"Zarafa", la jirafa del rey Carlos X del Museo de Historia Natural de La Rochelle.

Zarafa en el Museo de La Rochelle (4).
En 1827 Francia entabló negociaciones con Mehemet Alí, el valí otomano de Egipto, con el propósito de conseguir su apoyo militar en Argelia. Al inicio de las conversaciones y como muestra de buena voluntad, aceptando una sugerencia del cónsul francés, Alí regaló al rey Carlos X una jirafa. Y aunque acabaría rechazando la petición francesa de intervención en 1829, de nuevo como señal amistad Alí obsequió además al rey dos obeliscos, el primero llegó a París en 1833 procedente de Luxor -se erigió tres años después en la plaza de la Concordia-, mientras que el segundo se quedó en Egipto debido a las dificultades de su traslado. La última jirafa viva que había pisado suelo europeo (1) fue en Florencia, la que recibió como regalo Lorenzo de Médicis en 1486 del sultán de Egipto. Con anterioridad las recibieron asimismo como regalo los reyes Alfonso X de Castilla, Federico II de Sicilia y Fernando I de Nápoles y varios nobles italianos (2). Quizá la primera que lo hizo desde la Antigüedad clásica fue la que acompañó a Julio César en su regreso triunfal a Roma de la campaña de Egipto en el año 46, un animal (3) que falleció en un espectáculo con leones. En Constantinopla algunos zoológicos de sultanes también las alojaron.

Grabado de época.
A finales de 1825 los oficiales de un regimiento egipcio que ocupaba Kordofán, Nubia, participaron junto a lanceros sudaneses en una cacería de jirafas. Abatieron varios ejemplares adultos y capturaron dos ejemplares jóvenes. Mouker Bey, gobernador de la región, conocedor del interés de Mehemet Alí por los animales curiosos, los embarcó para descender el Nilo rumbo a Alejandría y ofrecérselos. Bernardino Drovetti, cónsul francés, que como todos los funcionarios en el exterior había recibido de los administradores del Museo de Historia Natural de París un ejemplar del manual Instructions pour les voyageurs et les employés dans les Colonies, sur la manière de récueillir, de conserver et d'envoyer les objects d'histoire naturelle, ante la inminente llegada de los animales se apresuró para solicitar los dos ejemplares a Alí como obsequio para su rey.  En vano, puesto que el cónsul inglés, alertado, solicitó el mismo regalo para Jorge IV. Los diplomáticos acordaron quedarse cada uno con una, pero cuál, una era mayor que otra. Lo echaron a suerte. No tardo mucho Drovetti en escribir al ministro francés de Asuntos Exteriores: "Estoy feliz de comunicarle a Su Excelencia que la suerte nos ha sido favorable. Nuestra jirafa es en efecto más fuerte y vigorosa. La que le ha correspondido al Rey de Inglaterra es enfermiza y no vivirá mucho tiempo". Y tuvo razón, la jirafa que llegó a Inglaterra en agosto de 1827 falleció poco  más de un año después (5). La expectativa que despertó la noticia de su consecución entre los administradores del Museo de París, Georges Cuvier y Étienne Geoffroy-Saint-Hilaire fue notable. 

La jirafa con un cornaca sudanés.
No se ahorraron medios para que llegara en perfectas condiciones a París. La pequeña jirafa se alimentaba todavía de leche y se acordó que viajara acompañada de tres vacas que aseguraran el mínimo de 20 a 25 litros de su ración diaria. Drovetti encargó el cuidado de los animales a uno de sus palafreneros y a tres criados sudaneses, y aprovechó la ocasión para completar el transporte zoológico con dos antílopes adax macho y hembra. La jirafa fue embarcada en el bergantín sardo I Due Fratelli con una banda de pergamino alrededor del cuello con pasajes del Corán para que Dios la protegiera de enfermedades y maleficios. Fue ubicada en la bodega, habilitándose una obertura en la cubierta, quitando varias tablas a la altura del palo mayor, para que el largo cuello del animal no permaneciera doblado durante la travesía, y protegida por un toldo. El capitán Stefano Manara recibió del cónsul 4.600 francos por el encargo del traslado. El 23 de octubre de 1826, tras un viaje sin apenas incidencias, arribó el barco al puerto de Marsella. Trámites aduaneros, intercambio de correspondencia y cuarentena, se acordó que se trasladara a París después del invierno, con mejor tiempo. Aquella jirafa y sus acompañantes permanecieron primero en el lazareto y poco después en unos barracones construidos en el patio de la Prefectura de la ciudad. Durante su confinamiento el animal, que media por entonces tres metros con treinta y cinco centímetros, fue dibujado y descrito por los académicos locales -se comprobó que era hembra- y visitado por la totalidad de la nobleza provenzana.

El paso de la jirafa cerca de Arnay-le-Duc (1827) óleo de Jacques-Raymond Brascassat.


Los impacientes administradores del Museo parisino reclamaban ya la real jirafa, y se estudiaba cuál sería el mejor método de transporte, si por mar hasta La Haya, o por río hasta Lyon y después por canales hasta la capital. Mientras se tomaba la decisión el Prefecto, que ya la había casi adoptado y que la mostraba orgulloso a sus ilustres visitas, con el beneplácito de París decidió sacarla a pasear a diario recorriendo algunos kilómetros por las cercanías de Marsella, escoltada por gendarmes que avisaban a cocheros y contenían a curiosos. Durante varios meses miles de paisanos acudieron a diario a admirar el cortejo. Ante tal espectación un tal Polito, propietario de un zoo ambulante, vio una oportunidad de negocio y propuso a los profesores del Museo de París conducir la jirafa hasta la capital. La oferta tentó a los administradores aunque acabaron descartándola por impropia, un animal propiedad del rey no podia desfilar por media Francia en una caravana de feria. Finalmente se acordó que el recorrido de 880 kilómetros se hiciera a pie, realizando cada día una etapa equivalente a su paseo diario. Geoffroy-Saint-Hilaire se trasladó en diligencia a Marsella, para acompañar personalmente al animal hasta París. Decidió un itinerario de cincuenta y cinco etapas, contrató un cochero, mandó coser un impermeable con capucha para la jirafa con el fin de evitarle una eumonía en caso de lluvia, y cambió una de las vacas egipcias, agotada, por otra local. El palafrenero y dos de los sudaneses acompañarían al naturalista -el tercero decidió regresar a su país recibiendo una gratificación de 200 francos-. Youssef Ebein, un mameluco "de buena conducta" exiliado en Marsella trabajaría de intérprete. Además de la jirafa, las tres vacas y el antílope superviviente, también conducirían a París dos muflones obsequio de un noble de la región. 

La jirafa dibujada por Nicolas Huet el Joven en 1827.
La expedición partió de Marsella al alba de un lluvioso 20 de mayo de 1827. Dos gendarmes a caballo dejaban el paso libre deteniendo diligencias, postas, mercaderes y paisanos, y medio kilómetro más allá un brigadier y tres gendarmes también a caballo, seguidos por este orden de las tres vacas -que marcaban el paso- acompañadas de Hassan y Atir, los dos sudaneses, y el mameluco; el naturalista caminaba solo o acompañado ocasionalmente por algún médico o alcalde local; a continuación la jirafa y cuatro sirvientes marselleses -uno se llamaba Barthélémy Chouquet-; y finalmente el carromato con los víveres, los equipajes y a él amarrados el adax y los dos muflones. De vez en cuando un reumático y con problemas de retención urinaria Geoffroy-Saint-Hilaire descansaba compartiendo pescante con el cochero. Realizado el trayecto hasta Lyon según lo previsto, aunque preocupado por la gran afluencia de curiosos a su paso, el naturalista planteó embarcar el cortejo y realizar la segunda parte del trayecto hasta Fointanebleau -donde el animal podría recuperarse para presentar un aspecto impecable ante la corte- por vía fluvial, propuesta que le fue denegada. Durante cinco días los lioneses pudieron admirar aquel extraño animal en la plaza Bellecour. Reemprendido el camino y ya próxima a la capital la comitiva, los parisinos organizaban excursiones para ver la jirafa, entre ellos Stendhal. Finalmente la caravana llegó a París el 30 de junio de 1827, donde a las cinco de la tarde fue recluida en su recinto del Jardín de Plantas. El 7 de julio, tras una semana de descanso durante la cual Geoffroy-Saint-Hilaire aprovechó para acudir al hospital para sondearse, el cortejo ampliado a profesores universitarios orilleó el Sena rumbo al castillo de Saint-Cloud para la recepción real, donde la jirafa comió pétalos de rosa de manos de Carlos X y la reina adornó el largo cuello del animal con una guirnalda de flores.

La jirafa pronto se convirtió en una celebridad. Hasta finales de 1827 uns 600.000 parisinos pagaron para poder admirarla. Algunos incluso dos veces. Un Gustave Flaubert niño viajó con su familia desde Rouen con ese propósito. Se vendieron incluso tiqués con sobreprecio para visitas con atenciones. En uno solo de los accesos al zoo, el del Puente de Austerlitz, se recaudaron en dos meses 13.650 francos-oro. Los cocheros -en un solo día se llegaron a contar hasta cien carruajes aparcados a las puertas- hicieron su agosto. Grabados y dibujos se vendían a las puertas del Jardín de Plantas, poemas, piezas musicales y de teatro dedicadas, tapices y papel pintado, bomboneras y platos de porcelana de Limoges decorados con la figura del animal, incluso se presentó un proyecto de farola de luz de gas con forma de jirafa que acabaría desestimándose. En el vestuario femenino dominaron durante un tiempo los colores jirafa. Con el tiempo el interés del público iría decayendo. En 1828 Mehemet Alí regalaría una tercera jirafa al emperador Francisco I de Austria, que sobreviviría apenas un año en Schönbrunn. En 1835 los naturalistas del Museo fracasaron en su intento de conseguirle pareja. Murió a principios de 1845 a causa de leche contaminada por tuberculosis bovina. 

En el Jardin de Plantas.
Se ordenó disecar. El encargado de realizar el trabajo fue Théodore Poortman de quien no conocemos mucho. Procedente del Museo de Lyon en 1840 se había incorporado a la plantilla del Museo de París, donde tras su llegada había ensayado nuevas técnicas dermoplásticas con mamíferos de menor tamaño. No obstante para esta ocasión optó por el tradicional método de una escultura de madera, para lo que contó con la colaboración de Lassaigne, el ebanista del Museo. La primera jirafa que se montó en la institución fue en 1820, a partir de una piel procedente de la expedición de Le Vaillant, y fue obra de Pierre-Antoine Delalande, también sobre escultura de madera, de igual forma como se habían preparado ya algunos elefantes en el Museo como Hans (1803) o Parkie (1816). A partir de 1860 irían llegando más jirafas al Jardín de Plantas, ejemplares que, conforme fallecían se montaban y repartían entre los museos de Historia Natural del país. En 1931 nuestra jirafa, que mide poco más de cuatro metros, fue trasladada al Museo de La Rochelle, donde permanece. 

Recién llegada a La Rochelle (7).
Algunos autores, como en un principio Gabriel Dardaud, que relató su periplo a mediados del pasado siglo, dieron pávulo a la creencia de que esta fue la jirafa que se envió al Museo de Verdún y que a principios de 1914 sorprendentemente sobrevivió a los bombardeos alemanes de la Primera Guerra Mundial, no así el edificio que la contenía, que quedó ruinoso. Décadas después corregiría. Lo cierto es que el ejemplar de Verdún, que realmente quedó irrecuperable después de las bombas, fue el citado montado por Delalande. Nuestra protagonista no tuvo nombre en vida. Geoffroy-Saint-Hilaire se refería a ella como "el hermoso animal del rey". Michael Allin, autor del libro Zarafa: A Giraffe's True Story (1998), el primero en bautizarla como Zarafa (6). Autores posteriores y el propio Museo de La Rochelle acabaron adoptando el nombre. Los últimos homenajes los recibió nuestra jirafa en 2009 cuando se instaló en Marsella una escultura dedicada, y en 2012 cuando una exitosa película de dibujos animados se inspiró en su historia.


Notas y créditos.-
(1) Afirmación que no es del todo cierta. Hace algunos años un grupo de paleontólogos españoles descubrieron en un yacimiento cercano a Guadix, Granada, restos óseos de jirafas con unos 1'8 millones de años de antigüedad.
(2) En la catedral de Sevilla, junto a la entrada conocida como puerta del lagarto penden una réplica de cocodrilo disecado y tres objetos más, un colmillo de elefante, una brida de jirafa y un bastón de mando. La tradición oral cuenta que en el año 1261 el sultán de Egipto Al-Malec, que pretendía como esposa a Berenguela, hija de Alfonso X el Sabio, entre los regalos que ofreció al rey castellano se encontraban un cocodrilo del Nilo y una jirafa vivos. Cuando murió el cocodrilo al cabo de no mucho tiempo, su piel se rellenó y se colgó en la catedral. Con el tiempo se estropeó y sustituyó por una copia en madera tallada. Se sospecha que la jirafa tampoco sobrevivió mucho tiempo. Además ver nota 6.
(3) Los romanos la bautizaron como Camelopardis, mitad camello mitad leopardo, denominación que se mantuvo en su nombre científico Giraffa camelopardis.
(4) Fotografía de SelbyMay/Wikimedia Commons.
(5) Sería montada por John Gould, disecador real, exponiéndose en la Sociedad Zoológica de Londres a partir de 1830.
(6) Como afirma Thierry Buquet, la denominación camelopardis se vino empleando para la jirafa en los textos latinos. A partir del siglo XIII, es decir, a partir de los ejemplares que recibieron como obsequio los reyes Alfonso X de Castilla y Federico II de Sicilia, aparecen textos con la denominación azorafa en castellano y giraffa en italiano, y a partir del plural del italiano, la francesa girafe o inglesa giraffe, todas ellas derivadas del árabe zarafa o con artículo al-zarafa. Con el tiempo el castellano acabaría también adoptando la denominación girafa o jirafa. No será hasta el Renacimiento cuando se establecerá relación entre giraffa y camelopardis y se describa a la jirafa como un mismo animal.
(7) Imagen propiedad del Museo Nacional de Historia Natural de París.


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Taxidermidades, 2020.

Bibliografía:
Michael Allin   Zarafa: A Giraffe's True Story, from Deep in Africa to the Heart of Paris , Londres, Headline Book Publishing y Walker and Company, Londres y Nueva York, 1998.
Thierry Buquet  La giraffe, belle inconnue des bibles médiévales. Camelopardis: un animal philologique , en Anthropozoologica, 43 (2), Publications Scientifiques du Muséum, París, 2008.
Gabriel Dardaud  L'extraordinaire aventure de la girafe du Pacha d'Egypte , en Revue des conferences françaises en Orient , año 15, nº 1, El Cairo y Alejandría, enero de 1951.
Gabriel Dardaud  Une girafe pour le roi , Dumerchez, Creil, 1985.

Recursos:
Artículo El Museo Nacional de Historia Natural de París en Taxidermidades.
Artículo "Tableau du Préparateur de Zoologie" en Taxidermidades, con información sobre Théodore Poortman.
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