"El taxidermista", obra teatral de Ángel García Pintado

El 24 de mayo de 1982 se estrenó en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional de Madrid la obra El taxidermista, escrita por Ángel García Pintado en 1979. El montaje fue dirigido por Jordi Mesallés e interpretado por Nicolás Dueñas (Pablo), Magüi Mira (Virginia) y Juan José Otegui (Amador, el taxidermista), y permaneció un mes en cartelera. El recordado crítico Ángel Fernández-Santos, con motivo de la presentación de la temporada del Centro Dramático Nacional, escribió el 31 de enero de 1982 en el periódico El País:
   "El taxidermista es una obra de una sola situación, desdoblada en muchas variantes, con solo tres personajes. Es una parodia y un homenaje a formas teatrales tradicionales, que se disuelven en una nueva, que las asimila y destruye. Hay alta comedia, vodevil, realismo fantástico, farsa, surrealismo, estética pop, teatro mágico, acumulación de objetos según las fórmulas del teatro del absurdo, en una especie de almoneda de formas, estilos teatrales unificados por el propio estilo del escritor y una técnica de apisonadora que las neutraliza al mismo tiempo que las usa."
Caricatura de José Luis Dávila alusiva a la obra publicada en ABC (1).

Coincidiendo con su estreno, la revista teatral Pipirijaina, dedicó su número de mayo a El taxidermista y a su autor, incluyendo además algunas notas al montaje de su director, y el texto íntegro de la obra (2). En el siguiente fragmento de la obra se reúnen por vez primera los tres personajes:
"(...)
(Suena en ese momento el timbre de la puerta. Ella no va a abrir. En la puerta aparece un hombre bajo, poca cosa, acentuada calvície, de más edad, evidentemente, que Virginia, que Pablo, con la lengua fuera... Denota síntomas de fatiga, que intenta disimular con esfuerzos de gallardía y dignidad no conseguidos. Y, a todas luces, grotescos. Su indumentaria podría ser la de un funcionario irrelevante endomingado o la de un viajante de comercio. Lleva cuidado y fino bigotito. Nada más aparecer es víctima de un acceso de tos reprimido.)
El Recién llegado.- Perdón..., perdón...
(Pablo, que ha permanecido como alelado, parece hacerse dueño de la situación repentinamente, esgrimiendo un gesto burlón no exento de superioridad.) 
Virginia.- Es..., mi marido. Y este es... Amador.
Amador.- Mucho gusto... El ascensor está estropeado...
(Un gran silencio)
Pablo.- El gusto es mío. (Silencio) ¿Hace mucho que tiene usted asma?
Amador.- Desde que era pequeño.
Pablo.- Es una respuesta vaga.
(Amador no entiende. Virginia se enfrenta a Pablo con su mirada más dura, intentando proteger a Amador. Pablo sigue desconcertado, disimulando una seguridad poco convincente. Amador aprovecha para echar una mirada circular por la habitación sin poder disimular una cierta angustia por el abrumador paisaje de maletas que le rodea.)
Virginia.- No le hagas más preguntas.
Pablo.- ¿Por qué?
Virginia.- Alargaría esto innecesariamente. (A Amador) Puedes comenzar.
Amador.- ¿Por dónde?
Virginia.- Por las que están de pie junto a la puerta. Vete dejándolas en el descansillo (El hombrecillo obedece. Comienza a cargar maletas. Sale y entra.) Creí que no llegarías nunca.
Amador.- He tardado en dar con la calle.
Virginia.- ¿Trajiste el coche?
Amador.- Sí.
Pablo.- (Con guasa.) ¡Ah, tiene coche! Yo también tengo coche.
Virginia.- Sí, pero el suyo es de cuatro ruedas.
Pablo.- ¿Qué intentas insinuar?
(El ritmo del que saca las maletas va decreciendo. A veces se para a medio camino para recobrar fuerzas o para dirigirle a Virginia una sonrisa emocionada, una sonrisa correspondida aunque díficil de interpretar en su exacto sentido. Pablo, en su silla [de ruedas], da vueltas por la habitación. Parece como si le divirtiera el trajín del recién llegado, con el que intenta intercambiar, de vez en cuando, algunos gestos de complicidad. Amador, por su parte, le dedica ciertas sonrisas estúpidas y sonrojadas, como intentando quedar bien, llenar un vacío.)
Pablo.- ¿Qué..., pesan?
(Y Amador hace un gesto de "así, así"...)
Debe de tener usted un coche muy grande...
Amador.- (Orgulloso.) Sí, sí es grande, sí...
Pablo.- Claro... Un hombre de su talla.
Amador.- (Sin coger la invectiva) ¡Oh no, no se engañe!... Es que lo necesito para mi trabajo.
Pablo.- ¿Mucho trabajo?
Amador.- No falta, no falta, je... Siempre habrá bichos...
(Virginia se queda mirando instintivamente ofendida.)
Pablo.- ¿Un trabajo duro?
Amador.- Delicado.
(Toma maletas, las deja...)
Bueno, la verdad es que no tengo por qué ocultarlo. Me siento muy orgulloso de ello: soy taxidermista, señor.
Pablo.- ¡Ah, ya! Es un taxi lo que tiene.
Virginia.- Muy gracioso.
Amador.- (En un ataque de risa y tos.) No, de verdad que no puedo creer que usted no sepa lo que es un taxidermista. (A Virginia.) ¿Qué bromista, eh?
Pablo.- Me imagino que es una manera distinguida de denominar a los taxistas... Bueno, a los taxistas que poseen un coche grande, un coche como el suyo, un gran turismo, ¿no es eso?
Amador.- No, no... Necesito un coche grande para mi trabajo, ya se lo he dicho.
Pablo.- Sí, ya me lo ha dicho.
Amador.- Pus bien: un coche grande para meter las cabezas y trasladarlas; a veces el cliente no puede venir a por ellas y yo hago ese servicio a domicilio. Me entretiene hacerlo. Es...
Pablo.- Como llevar maletas.
Amador.- No exactamente, señor. Las maletas son... perpendiculares. (Echando un vistazo a su alrededor.) Bueno, las hay también cilíndricas... Además tienen asa. Y mis cabezas... y mis cuerpos... -porque también trabajo los cuerpos, aunque últimamente ese género se trabaja menos-, no tienen asa.
Pablo.- Entonces no hay por donde cogerlos.
Amador.- (Picaro, mirando lúbricamente a Virginia.) Siempre hay por donde cogerlos. Por los cuernos...
(Pablo da un respingo aprensivo.)
No se asuste señor. Los cuernos quedan bien sujetos. No pasa nada. Es como si fueran atornillados. Aunque claro, es preciso tener cuidado al manipular con ellos. Hay cornamentas complicadas que parece que se te van a enredar en las manos.
Pablo.- Muy grandes.
Amador.- ¡Enormes! ¡Trofeos magníficos que pueden satisfacer la vanidad más exigente!
Pablo.- Me resulta difícil admitirlo.
Amador.- Es normal. A mí al principio también me costaba. No podia..., no podia cómo la vanidad de un ser humano puede llegar a esos extremos. Pero cuanto más grande y complicada es la cornamenta, más vanidad.
Pablo.- Usted entonces aconsejaría sencillez y mesura.
Amador.- Nada de eso. Me encantan los grandes vanidosos. Tenga en cuenta que yo vivo de eso. 
(...)"

Estrenada la obra, los críticos de referencia de los dos diarios de mayor tirada dieron su aprobación sin mucho entusiasmo. Interino, seudónimo con el que firmaba el del ABC, incluyó en su texto las siguientes líneas, casi una sinopsis:
   "Arranca El Taxidermista de una convención casi vodevilesca, la ruptura de la convivencia en un matrimonio de nuestra burguesía de medio pelo, "a punto de perder ese medio pelo, incluso", precisa el autor. En ese prolongado rito de la separación conyugal, uno encuentra multitud de experiencias, gestos, intenciones, chantajes y amenazas que son ingredientes indispensables en esa tormentosa ruptura, tras el fracaso de la convivencia. (...) 
   Esa cruel ceremonia de verdugo y víctima que intercambian sus papeles, el patetismo, la indefensión de la mujer, el ser más débil, convertida en objeto de cacería, acechada por los machos, atrapada por sus redes de resortes calculados, sometida a la obscena y cómplice mirada de quien deja de ser su marido y de quien comienza a ser su amante, unidos los dos por una morbosa delectación de exacerbado machismo, que deja momentáneamente en suspenso sus hostilidades de competidores, teje una parábola delirante, que tiene la lucidez de los sueños y el poder arrasador del inconsciente. Hay terror, ternura, desolación y una composición infinita delante de ese desvelado espejo, ante el que se sientan, para reconocerse o rechazarse, los espectadores."

Cartel de El taxidermista (3).

El temido y añorado Eduardo Haro Tecglen escribiría en El País aludiendo a Psicosis, protagonizada por otro taxidermista:
   "En El taxidermista (...) hay todo un mundo profundo, freudiano, del que sobresale un terror a lo cotidiano. La narración apenas existe: es más bien el cuadro de una relación hombre-mujer, con un personaje que aumenta la sensación de miedo y misterio, unos elementos mágicos por los cuales ciertos objetos pueden convertirse en desconocidos, y una alusión continua -por los televisores programados en el escenario- a una cultura del miedo, del cine de miedo, principalmente el de Hitchcock."

Ángel García Pintado (Valladolid, 1940) combinó su faceta de periodista con la de autor teatral. Afincado en Madrid, dirigió la sección de cultura de la agencia de noticias Efe; trabajó en los diarios La Verdad de Murcia y el ABC; fue cofundador y durante su primer año y medio director del semanario satírico Hermano Lobo; y redactor-jefe de Cuadernos para el Diálogo. Su primera obra fue Cena (1967). El taxidermista fue la primera que contó con actores y medios profesionales. Considerado como "uno de los más cualificados miembros de la 'generación vanguardista'" (4), entre sus más de treinta obras destaca también La sangre del tiempo (1980). En 1981 García Pintado publicó el ensayo El cadáver del padre, obra de referencia sobre las vanguardias que se reeditaría en 2011.



Notas.-
(1)  Esta viñeta ilustraba la crítica del ABC el 26 de mayo de 1982.
(2) Una de las imágenes con la que la revista Pipirijaina ilustra su monografía es aquella fotografía en la que aparecen los hermanos taxidermistas José María y Luis Benedito en 1914 en su taller del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, acompañados de dos ayudantes, y que el lector interesado encontrará en el artículo La familia Benedito. saga de Taxidermistas, publicado en Taxidermidades.
(3) La portada de la revista Pipirijaina reproducía el cartel.
(4) Según el crítico Ángel Fernández-Santos.


Bibliografía:
---    El taxidermista , en Pipirijaina, nº 22, Madrid, mayo de 1982.
---   García Pintado estrena El Taxidermista en el Centro Dramático , en El País, Madrid, 24 de mayo de 1982.
Ángel Fernández-Santos   Obra de García Pintado para el Centro Dramático Nacional, en El País, Madrid, 31 de enero de 1982.
Eduardo Haro Tecglen   El taxidermista. Psicosis , en El País, Madrid, 26 de mayo de 1982.
Interino   Terrores conyugales, en ABC, Madrid, 26 de mayo de 1982. 


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Taxidermidades, 2018.