa.
   -Todo se falsifica, señorito—decía un vendedor de panderetas y tambores para los niños.
   -Es verdad -afirmaba una anciana, esposa y artista en pellejos como su marido.
   -En otro tiempo empleaban piel de perro para estos "estrumentos" porque es muy dura -reanudó el dueño de los susodichos, o comisionado o comisionista.
   -¿Y ahora? -preguntó la parroquiana.
   -¿Ahora? pues pellejos de personas públicas."

Bogavante preparado por Severini conservado en el Instituto Cardenal Cisneros de Madrid (6).

Notas, créditos y agradecimientos.-
(1) Corrijo la ortografía original de la época para facilitar el trabajo de las herramientas de traducción.
(2) Fotografías de ejemplares pertenecientes a la Colección de animales naturalizados del Instituto de Enseñanza Secundaria Bárbara de Braganza de Badajoz. 
(3) Fotografías publicadas en la revista El Ruedo el 8 de febrero de 1966.
(4) Mi agradecimiento al profesor  Jacinto Pedro Carrasco Claver del Instituto Bárbara de Braganza por su desinteresada colaboración.
(5) El sublimado corrosivo o cloruro de mercurio, un veneno químico, fue usado durante algún tiempo en Taxidermia como producto preservativo.
(6) Fotografía propiedad del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid, obtenida en la web Ciencia y Educación en los Institutos Madrileños de Enseñanza Secundaria (1837-1936), www.ceimes.es .


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Taxidermidades, 2015.


Bibliografía:
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Recursos:
Artículo El perro Paco, leyenda de Madrid en Taxidermidades. 
Artículo Los taxidermistas privados de Madrid durante el siglo XIX en Taxidermidades.