"Jumbo", el "rey de los elefantes".

Jumbo y su cuidador Mathew Scott.

Jumbo tenía dos años de edad cuando fue capturado en las llanuras de la actual Etiopía en 1861. Llegó a Europa de la mano del comerciante alemán de animales Johann Schmidt que lo vendió a la Ménagerie del Jardin de Plantas de París. En 1865 el zoo parisino lo intercambió por un rinoceronte indio con la Real Sociedad Zoológica de Londres. Su cuidador en el Regent Park fue Matthew Scott, que más tarde describiría el estado en el que lo encontró como "simplemente inmundo". Fue en Londres donde sería bautizado con el nombre de Jumbo, una combinación de las palabras suajili jumbe que significa jefe y jumba que significa hola. Su dieta diaria incluía unos 90 kilos de heno, un barril de patatas, 30 kilos de avena, 15 panes, cebollas y varios cubos de agua, y cuando su cuidador lo creía oportuno para su salud, cuatro o cinco litros de whisky al día. Scott solicitó a la dirección del zoo una pareja de su misma edad para Jumbo y al poco tiempo le trajeron a Alice de África occidental. Según su cuidador, se trató de un "amor a primera vista" que lo colmó de felicidad. Su popularidad creció a la par que su tamaño. Scott entrenó a Jumbo para que se paseara por el zoo, aceptara cacahuetes, panecillos y monedas en su hucha, y paseara niños en su howdah. Entre los pequeños que ascendieron a lomos de Jumbo se encontraba un niño llamado Winston Churchill.


Jumbo en Londres, dispuesto a viajar a Nueva York.

Tras crear en 1880 el que se conoció como el Mayor Espectáculo del Mundo, fruto de fusionar su circo con el London Circus de James Anthony Bailey e incorporar a James L. Hutchinson como tercer socio, el empresario Phineas Taylor Barnum, el "mayor showman de la Tierra" como se le conocía, vio en Jumbo, además de su potencial económico, al animal de gran tamaño que engrandecería aún más su espectáculo. Y consiguió su objetivo ofreciendo la nada despreciable cifra de 10.000 dólares al zoo de Londres para que éste se desprendiera del animal. El episodio lo describe el propio Barnum en un capítulo de The life of P. T. Barnum, su autobiografía:
   "Jumbo, el elefante más grande jamás visto, salvaje o en cautiverio, fue durante muchos años una de las principales atracciones de los Jardines Zoológicos Reales de Londres. A menudo miré melancólicamente a Jumbo, aunque sin esperanza alguna de poder poseerlo. Sabía que era uno de los favoritos de la reina Victoria, como también que había niños y nietos entre las decenas de miles de jóvenes británicos a quienes Jumbo había llevado en su lomo. Y suponía que jamás sería vendido. Pero uno de mis agentes, que hizo la gira por Europa durante el verano y otoño de 1881 en busca de novedades para nuestro gran espectáculo, quedó tan impresionado por el extraordinario tamaño del majestuoso Jumbo que se aventuró a preguntarle a mi amigo, el señor Bartlett, superintendente de los Jardines Zoológicos, si vendería a Jumbo. La propuesta de mi agente sorprendió al señor Bartlett, y al principio respondió sarcásticamente con un no, pero mi agente añadió un "el señor Barnum pagaría un buen precio por él". La conversación llevó a mi agente a pensar que posiblemente una oferta de 10.000 dólares podría ser aceptada. Me telegrafió a tal efecto, a lo que respondí: "Daré diez mil dólares por Jumbo, pero el zoológico nunca lo venderá ". Dos días después mi agente me telegrafió que mi oferta de 10.000 dólares por Jumbo había sido aceptada. Con el fin de formalizar el acuerdo al día siguiente envié al señor Davis en un vapor a Londres, con un cheque bancario de 2.000 libras esterlinas, pagadero a la orden del tesorero de de los Jardines Zoológicos Reales de Londres. A partir de aquel momento se creó un revuelo en toda Gran Bretaña, algo que, por una causa relativamente trivial, nunca había tenido parangón en ningún país civilizado. El Consejo y los directores del del Real Zoológico fueron severamente acusados por vender a Jumbo al famoso comerciante yanqui Barnum. Periódicos como el London Times publicaban atronadores anatemas a diario contra la venta, y llenaban sus columnas con declaraciones de estadistas, nobles y personas distinguidas aconsejando que se rompiese el acuerdo a cualquier precio y proponiendo que el pueblo británico aportara el dinero que los tribunales decidieran como indemnización a Barnum. Se cuenta que la reina y el príncipe de Gales pidieron que se tomara ese camino. Recibí muchas cartas de damas y de niños, rogándome que dejara que Jumbo se quedara, y para pedirme qué daños y perjuicios creía que me debían pagar. El señor Laird, el constructor de buques, me escribió desde Birkenhead que Inglaterra era tan capaz de pagar las "reclamaciones de Jumbo" como pagó las "reclamaciones de Alabama" (1), y que así se haría si desistiera y expusiera mis condiciones. Inglaterra enloqueció por Jumbo. Imágenes de Jumbo, la vida de Jumbo, un panfleto "Jumbo-Barnum", y todo tipo de historias y poemas sobre Jumbo, sombreros Jumbo, collares de Jumbo, cigarros de Jumbo, corbatas de Jumbo, seguidores de Jumbo, polcas dedicadas a Jumbo, etc., se vendieron por decenas de miles en las tiendas y en las calles de Londres y otras ciudades británicas. Mientras tanto, los corresponsales en Londres de los principales periódicos redactaban columnas sobre el asunto, describiendo el sentimiento de Jumbomanía que se había apoderado de Gran Bretaña. Estos hechos despertaron la expectación en los Estados Unidos y en los periódicos americanos, y recibí a diario decenas de cartas instándome a no renunciar a Jumbo.
  
Cartel anunciando la participación de Jumbo en el Mayor Espectácuo del Mundo.

   El editor del London Daily Telegraph me envió un telegrama para preguntarme a qué precio estaría yo dispuesto a cancelar la venta y permitir que Jumbo permaneciera en Londres:
   "Londres, 22 de febrero.
   P. T. Barnum, N. Y .:
   Respetos del editor;
   Todos los niños británicos afligidos por la partida del Elefante; Centenares de lectores nos ruegan en sus cartas que preguntemos en qué términos devolvería gentilmente a Jumbo. Respuesta, prepago, ilimitado."
   A continuación telegrafié lo siguiente a Lesarge, del Daily Telegraph:
   "Nueva York, 23 de febrero de 1682.
   A Lesarge, Daily Telegraph, Londres:
  Mi saludo para el redactor del Daily Telegraph y la nación británica. Cincuenta y un millones de ciudadanos estadounidenses esperan ansiosamente la llegada de Jumbo. Mis cuarenta años de práctica invariable exhibiendo lo mejor que el dinero pueda adquirir, hace que la presencia de Jumbo sea imperativa. Cientos de miles de libras no supondría un incentivo para cancelar la compra. Mi mayor carpa tiene 20.000 asientos y se llena dos veces al día. Contiene cuatro pistas, en tres de las cuales tres compañías de circo completas ofrecen diferentes actuaciones simultáneamente.
   En el gran anillo exterior, o pista de carreras, se exhibe el Hipódromo Romano. En otras dos inmensas galerías anexas se muestran mi colosal colección zoológica y museo.
   (...)
  Deseando larga vida y prosperidad tanto a la nación británica, como al Telegraph y a Jumbo, se despide un obediente siervo del público,

   P. T. Barnum."

   El mensaje fue publicado en el Daily Telegraph de Londres a la mañana siguiente, y enviado por la prensa asociada de Londres y a los principales periódicos de toda Gran Bretaña, que lo volvieron a publicar un día más tarde, levantando expectación y un gran arrebato. Multitudes de hombres, mujeres y niños corrieron hacia el Zoo para ver al viejo Jumbo por última vez, la taquilla alcanzó los dos mil dólares diarios. Un miembro o accionista del Real Zoológico presentó una demanda en la Corte de la Cancillería contra los consejeros del Zoo y contra mí mismo con el propósito de anular la venta. Después de una audiencia, que duró dos días, la venta fue declarada válida y se decidió que Jumbo era de mi propiedad.
Cartel de Jumbo "el gigante elefante africano".
   Y llegó el fatídico día en que
Jumbo se despidió del Zoo, y luego vino el tirón de la guerra. La ajena calle despertó en el pecho de Jumbo la timidez, característica muy marcada del carácter del elefante. Barritó alarmado y pretendió volver a entrar a los Jardines, hallando la puerta cerrada y tumbándose en el suelo. Sus gritos de espanto sonaban para los no iniciados como gritos de dolor, lo que rápidamente atrajo a multitud de simpatizantes. Los corazones británicos se vieron afectados y las lágrimas británicas fluyeron por aquella pobre bestia tan poco dispuesta a dejar su antigua casa. La persuasión no tuvo efecto alguno en inducirlo a levantarse, no estaba permitida la fuerza, y además hubiera sido imposible aplicarla a tan enorme criatura. Mi agente, consternado, me telegrafió "Jumbo se ha tumbado en la calle y no se levanta, ¿qué hacemos?". Le repondí "Puede yacer ahí durante una semana. Será la mejor publicidad del mundo". Veinticuatro horas después se reabrieron las puertas de su paraíso y se le permirtió a Jumbo regresar a su antiguo alojamiento, mientras mis agentes se pusieron a trabajar en la estrategia. Se construyó una enorme jaula de hierro con una puerta en cada extremo, montada sobre unas ruedas anchas y resistentes. Se apoyó contra la entrada de la puerta del patio de Jumbo, con las ruedas hundidas para que le piso de la jaula estuviera a nivel con el del elefante. Se formó un pasadizo a través del cual Jumbo debía pasar al exterior. Tras mucho dudarlo, se le persuadió para que siguiera a su cuidador, Scott, a través de la jaula para su paseo diario. Esa treta se repitió durante varios días hasta que, cuando entró en la jaula, la puerta se cerró rápidamente tras él, y también delante de él, y Jumbo ya era mío.
   Mientras tanto Jumbo estuvo presente en el Parlamento donde el Presidente de la Junta de Comercio cuestionó las precauciones adoptadas para proteger los pasajeros a bordo. El señor Lowell, representante de los Estados Unidos en la Corte de Saint James (2), en un discurso pronunciado en un banquete público en Londres, observó irónicamente que "la única cuestión candente entre Inglaterra y América es Jumbo". London Graphic, Illustrated News, Punch, y el resto de periódicos de Londres publicaron decenas de ilustraciones y descripciones de Jumbo, en prosa y en verso, durante varias semanas.
   En la mañana de su captura, el 25 de marzo de 1882, se desenterraron las ruedas de la jaula y fue tirado por veinte caballos, y en silencio, comparándolo con la noche siguiente. Jumbo fue remolcado varias millas hasta el buque de vapor Assyrian Monarch, donde le habían preparado cuadras cortando una de las cubiertas. La Sociedad para la Prevención de la Crueldad a los Animales estuvo con Jumbo hasta el final, y pidió que las damas y los niños llevaran al barco cestas de golosinas para el consumo de Jumbo durante el viaje.
   Tras una dura travesía llegó a Nueva York, en buenas condiciones, la mañana del domingo 9 de abril, y al día siguiente fue colocado en la sección zoológica de nuestra gran exposición, donde creó tal expectación que en las dos siguientes semanas el incremento de taquilla cubrió sobradamente los 30.000 dólares que nos costó su compra y traslado."

Y así fue a pesar de las protestas populares, la campaña de la prensa y los intentos de anular judicialmente la venta. Cien mil escolares pidieron a la reina Victoria que no vendiese el elefante. Aquella oferta coincidió con un periodo must (3) de Jumbo bastante violento, en el que llegó a destrozar su establo y a rechazar cualquier presencia humana excepto la de su cuidador Scott, y durante el cual la dirección del zoo decidió suspender los paseos de los niños en su cesta-silla, e incluso autorizaron a los empleados a dispararle si fuera preciso.

Como contaba Barnum, los tribunales acabarían dándole la razón y el paquidermo, que ya casi alcanzaba los tres metros y medio de altura y superaba las cinco toneladas, fue transportado hasta St. Katharine Dock en una carreta-jaula tirada por diez caballos huffing y embarcado rumbo a América. Para conseguir convencer al animal Barnum no tuvo más remedio que renunciar al experto en elefantes que había enviado, William Elephant Bill Newman, y contratar a Scott, que en su biografía describiría años más tarde como traumática la separación de Jumbo y Alice. Durante la travesía de dos semanas a Jumbo se le suministró cerveza, champán y whisky, y a su llegada a Manhattan, en el Battery Park, fue recibido por bandas musicales y una espectante multitud que esperaba hacía horas. Se organizó una comitiva formada por 16 caballos de tiro, todos los elefantes del circo y centenares de empleados de Barnum, que atravesó Broadway y que finalmente, a la una de la madrugada, llegó hasta el circo, instalado en el Madison Square Garden. Tras varios meses actuando en Nueva York en el Barnum and Bailey Circus, Jumbo recorrería los Estados Unidos y Canadá. Se cuenta que durante el primer año Jumbo reportó a Barnum unas ganancias de millón y medio de dólares. Se calcula que durante cuatro años 16 millones de adultos y 4 millones de niños pagaron para admirar al elefante, la mayor atracción del espectáculo. La participación de Jumbo en la representación, a diferencia del resto de elefantes que actuaban en números, se limitaba a aparecer en la pista y a caminar en círculo junto a una cría de elefante, con el propósito de aumentar así la sensación de gran tamaño.

Su cuidador Mathew Scott, que contaba 51 años cuando en enero de 1885 publicó Autobiography of Jumbo's Keeper and Jumbo's Biography, escribió:
   "Soy feliz en su compañía y no lo dejaría. Estamos tan unidos, que si vive hasta mi muerte creo que su corazón se rompería. Si me sobrevive no sé quién podria sociarse con él, porque desde que lo alejamos de su esposa Alice, a la que dejamos en Inglaterra, ha tenido un temperamento extremadamente agresivo, incluso conmigo, y nadie que valore su vida podría aventurarse a estar cerca de él."

El cuerpo de Jumbo yace atropellado en Saint Thomas, Ontario, Canadá.

El 15 de septiembre de 1885, después de haber actuado en la ciudad de Saint Thomas, Ontario, Canadá, y cuando cruzaba las vías en un patio de maniobras ferroviarias junto a su cuidador Matthew Scott y a Tom Thumb (4), el pequeño elefante, una locomotora lo embistió, falleciendo en el acto. Fueron precisos 150 hombres para retirar a Jumbo de las vías. Nada pudo hacerse para evitar su fallecimiento causado por politraumatismo. Pesaba casi seis toneladas y medía cerca cuatro metros de altura. Barnum llegaría más tarde a demandar, aunque sin éxito, a la compañía del ferrocarril Grand Trunk Railway, a la que llegó a pedir 100.000 dólares como indemnización.

Barnum mandó de inmediato disecar a Jumbo. El encargo lo recibió el profesor Henry Ward, propietario del Ward's Natural Science Establishment de Rochester, Nueva York, el mayor suministrador de especímenes de Historia Natural de la época en los Estados Unidos, que contaba en aquellos momentos con una decena de taxidermistas en plantilla, y entre sus clientes los más importantes museos de Historia Natural norteamericanos. Aunque lo cierto es que Barnum ya había decidido y pedido por carta a Ward hacía un par de años que en caso de fallecimiento debía salvar la piel y el esqueleto y montar ambos. Los empleados de Barnum tomaron las medidas al animal, 3'6 metros de alto por 4'3 de largo, al día siguiente media docena de carniceros colaboraron en el desollado y descarnado de los huesos, y los restos fueron enviados a Rochester. El animal pesaba casi ocho toneladas y su piel, de entre uno y cuatro centímetros (5) de grosor, pesó 700 kilos.

Carl E. Akeley y William J. Critchley.
Los taxidermistas encargados de realizar el trabajo fueron William J. Critchley y Carl E. Akeley, que entonces contaba 19 años, que construyeron el maniquí con estructura de acero y madera a tamaño natural dispuesto para ser recubierto con la piel curtida del paquidermo, y en una postura estática e idéntica a la de los elefantes indios que se exhibían en aquella época en el Museo de Historia Natural de París. Aquel trabajo, el último de Akeley en el Ward's, que precisó de 74.400 clavos para asegurar la piel, se terminó el 4 de marzo de 1886. Carl Akeley escribiría años años más tarde: "Tuvimos que usar un método ligeramente diferente con  Jumbo [comparándolo con otros trabajos], no sólo por su tamaño, sino porque tenía que ser rígido y lo suficientemente fuerte como para poder transportarlo por todo el país con el circo". Un error de cálculo provocaría que el trabajo de montaje de Jumbo pasara de los dos previstos a los seis meses, y de los 1.200 dólares presupuestados a un total de 1.650. Además se precisó construir un edificio con suficiente espacio para albergar los trabajos. Henry Ward comunicó a Barnum que los 1.200 dólares habían sido insuficientes para cubrir los costes, sugiriéndole que le abonara la diferencia, pero Barnum en la posdata de una carta de respuesta (6), le contestó:
   "PD: Lamento mucho recibir su declaración sobre el resultado pecuniario de su preparación de los dos especímenes. 
   No servirá de nada mostrar mi carta a mis compañeros. Seguro que ellos dirán como yo que "esto es un asunto de negocios". Su oferta de 1.200 dólares fue enviada a mis socios y aceptada. Ahora no puedo presentarme a ellos y decirles que se calcularon mal los gastos, porque me responderán "que no es asunto nuestro". Si usted hubiera calculado mal en sentido opuesto, de modo que hubiera ganado cientos de dólares más de los esperados, ¿nos los habría devuelto? Tanto ellos como yo lamentamos que usted cometiera un error, pero no es culpa nuestra, y seguramente ganará miles de dólares gracias al prestigio que el asunto le reportará a usted y su negocio.
   Soy querido señor, su amigo P. T. Barnum."

Los taxidermistas posando con sus obras en el Ward's (7).

Durante los trabajos de montaje de Jumbo, Ward recibió peticiones de todo tipo. Vendió el corazón del animal a la Universidad de Cornell por 40 dólares. Recibió cartas solicitandole la grasa o los ojos del elefante. Una copia en molde de la mandíbula superior y de los dientes se mandó al Museo Británico, y otra igual al Museo Médico del Ejército. Como los colmillos se fracturaron con el atropello, se rebanaron y se enviaron a modo de regalo, entre otros al naturalista Spencer Fullerton Baird del Smithsonian de Washington, y a la esposa de Barnum, adjuntando precisamente la carta sugiriéndole que abonara la diferencia de precio de los montajes.

Cartel anunciador del esqueleto de Jumbo del Circo Barnum.

Si algo caracterizaba a Barnum era por sacar provecho de cualquier situación. Jumbo disecado y también su esqueleto viajarían durante dos años más con el circo. Ambos montajes, cómo no, fueron presentados en una gala donde no faltó ni la alta sociedad neoyorkina ni los reporteros de prensa. Se pronunciaron discursos y se sirvió un bocadillo de gelatina, que se decía que había sido preparado a partir de los colmillos pulverizados de Jumbo, seguramente otra boutade de Barnum. Incluso presentó al público estadounidense a Alice, la pareja de Jumbo en el zoo de Londres, comprada apresuradamente. Durante los siguientes tres años de gira la "elefanta viuda de Jumbo" sería presentada junto al paquidermo disecado.

Jumbo a su llegada al Museo de Historia Natural de la Universidad de Tufts (8).

En 1889 Barnum donó el elefante disecado al Museo de Historia Natural P. T. Barnum de la Universidad Tufts de Medford, Massachusetts, y el esqueleto al Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, donde todavía permanece, no sin reservarse la posibilidad de recuperarlos temporalmente, como de hecho sucedió para una gira por Inglaterra. Barnum, seguidor de la Iglesia Universalista, fundadora de la Universidad Tufts, decidió convertirse en fideocomisario de la institución. Donó 50.000 dólares con el objetivo de fundar un museo de Historia Natural, al que donó cenetenares de especímenes, al que contribuyó a mantener, y al que a su muerte en 1891 legó 30.000 dólares más. Jumbo llegó a la estación de North Somerville y transportado a Tufts con una carreta tirada una vez más por caballos. Más de 50 profesores y estudiantes tuvieron que empujar para que Jumbo coronar la colina del College. Se precisó además que los albañiles desmontaran unos peldaños, agrandaran la puerta y construyeran una rampa, con el propósito de que el elefante, que ahora pesaba alrededor de 700 kilos, pudiera ser introducido en el edificio.

Jumbo en su ubicación en el Barnum Hall alrededor de 1900.

Jumbo se convirtió de inmediato en la mascota de la Universidad. Se le dedicaron canciones, los equipos deportivos se renombraron en su honor, su imagen se incorporó a ropa, gorras, revistas, pancartas y a todo tipo de artículos de la Universidad. Los estudiantes invocaban la buena suerte en los exámenes tirándole de la cola o introduciendo monedas en su alcancía, unos centavos que el profesor de Zoología Bud Carpenter empleaba para reemplazar los ceniceros que los estudiantes se llevaban a sus habitaciones. Con el tiempo el Museo de Historia Natural P. T. Barnum pasó a llamarse simplemente Barnum Hall, y alrededor de entre 1939 y 1941 se desmantelaría la colección, toda excepto Jumbo, que permanecería. En 1952 un ventilador rompió el extremo de la cola y ésta se depositó en los archivos de la Universidad, colocándole al animal una réplica.

Restos de la estructura y cenizas de Jumbo tras el incendio (8).

Pasada la medianoche del 14 de abril de 1975, un fallo electrico provocó un incendio que acabó con el Barnum Hall. Jumbo quedó reducido a cenizas, junto a algunos especímenes, animales y material de laboratorio, así como parte del legado en papel de Barnum y hasta un busto en mármol del benefactor. Por la mañana del día siguiente Phillys Byrne, administrativa de la sección atlética de la Universidad, tras recibir la desoladora noticia del incendio, pidió a George Wilson, un trabajador de mantenimiento, que le trajera algunas de las cenizas de Jumbo, y para ello le dio un bote vacío de crema de cacahuete de la marca Peter Pan de 400 gramos. Desde entonces el tarro con las cenizas ha sido custodiado y se encuentra en el despacho del director de la sección de atletismo de la Universidad. Hasta la fecha de su jubilación lo guardó Rocco J. Rocky Carzo, y a partir de 1999, tras una ceremonia de traspaso de cenizas, la responsabilidad pasó a manos de Bill Gehling. El rabo de Jumbo se conserva envuelto cuidadosamente en una caja de carton.

Restos de a cola de Jumbo (9).

Jumbo alcanzó fama mundial y se convirtió en icono gracias a la prensa, la literatura y el cine. Un ejemplo sobradamente conocido fue Dumbo, el elefante volador creado por Walt Disney. También es sinónimo de grandeza, y otro buen ejemplo es que con el sobrenombre de Jumbo es conocido popularmente el avión Boeing 747, el mayor del mundo en su momento. En 1985, fecha del centenario de su muerte, se inauguró una estatua en su honor en Saint Thomas, Canadá. También en la Universidad de Tufts otra escultura lo recuerda.

Las cenizas de Jumbo (8).
Se cuentan numerosas anécdotas sobre Jumbo. Como que el 17 de mayo de 1884 junto a otros veinte elefantes, 7 camellos y 10 dromedarios de Barnum, cruzó el puente de Brooklyn ante decenas de miles de espectadores para demostrar su seguridad (10), después de que doce personas murieran un año antes a causa de una estampida. O bien la historia con pretensión de leyenda que el teatrero Barnum se inventó que dice que Jumbo falleció atropellado al tratar de salvar a Tom Thumb, el pequeño elefante con el que compartía transporte que también resultó herido, y que además moribundo atrajo hacia sí con su trompa a un desolado Scott. También que durante el proceso de desollado se descubrió que su estómago contenía además de piedras, gran cantidad de monedas, incluso de oro y plata, de llaves, pequeños objetos metálicos y de vidrio, tornillos, alambres y hasta un silbato de policia. Ah!, y los miembros del equipo de atletismo de la Universidad de Tufts continuan en la actualidad frotando el bote con las cenizas de Jumbo para invocar su buena suerte.


Notas y créditos.-
(1) Las Reclamaciones de Alabama fueron las demandas pecuniarias que el gobierno norteamericano exigió al británico tras la Guerra Civil estadounidense. El Tratado de Washington (1871) estableció que Gran Bretaña debía pagar 15,5 millones de dólares por las pérdidas sufridas por los Estados Unidos.
(2) Embajador de los Estados Unidos en Gran Bretaña.
(3) Periodo de la pubertad en el que los elefantes macho aumentan sus niveles de testosterona y se vuelven más agresivos.
(4) Tom Thumb en los paises anglófonos es el equivalente al personaje de cuento Pulgarcito. Entre la troupe de su circo, Barnum también contaba con Charles Sherwood Stratton, una persona de baja estatura que participaba en el espectáculo con el sobrenombre de General Tom Thumb.
(5) 12 pies de alto por 14 de largo, y la piel de un grosor de entre media pulgada y pulgada y media. El peso de ocho toneladas se lo atribuyó a Jumbo el propio Mathew Scott en su autobiografía.
(6) La carta, perteneciente al legado de Henry A. Ward, está depositada en el Archivo de la Biblioteca de la Universidad de Rochester, Nueva York.
(7) Imágenes propiedad del Archivo de la Biblioteca de la Universidad de Rochester.
(8) Imágenes propiedad de Tufts Digital Collections and Archives de la Universidad de Tufts.
(9) Wikimedia Commons.
(10) Y una oportunidad más para Barnum para publicitarse.


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Taxidermidades, 2017.


Bibliografía:
Carl Ethan Akeley   In Brightest Africa , Garden City Publishing, Nueva York, 1920.
Phineas Taylor Barnum    Life of P. T. Barnum , Sampson Low, Son and Co., Londres, 1855.
Les Harding    Elephant History: Jumbo and P. T. Barnum under the Big Top , MacFarland and Co., Jeffesson y Londres, 2000.
Mathew Scott   Autobiography of Jumbo's Keeper and Jumbo's Biography , Trows, Nueva York, 1885.
Francis Storrs The Grat Barnum Fire: An Oral History , en TuftsNow , Universidad de Tufts, 17 de enero de 2017, Medford: http://now.tufts.edu/articles/great-barnum-fire-oral-history (fecha de consulta 28 de abril de 2017)


Recursos:
Artículo Henry A. Ward. El "Ward's Natural Science Establishment", semillero de Taxidermistas en Taxidermidades.
Artículo Carl Akeley, padre de la Taxidermia moderna en los Estados Unidos en Taxidermidades.
Artículo Los grupos de elefantes de Carl Akeley en Taxidermidades. 
Artículo Sirenas, criaturas legendarias y "reales". La "Sirena de Fiji" en Taxidermidades sobre la Sirena de Fiji, otra creación de P. T. Barnum.