Sirenas, criaturas legendarias y "reales". La "Sirena de Fiji".

Mermaid, óleo de J. W. Waterhouse (1901).
Durante el Imperio Medio Asirio, antes del año 1000 a.C., la deidad Atargatis se representaba como un pez con cabeza y cuerpo y brazos de mujer. Se le consagraban los peces, se le rendía culto en templos que tenían estanques, y representaba las fuerzas fecundas de la naturaleza. Su antagonista masculino asirio era Dagan, protector de los cultivos e inventor del arado. En la antigua Grecia Atargatis era conocida con el nombre de Derceto. Según escribió Diodoro Sículo (siglo I a.C.), Derceto ofendió a la diosa Venus, que le inspiró al amor hacia un pastor, cuyo fruto fue una niña llamada Semíramis que llegaría a gobernar Babilonia. Tras nacer su hija por obra de Venus, Derceto la abandonó, mandó matar al pastor que había amado, y se arrojó al mar con intención de morir, algo que los dioses impidieron dándole naturaleza anfibia. Por su parte Dagón en el pueblo filisteo y fenicio era el dios del mar.

La etimología del nombre de Sirena no es clara. Parece que proviene del griego antiguo σείριος, seirios, que significa ardiente o cálido, o bien de σειρά, seirá, que significa cuerda o atadura. Por combinación de ambas tenemos a unos seres ardientes que con sus cantos y hechizos encadenaban a quienes las oían. En la Antigua Grecia se representaban con cabeza y cuerpo de mujer y cuerpo de ave y estaban ligadas al mundo de los muertos. Los griegos y más tarde los romanos las ubicaron en un lugar próximo a la isla de Capri. El primer testimonio escrito alusivo a estas ninfas aparece en el canto XII de la Odisea de Homero (s. VIII a.C.), cuyo protagonista Ulises, durante su travesía, advertido por la maga Circe, ordenó a los miembros de su tripulación que se taponaran los oídos con cera mientras que él, deseoso de escucharlas, se mandó atar de pies y manos a un mástil para no verse tentado de arrojarse al mar. Segun la leyenda después de aquel fracaso una de las sirenas se tuvo que sacrificar, fue Partépone, cuyo cadáver fue arrastrado por las olas hasta la orilla, donde fue enterrada y donde, según se cuenta, en torno a su sepulcro se fundó la ciudad italiana de Nápoles. Apolonio de Rodas (295-215 a.C.) en su Viaje de los Argonautas reseña que éstos superaron la isla Antemóesa gracias a que Orfeo con su lira eclipsó los cantos de las sirenas.

La diosa Atargatis en el reverso de una moneda
 (1).
Según escribió el romano Virgilio (70 a.C.-19 a.C.) en la Eneida, y poco después el también poeta romano Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) en su Metamorfosis, la "Isla de las Sirenas" eran tres islotes rocosos habitados por las sirenas de la mitología griega, que con su música y su voz -en realidad lamentos por no haber intentado evitar el rapto de Parséfone, hija de Zeus y Deméter, por Hades-  atraían a los marineros hasta conducirlos a la muerte.  El escritor hispano latino Cayo Julio Higino (64 a.C.-17 d.C.) en su fábula 141 atribuye a la diosa Deméter la conversión de las ninfas en sirenas como castigo por no haber velado por su hija. El geógrafo e historiador griego Pausanias (siglo II) en Beocia (libro IX) narra que las sirenas perdieron sus plumas como castigo por haber retado a las musas a una competición de canto, que perdieron.

Carlos García Gual (1997) escribe en su Diccionario de Mitos que con el tiempo las sirenas se hicieron "más y más marinas, de modo que perdieron sus alas y trocaron su cuerpo de pájaro por uno de pez de larga cola. Las más antiguas representaciones de Sirenas con cola de pez aparecen en relieves y pinturas helenísticos, casi al final de la antigüedad (en una copa ática de los siglos III-II a J.C. y en una lamparilla romana)."

En el siglo IV la irrupción del Cristianismo acabó con las creencias mitológicas, entre ellas las sirenas, aunque se colaron en la versión vulgata de la Biblia (382 d.C.), "Y entre las ruinas de sus palacios resonarán los ecos de los búhos, y cantarán las sirenas en aquellos lugares que fueron consagrados al deleite. (Isaias 13:22)", todo un símbolo a las tentaciones mundanas que se siguió representando durante la Edad Media en el arte cristiano. 

Sin embargo, a pesar de tratarse de criaturas de leyenda, los testimonios de marinos y viajeros contribuyeron a creer en ellas. Uno destacable lo aportó el almirante Cristóbal Colón que, según la transcripción de Fray Bartolomé de las Casas, en el Diario de a bordo de su Primer Viaje (1492-93) llegó a escribir: "El día pasado, cuando el Almirante iba al río del Oro, dijo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo que otras veces vio algunas en Guinea, en la costa de la Manegueta". Pero se conocen otras muchas historias. Se cuenta que en 1403 se pescó una sirena cerca de Edam, en la provincia de Holanda del Norte, que vivió en tierra durante años, que vestía como una mujer, que no hablaba, y que cuando pasaba ante un crucifijo hacía reverencias con la cola. En 1531 se pescó otra sirena en el Báltico que se envió como regalo al rey Segismundo de Polonia y que solamente vivió tres días, tiempo suficiente como para convertirse en símbolo de la ciudad de Varsovia. Según la etimología popular, el nombre de Varsovia proviene de un pobre pescador llamado Wars y de su mujer, una sirena llamada Sawe. En 1560 unos jesuítas que se encontraban pescando en Ceilán atraparon siete tritones y una sirena, algunos de los cuales fueron diseccionados por un médico apedillado Bózquez. Según cuenta el religioso e historiador inglés Samuel Purchas (1577?-1626) en su obra Peregrinaje, una "piel de sirena" se mostraba en Thora, puerto del Mar Rojo. Una sirena disecada colgaba del techo en el templo de Swartvale, Holanda. Sirenas similares recorrieron Inglaterra en 1737, en 1774-75 y en 1812. Los exploradores ingleses del siglo XVII Henry Hudson y Richard Whitbourne dieron testimonio de haberlas visto. La sirena de la Isla de Ambon, Molucas, fue descrita en 1718 por el holandés Samuel Fallours. Los testimonios que afirman haber visto sirenas son muy numerosos y la inmensa mayoría de ellos corresponden a avistamientos de manatíes o dugongos. 

Además se tiene constancia de que los restos de sirenas eran habituales en los gabinetes de curiosidades del Renacimiento y del Barroco. Un ejemplo de ello se da en el gabinete de Manfredo Settala (1600-1680), donde se mostraba una dentadura de "Lamia", que era como también se denominaba a estas criaturas. El médico anatomista danés Thomas Bartholin (1616-1680) tenía en su museo un diente de "Sirena danica". En 1749 se pescó una en Nyköping, Suecia. Carl von Linné escribió que de confirmarse, aquel especímen significaría un gran avance en la Historia Natural, pero poco antes de partir le llegaron noticias de que se trataba de una farsa. No obstante la décima edición de su Systema Naturae mencionaba una sirena capturada en Brasil que se conservaba en el Museo de Leiden, en los Países Bajos.

Grabado encargado por P. T. Barnum para promocionar la Sirena de Fiji en Nueva York (2).

Como seres mitológicos, las sirenas aparecen en multitud de culturas. En algunos cuentos tradicionales chinos, las lágrimas de las sirenas se convertían en perlas, y además confeccionaban un bello tejido, ligero y transparente, lo que las convertía en objetivo de los pescadores, que sucumbían al oír su canto. En otros relatos las sirenas aparecían como unas criaturas maravillosas y estaba mal visto que alguien intentara capturarlas. En el folklore de las Islas Británicas las sirenas, además de vivir también en lagos y ríos, presagian mala suerte. En Escocia Ceasg, la "doncella de las olas", concede tres deseos a quien la atrapa y la devuelve al agua, siempre que no se enamore de ella, en cuyo caso lo arrastraría consigo a las profundidades; o bien las selkies, que eran unas hadas marinas con apariencia de foca, que al llegar a tierra se despojaban de su piel y se convertían en mujer. Muy similares a las selkies eran los merrows irlandeses, que podían ser machos o hembras, éstas últimas muy superiores en número. En Gales se cuenta la leyenda de la princesa Dahud que se transformó en sirena, o la de Murgen, la "mujer que viene del mar", que llegó a figurar en algunos almanaques como una santa. 

En España también contamos con algunas de estas leyendas. La Sirenuca cántabra, que antes de sirena fue humana, es una benevolente ondina que alerta a los marineros con sus cantos cuando éstos se acercan demasiado a los acantilados. En el País Vasco las Itsaslaminak, las "Lamias de Mar" pueden ser dominadas si se les consigue robar su peine de oro, del que dependen totalmente, aunque ello las enfurece de tal manera que intentan ahogar al ladrón atrayendo el mal tiempo. En contadas ocasiones las Itsaslaminak se pueden llegar a enamorar apasionadamente de marineros. En Garrovillas y Usagre, pueblos de Extremadura, también se cuentan leyendas locales protagonizadas por sirenas de agua dulce. 

La sirena, símbolo de Dinamarca, está inspirada en el cuento La Sirenita (1837) que escribiera Hans Christian Andersen. La aparición de estos seres en la literatura es bastante recurrente. En El sueño de una noche de verano de William Shakespeare Oberon pregunta a Robin: "¿Recuerdas que una vez, sentado en un promontorio, oí una sirena montada en un delfín entonar tan dulces y armoniosas melodías que el rudo mar se volvió amable con su canto y algunas estrellas saltaron locas de su esfera oyendo a la ninfa de los mares?". Iconográficamente, una de las sirenas más famosas es la que pintó en 1901 John William Waterhouse, que se reproduce en el encabezamiento de este artículo. 


La Sirena de Fiji. 

La sirena, personaje legendario, no obstante llegó a hacerse realidad en varias ocasiones. Quizá la historia más literaria sea la de la conocida como Sirena de Fiji. Nos trasladamos pues a 1822, donde la exhibición en el café Turf de una sirena disecada causó bastante revuelo en la ciudad de Londres. Durante el otoño de aquel año pudo verse en el número 39 de Saint James Street, de lunes a sábado, y previa pago de un chelín. Aquella sirena tenía escamas y aletas de pescado en su mitad inferior, pelo en su mitad superior, con los senos colgando, la boca abierta dejando los dientes al descubierto, la mano derecha contra la mejilla derecha y la mano izquierda bajo la mandíbula izquierda. En los periódicos habían aparecido anuncios ilustrados dando aviso del acontecimiento. Cada día entre trescientas y cuatrocientas personas pasaban por caja. La sirena, que se presentaba erguida en el interior de un fanal de cristal, estaba custodiada por el capitán norteamericano, natural de Boston, Samuel Barrett Eades, el propietario de la pieza, y un asistente. Incluso algún periódico como el Gentelman's Magazine del mes de octubre publicó un artículo donde un tal doctor Rees Price certificaba la autenticidad de la pieza y declaraba la sirena como una nueva especie. 

Cartel de George Cruikshank para la exposición de  La Sirena en Londres en 1822.

Eades estaba tan convencido de que su sirena era real que nada más llegar a Londres, antes de abrir la exposición al público, contactó con el prestigioso anatomista, cirujano y miembro de la Royal Society, Everard Home, para que certificara la pieza como cierta. El trato entre ambos contemplaba que Home tendría la exclusiva a la hora de escribir artículos científicos sobre aquel espécimen, ello a cambio de una cláusula de confidencialidad. Everard Home mandó a uno de sus asistentes, el también anatomista, naturalista y zoológo práctico William Clift. El informe manuscrito con dibujos que hizo Clift, que se conserva en el Royal College of Surgeons, describía minuciosamente la pieza: medía 86 centímetros, tenía el color del café, la cabeza y el torso pertenecían a un orangután hembra adulto, y la mandíbula era de mandril, la piel de la cara estaba unida al resto de la piel por encima de los ojos y de la nariz, la nariz y las orejas habían sido modeladas con pliegues de piel, los ojos eran artificiales, los huesos de los brazos habían sido serrados para guardar las proporciones, las uñas eran postizas, los pechos tenían algún relleno y ocultaban la unión con la cola; el cuerpo de pez era de alguno mayor que un salmón y estaba cortado justo por detrás de las agallas. Posiblemente Everhard Home también observara aquella quimera antes de comunicarle a Eades que su sirena no era más que un engaño. Home, cumplió con su parte del trato y guardó silencio. Ya con la exposición abierta, como se ha comentado, otros naturalistas certificarían la autenticidad de la pieza. Eades envanecido, cometió el error de incluir en sus inserciones publicitarias en los periódicos y también en los carteles que el anatomista Home había acreditado la sirena como genuina, hecho que enfureció al médico que mandó escribir un artículo a su discípulo William Clift, que se publicó en The Morning Herald, donde se denunciaba tanto aquella superchería como a su propietario.

Notas de William Clift sobre la Sirena del capitán Eades conservado en el Royal College of Surgeons de Londres.

En diciembre, John Murray, miembro de la Linnean Society of London, también publicó un artículo devastador en el Gentelman's Magazine, en el que mostraba su sorpresa, no ya de que el "pueblo ignorante" hubiera acudido en masa a ver aquella sirena, sino por el hecho de que "hombres juiciosos" la declararan como verdadera. El texto de Murray incluía el testimonio de un amigo suyo, el doctor Morrison, que afirmaba que en sus viajes había podido comprobar que "las tribus amarillas" eran muy dadas a fabricar falsificaciones de sirenas para engañar a los europeos. La afluencia de visitantes a la exposición comenzó a menguar,  ya llevaba abierta cuatro meses, el debate en los periódicos la había desacreditado y los londinenses, el "pueblo ignorante", empezó a ver aquella sirena como lo que era. El capitán Eades encargó a otro naturalista la redacción de un nuevo panfleto, más extenso y erudito, un extracto del cual apareció en el Gentelman's del mes de diciembre, donde también se advertía de que la sirena saldría pronto del país, alentando a quienes aún no la hubieran visto a que acudieran antes de su marcha. Aquel llamamiento no surgió el efecto deseado.

¿Cómo llegó la sirena a Londres? Los hechos fueron del siguiente modo. Eades navegaba por aguas de las Indias Orientales Neerlandesas, la actual Indonesia, cuando se vio abligado a socorrer y salvar a los marineros de un barco holandés que se encontraba a la deriva. Esperanzado en obtener una buena recompensa, puso rumbo a Batavia, la actual Yakarta. Durante el tiempo que Eades permaneció en Batavia negociando su hipotética recompensa, se sintió tentado por una sirena disecada que exhibían unos mercaderes holandeses, que la habían comprado a un pescador japonés "desconocedor del valor de aquella maravilla que habían atrapado sus redes". Los avispados mercaderes tasaron aquella extraordinaria pieza en unos 5.000 ducados españoles, realmente una fortuna. Eades mordió el anzuelo y, convencido de la autenticidad de aquella sirena, comenzó a pensar en comprarla con la gratificación que esperaba obtener en pocos días y a lucubrar con que con su exitosa exhibición en Occidente se enriquecería. El capitán no recibió su premio, pero decidió comprar aquel objeto.

El principio de esa historia aparece recogida en la obra del médico y botánico alemán Philipp Franz von Siebold Manners and Customs of the Japanese, in the Nineteenth Century, publicada en Londres en 1841: 
   "Otro pescador japonés demostró igualmente su ingeniosidad, aunque quizá de una forma menos honorable que Kiyemon, pero útil para lograr el propósito de hacer dinero, gracias a la pasión de sus compatriotas por todo lo raro y extraño. Se las arregló para unir la mitad superior de un mono a la mitad inferior de un pez tan bien como para desafiar una inspección ordinaria. Luego explicaba que había capturado la criatura viva con su red, que había muerto al poco de sacarla del agua, lo que le proporcionaba un considerable beneficio económico derivado de su artería. La exposición del monstruo marino a la curiosidad japonesa está bien pagada; pero fue más productiva aún la afirmación de que aquel medio pez medio ser humano, poco después de salir de su elemento natural, había pronosticado un cierto número de años de maravillosa fertililidad y otros de una funesta epidemia, cuyo único remedio para éstos últimos sería la posesión de un retrato de la profeta marina. La venta de imágenes de estas sirenas fue inmensa. Y este animal compuesto, u otro, descenciente del éxito de aquel primero, fue vendido a comerciantes holandeses, que lo enviaron a Batavia donde cayó en manos de un especulador americano, que lo trajo a Europa, y aquí, durante los años 1822-23, exhibió su compra como si se tratara de una verdadera sirena, en todas las capitales, para admiración del ignorante, perplejidad de los sabios, y colmo de su propio bolsillo." 

Ningyo por  Konjaku Hyakki Shui (1780).
No obstante el testimonio de Siebold, un personaje que vivió siete años en Japón, lo cierto es que aquellas sirenas disecadas se trataban de representaciones del Ningyo o "pez humano", una leyenda popular nipona. El Ningyo se describía como un mono con dientecillos y cola de pez cuyas escamas eran doradas y brillantes y una voz dulce como la de una alondra o la de una flauta. Se contaba que su carne tenía un agradable sabor y que quien la comiera alcanzaba una notable longevidad, pero que su captura atraía las tormentas y las desgracias, por lo que si se capturaba uno debía devolverse de inmediato al mar. Un Ningyo varado en la playa era signo de guerra o calamidad. Es además protagonista de uno de los cuentos más populares de Japón, el Yao Bikuni. Durante la Era Edo en Japón (1630-1867) era frecuente que algunos feriantes mostrasen misemono, "cosas falsas". Los pescadores japoneses, para incrementar sus exiguos ingresos, empezaron a confeccionar las yokai o "criaturas sobrenaturales" destinadas a espectáculos de feria. Al intensificarse el comercio durante el siglo XVIII, y sobre todo durante el XIX, empezaron a llegar a Occidente sirenas como aquella de la que Eades se enamoró. 

A pesar también de lo que afirmaba Siebold, aquella compra le salió muy cara al bueno de Eades. Samuel Barrett Eades, que trabajaba para la comisionista Perkins and Co. de Boston, capitaneaba el barco mercante Pickering del que era propietario de tan solo una octava parte. Para poder pagar los 5.000 ducados que los holandeses pedían por la sirena, a Eades no se le ocurrió otra cosa que vender el barco. Lo hizo con carga incluída y sin permiso del socio mayoritario. Pensaba que exponiendo la pieza en Londres recuperaría con creces aquella inversión. Se embarcó rumbo a la capital inglesa en otra nave. Durante el trayecto hizo escala en Ciudad del Cabo donde expuso su sirena para empezar a recaudar fondos, y donde causó un buen revuelo. Un misionero escribió una carta, que se publicó en el London Philantropic Gazette, y más tarde en el Gentelman's Gazette y otros periódicos londinenses, en la que describía la sirena al detalle y aseguraba no dudar de su autenticidad. El capitán Eudes navegó durante veinte años para intentar devolver la deuda originada por la compra de su sirena, algo que no consiguió.Aquella fue una buena e inesperada publicidad que contribuyó a levantar la expectación en la metrópoli. El capitán Eades arribó a Londres en septiembre de 1822. Los funcionarios de aduanas, quizá los mismos funcionarios que le causaran problemas a Charles Waterton por aquella época, le confiscaron al marino durante unas semanas su precioso tesoro, a la espera de saber si aquel curioso objeto estaba sujeto o no al pago de aranceles. Cuando los celosos aduaneros le devolvieron la sirena, Eades mandó un anuncio a los periódicos demandando un local donde exponerla. El señor Watson, propietario del café Turf, le alquiló una sala adiacente acordando un suplemento extraordinario por el desgaste que sufrirían las alfombras a causa del esperado trasiego. Los siguientes pasos fueron encargar al conocido ilustrador George Cruikshank que dibujara un cartel, e inaugurar la exposición. Entre la muchedumbre que desembolsó su chelín se encontraba el socio armador del Pickering, Stephen Ellery, que se presentó en el café, no para admirar la sirena, sino para exigirle a Eades su correspondiente parte por la venta del barco. El capitán no sólo se la negó sino que tampoco le hizo partícipe de las ganancias que estaba generando la exposición. El 20 de noviembre Ellery demandó a Eudes ante el Tribunal de la Cancillería con el fin de evitar que el capitán marchara del país o vendiera la sirena. El lord canciller responsable del tribunal falló que el capitán Eudes no podía disponer de la sirena sin su permiso. Eades, que fue condenado por los tribunales a enjugar su deuda, ante la imposibilidad de saldarla, se vio obligado a seguir trabajando con parte del sueldo embargado. El marino navegó durante veinte años más sin conseguir liquidarla. Como escribía Siebold posiblemente expusiera su sirena en otras ciudades. Cuando falleció Eades, su hijo heredó la sirena, que malvendió al artista y negociante Moses Kimball, fundador en 1841 del Museo de Boston. 

Grabado aparecido en un dominical de Nueva York representando unas seductoras ninfas (2).

En julio del año 1842, un tal doctor J. Griffin, un ciudadano inglés que se presentaba como miembro del Liceo Británico de Historia Natural de Londres llegó a la ciudad de Nueva York con un objeto que despertó una inusitada curiosidad. Se trataba de una sirena real que decía, había capturado en el Pacífico Sur, en un lugar cercano a las Islas Fiji. Semanas antes, el New York Herald había recibido una comunicación fechada en Montgomery, Alabama, donde entre otras novedades se refería, casi de pasada, a que en Pernambuco, Brasil, se había visto al tal doctor Griffin, describiéndole tanto a él como a su sirena. Diez días más tarde otro periódico de Nueva York recibió una comunicación similar desde Charleston, Carolina del Sur. Y poco después llegó otra más enviada desde Washington. También se recibieron noticias desde Filadelfia donde la prensa de aquella ciudad había podido ver la ninfa. Así pues, tras su llegada al hotel Pacific de Greenwich Street los reporteros neoyorkinos no tardaron mucho en localizar a Griffin, a quien insistieron para que mostrase la sirena, lo que hizo supuestamente a regañadientes. En 1842 la exposición en Nueva York de la Sirena de Fiji constituyó todo un acontecimiento.Los periodistas avalaron la autenticidad de aquella criatura. Al cabo de unos días, tras la llegada de Griffin a Nueva York, el hombre de negocios y más tarde empresario circense Phineas Taylor Barnum recorrió las redacciones del New York Herald y de un par de periódicos dominicales explicando que había tratado de convencer al tal señor Griffin para que expusiese su Sirena de Fiji, como ya se la comenzaba a conocer, en el museo que llevaba su nombre, un negocio que había inaugurado un año antes y que estaba situado en la esquina de Broadway con Ann Street, en Nueva York. Barnum contó a los periodistas que a Griffin no le atraía la idea de mostrar en público su sirena y mostró unos documentos y una xilografía de una bella sirena con el pecho descubierto. El domingo 17 de julio de 1842 los tres periódicos publicaron la historia ilustrándola con grabados distintos, dándose la circunstancia de que cada periódico creía que la publicaba en exclusiva. Simultáneamente, Barnum distribuyó unos diez mil folletos por toda la ciudad, en la que aparecían aquellas seductoras criaturas desnudas. Aquellos folletos se vendieron a las puertas de hoteles y almacenes al precio de un penique. La enorme expectación creada consiguió su objetivo. Los ciudadanos de Nueva York discutían acerca de la veracidad o no de la Sirena de Fiji y empezaron a sentir el deseo de verla y comprobarlo por si mismos. Ante la insistencia de Barnum el doctor Griffin finalmente accedería a exponerla durante una semana en el Concert Hall, entre el lunes 8 y el sábado 13 de agosto, junto a otros animales curiosos de su colección como un ornitorrinco, un par de peces voladores, una serpiente de cola plana, una sirena mayor (3) y un proteo. Los periódicos publicaron el siguiente anuncio: 

Anuncio de la exposición de la Sirena de Fiji en el Concert Hall de Broadway Street (2).

La afluencia de público fue grande. El precio de la entrada, 25 centavos. La exposición contó con una conferencia del doctor Griffin en la que el personaje explicó sus andanzas como explorador y en la que expuso sus particulares teorías sobre Historia Natural. El principal argumento de éstas últimas venía a afirmar que las sirenas existían puesto que todos los seres vivos terrestres tenían su par en el océano, a saber, los caballos de mar, los leones marinos, los lobos de mar..., así pues, también existían los seres humanos marinos. La prensa siguió haciéndose eco de todo ello. Concluída aquella primera semana Griffin aceptó la propuesta de Barnum para que la Sirena de Fiji permaneciera en Nueva York. El acuerdo entre ambos contemplaba que la sirena se mostraría durante un mes y sin cargo en el Barnum's American Museum, una combinación de museo, zoológico, museo de cera, sala de conferencias, teatro y freak show o espectáculo de fenómenos. El éxito fue tan grande que incluso el museo rival, el Bennett's Museum, encargó otra sirena a un experimentado taxidermista local.

La prensa de Filadelfia admirando la Sirena de Fiji del doctor Griffin (2).

Durante aquel mes el público acudió en gran número, pero lógicamente la asistencia decrecía conforme transcurrían los días. Finalizada la exposición, Barnum confió a su tío Alanson Taylor la responsabilidad de la gira que la Sirena de Fiji  iniciaría de inmediato por varios estados sureños de los Estados Unidos. A su llegada a Carolina del Sur dos periódicos locales, el Charleston Courier y el Charleston Mercury se enzarzaron en una discusión sobre la autenticidad o no de aquel objeto. El editor del Courier manifestó su opinión de que aquel ser era real, mientras que el reverendo John Bachman, naturalista aficionado, escribió en el Mercury que aquello era una farsa creada por los yanquis. Aquella discusión se agrió y se cuenta que casi terminó en duelo de no ser por la intercesión de amigos comunes. La Sirena de Fiji canceló su gira y emprendió el camino de vuelta a Nueva York.

Retrato de P. T. Barnum hacia 1860.
¿Cuál es la verdadera historia de la Sirena de Fiji? En buena parte la conocemos de primera mano gracias a la autobiografía que Phineas Taylor Barnum, gran embaucador, algo que él mismo reconocía sin pudor, publicó en 1855. Moses Kimball había comprado en 1841 a buen precio la sirena falsa al hijo del capitán Eades. Al año siguiente Kimball viajó hasta Nueva York para conocer a Barnum, puesto que ambos, como hemos adelantado, se dedicaban al mismo negocio. El de Boston llevó consigo una caja que contenía aquella sirena que había comprado meses antes. Efectivamente, ambos acordaron el 18 de junio de 1842 sacar provecho económico de aquel objeto. Kimball seguiría siendo el propietario y se establecía un alquiler de doce dólares y medio a la semana (4). Barnum bautizó aquel engendro con el nombre de Sirena de Fiji. Tanto Kimball como Barnum sabían que aquella sirena era falsa, un buen trabajo de parataxidermia. Barnum incluso consultó a un naturalista para asegurarse de que aquello no era auténtico. El resultado del informe no consiguió amedrentarlo. Su olfato le indicaba que allí había negocio. No importaba que la sirena fuera fraudulenta si se podía hacer creer al público que era auténtica. Así pues, contrató a un falso naturalista, el que hemos conocido como doctor Griffin, como fedatario de su autenticidad, inició una campaña en los periódicos previa a la llegada del tal Griffin a Nueva York, consiguió colocar imágenes de bellas sirenas de largos cabellos y con el pecho desnudo en un buen número de periódicos consiguiendo despertar el interés de la población para ver a aquella agraciada curiosidad. Además mandó al falso naturalista que se registrara con el nombre de Griffin en hoteles de las ciudades desde donde se habían mandado comunicaciones a los periódicos neoyorkinos. No sólo los de Nueva York, la prensa de Filadelfia también se hizo eco de la noticia. Griffin estuvo varios días registrado en un hotel de Filadelfia donde, en señal de agradecimiento enseñó su sirena al director del hotel, y éste, a su vez, le pidió que se la enseñara a algunos amigos suyos, casualmente editores de periódicos.

La Sirena de Fiji (2).
El nombre real del falso doctor Griffin era Levi Lyman, un empleado de Barnum que era abogado y no era inglés. Tampoco existía ninguna institución denominada Liceo Británico de Historia Natural. El público que acudía a admirar la sirena salía decepcionado. No veían el medio cuerpo de aquella mujer hermosa que reflejaban las ilustraciones sino que, como escribió el redactor del Charleston Courier, contemplaban "la encarnación misma de la fealdad". En su autobiografía Barnum describió a la sirena así: "El animal era feo, reseco, una mirada negra, un especímen diminuto, de unos tres pies de longitud. Tenía la boca abierta, la cola vuelta, y los brazos levantados, dándole la apariencia de que había muerto entre grandes sufrimientos". Barnum también reproducía en su libro el fragmento del de Siebold y contaba que había visto "especímenes más pequeños que  pretendían ser sirenas, pero menos elaborados" en otros museos, creía que también habían sido fabricados en Japón, que había uno en la colección Peale de Filadelfia que adquirió y otro en el Museo Real de Antiguedades Indias de la Haya, en los Países Bajos. Barnum escribió que aquellos diez mil folletos publicitarios se vendieron "a mitad de coste", que Levi Lyman "hizo su papel con dignidad", relataba algunas de las anécdotas que protagonizó el doctor Griffin, y daba noticia de que Lyman se había convertido en un destacado mormón, y que más tarde se trasladó a Nauvoo (5), donde falleció. Barnum afirmaba que "la sirena se exhibió en varios lugares del país", que la devolvió a su propietario, y que éste la ubicó en "un lugar prominente en su hermoso y atractivo Museo de Boston", donde estuvo hasta el 31 de marzo de 1855, puesto que a partir del día siguiente se volvería a exponer en el Barnum's American Museum de Nueva York hasta el 2 de enero de 1856, fecha en que retornó de nuevo a manos de Kimball. Se tiene constancia, por anuncios publicados por el Museo de Boston, que la Sirena de Fiji se exponía allí en 1850, junto a momias egipcias y peruanas, elefantes y orangutanes, un ornitorrinco, y "una inmensa colección de aves, bestias, peces, insectos y reptiles". Es el último lugar donde está acreditado que se expuso. El museo de Kimball, también bastante multidisciplinar, puesto que era teatro, museo de Historia Natural, museo de cera, zoo y museo de arte, se incendió en la década de 1880, siniestro que posiblemente destruyera la Sirena de Fiji original.

El Barum's American Museum de Nueva York en 1853.

Preparando este texto he leído que Barnum mostró la Sirena de Fiji durante una gira en Londres en 1859, pero cuatro años antes el empresario ya había publicado su biografía y él mismo había descubierto su pufo. Es poco probable que, si mostró alguna sirena, fuera la de Kimball. También hay quien defiende que la Sirena de Fiji se perdió en un incencio en el Barnum's Museum en 1860, uno de los varios que padeció, pero desde 1856 la original se encontraba en Boston, aunque desconocemos si volvió a salir temporalmente. El Museo Peabody de Arqueología y Etnología de la Universidad de Harvard posee una sirena que, según sus registros, se salvó del incendio del Museo de Boston de 1880 y que fue donada por los herederos de Kimball. No obstante, basta con observar las fotografías para comprobar que no se trata de la auténtica Sirena de Fiji, puesto que tanto la posición como la apariencia de ésta es notablemente distinta a la original. Posiblemente el Museo Peabody fuera engañado para que aceptase la sirena como si se tratara de la legítima. El mismo Peabody expone en la actualidad una segunda sirena creada en 1842, en pleno éxito de la Sirena de Fiji, por el taxidermista de Filadelfia William McGuigan. A partir de aquel fraude urdido por el polémico P. T. Barnum, autor asimismo del libro Art of Money Getting (1880), el Arte de hacer millones, proliferaron por todo el mundo Sirenas de Fiji, que es como ya comenzaron a conocerse genéricamente la mayoría de las falsas sirenas. 

El Boston Museum de Moses Kimball.
También en Londres aparecieron sirenas falsas después de aquella exposición de 1822 en el café Turf. Se tienen noticias de al menos tres sirenas alrededor de 1850. En 1881 se expuso una en Nueva Orleans y alrededor de 1900 otra en  el Musée Stracké de Ostende. Jan Bodeson, cuyo libro La Sirena de Fiji y otros ensayos de Historia Natural y no natural es de lectura imprescindible, afirma que durante tiempo las sirenas falsas decoraban bares y hoteles en las ciudades portuarias mediterráneas. Más recientemente, en 1961, el British Museum expuso otra, propiedad del zoólogo Alister Hardy, que afirmaba que quizá pudiera tener 300 años puesto que "llevaba generaciones con la familia", y en 1990 el mismo museo expuso dos más. En la actualidad en el Royal Pavilion Museum de Brighton se puede admirar una. La lista sería larga. 

Aquella no fue la primera ni sería la última ocasión en que Barnum manipuló con el objetivo de hacer negocio. En su autobiografía escribió no sin cierta desfachatez:
   "Que una característica de esta señora es que era atractiva se infiere de los datos y de las cifras: los ingresos del Museo Americano las cuatro semanas previas a la exposición de la sirena fueron de 1.272 dólares. Durante las cuatro primeras semanas de exposición de la sirena los ingresos ascendieron a 3.341,93 dólares".
Barnum en estado puro.


Notas y créditos.- 
(1) Moneda de Demetrio III Eucarios (?-88 a.C.), gobernador del Imperio seléucida.
(2) Ilustraciones incluídas en el libro autobiográfico de P. T. Barnum publicado en 1855.
(3) Anfibio urodelo que puede alcanzar un metro de longitud.
(4) Los negocios entre Barnum y Kimball proseguirían, por ejemplo en 1843 compraron por 7.000 dólares el museo de Historia Natural del pintor y naturalista de Filadelfia Charles Wilson Peale.
(5) Nauvoo, Illinois, es una ciudad fundada por los mormones en 1839. 


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Taxidermidades, 2015.


Bibliografia: 
Phineas Taylor Barnum  Life of P. T. Barnum , Sampson Low, Son and Co., Londres, 1855. 
Jan Bodeson   La Sirena de Fiji y otros ensayos de Historia Natural y no natural , Siglo XXI Editores, México, 2000. 
Carlos García Gual   Diccionario de Mitos , Editorial Planeta, Barcelona, 1997.
Philipp Franz von Siebold   Manners and Customs of the Japanese, in the Nineteenth Century , John Murray, Londres, 1841.

Recursos: 
Artículo El Museo Stracké de Historia Natural de Ostende (1897-1914) en Taxidermidades.
Artículo "Jumbo", el "rey de los elefantes" en Taxidermidades, sobre el elefante propiedad de P. T. Barnum.