Relatos cortos de taxidermistas. Primera entrega.





Perdí un ojo. ¿En qué demonios pensaba cuando situé el armario clasificador sobre el montón de viruta?

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-¿Podría enviarme un taxi a la calle Mayor número 15?
-Descuide, en cinco minutos estoy ahí -respond el taxidermista antes de colgar el teléfono-.

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Aquella semana llegaba a su fin y sorprendentemente ningún cliente le había preguntado si realmente vivía de eso.

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Lo mató la cornamenta de un ciervo. Segundos antes de expirar acertó a balbucear ¡jodida escarpia!.

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Inevitable. La mirada serena de aquella cabeza de muflón le evocaba a La Gioconda.

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¡Menuda decepción! El taxidermista de la película no era sospechoso.

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Nadie me cree. Tras pintarle el hocico me guiñó un ojo.

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¡Tonta la última!, gritó la pulga antes de saltar desde el zorro muerto hasta la pierna del taxidermista.

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Escuchó la noticia por la radio.
- ¡Mierda! -exclamó el taxidermista mientras terminaba aquellas cabezas-.
Aquel año le había traído cinco, y el anterior tres.
- ¡Podían haberse esperado una semana!
Los gendarmes acababan de detener a su cliente por ocultar un alijo de hachís en su granja de jabalíes.

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-Otro con la socorrida bromita de colgar los cuernos sobre la cabecera de su cama -pensó el taxidermista cuando marchó el cliente tras recoger los suyos-, ¡Vaya falta de imaginación! 



Fotograma de El hombre que sabía demasiado (1955) de Alfred Hitchcok (Universal Pictures).


Nota.-
La mayoría de las historias anteriores se inspiran en hechos reales, todas menos dos. Invito al lector a acertar cuáles no.
La respuesta la encontrará situando el ratón aquí.



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Taxidermidades, 2016.