"The Taxidermist" (1943), poema de John Delbert Allen. Biografía del taxidermista.


El siguiente poema de John Delbert Allen titulado The Taxidermist apareció publicado en el número de julio de 1943 de la revista Modern Taxidermist:
 
"Taxidermists are model men,
But after that I hestitate.
Their sorrows toldwith tongue or pen,
Alas, alas, are far too great.
 
From highest Art to lowly work
His Art may lead him day by day,
But from nothing can he shirk
That luck and chance can throw his way.

Some things unpleasant to recall,
Where awfully rank aromas rose-
He could not have worked at all
Without a clothespin on his nose.

In one blue fly there's not much wrong,
Or danger to humanity,
But when he comes ten thousand strong,
That calls for near profanity!

When specimens are fresh and sweet
And every hair and feather tight,
Our happiness is then complete
And spirits sail up like a kite.

But this reversed-I hate to hell;
Our spirits then sink so low
And ere we even get a smell.
We feel like where vile sinners go.

Still we have one comforting thought,
Though our sorrows here are so great;
If we have done 'bout as we ought,
Heaven will fully compensate.

Would I ask more? o no, not I:
E'en this leaves one thought to annoy!
I would ask less, and this is why;
I fear, Up There, I'll die of joy."

 
Cuya traducción aproximada al español sería la siguiente:
 
"Los taxidermistas son hombres modelo,
[dije] pero después lo dudé.
Sus dolores contados con lengua o pluma,
ay, ay, son demasiado grandes.
 
Del Arte supremo al trabajo humilde
su Arte lo guía día tras día,
pero por nada puede eludir
que la suerte y el azar lo abandonen en su camino.
 
Algunas cosas desagradables de recordar,
donde se elevaban aromas horriblemente rancios
en absoluto pudo haber trabajado
sin pinza para la ropa en la nariz.
 
En una mosca azul no hay mucho de malo
o peligroso para la humanidad,
pero cuando vienen diez mil vigorosas,
¡Ello casi requiere blasfemias!
 
Cuando los ejemplares son frescos y agradables
con cada cabello y pluma firmes
entonces nuestra felicidad es completa
y los espíritus se alzan como una cometa.
 
Por ello, al contrario, odio al infierno;
nuestros espíritus luego se hunden tan bajo
incluso antes de que sintamos el olor.
Nos sentimos adonde van los viles pecadores.
 
Todavía tendremos un pensamiento reconfortante,
aunque nuestros dolores sean aquí tan grandes;
si hemos hecho lo que debíamos
el cielo lo compensará por completo.
 
¿Pediría más? o no, yo no:
¡Incluso esto deja un pensamiento molesto!
Preguntaría menos, y por ello;
temo que Allí Arriba moriré de alegría."

 
Sobre el taxidermista John Delbert Allen.
 
Retrato de John Delbert Allen (2).
Hijo de un ebanista y una cocinera, John Delbert Allen, el mayor de tres hermanos nació el 20 de abril de 1851 en Italy Hill, Nueva York, Estados Unidos. En 1853 la familia se trasladó primero a Ohio y más tarde a Paw Paw, Michigan, donde el padre se estableció por cuenta propia. Cuando Allen contaba siete años su madre falleció. En su juventud se asoció al negocio del padre y en 1873, con veintiún años, comenzó a practicar la Taxidermia como afición. Un año después abrió una exitosa tienda de Taxidermia en Paw Paw. En 1877 se mudó a Denver, Colorado, donde siguió ejerciendo como taxidermista profesional, oficio que aparcaría temporalmente para recuperar su salud afectada seriamente por el empleo de arsénico como preservativo (1). Allen, con conocimientos de taquigrafía, obtendría empleo como asistente de Frederick Walker Pitkin, gobernador de Colorado, y del editor de periódicos Mark Mills Pomeroy. En 1880 se trasladó a Saint Paul, Minnesota, para trabajar para el gerente de la Northern Pacific Railway. En mayo de 1881 Allen llegó a Mandan, Dakota del Norte, comisionado para seguir trabajando como telegrafista para la Northern Pacific, pero a los pocos meses renunció al puesto. En 1882, tras regresar de un viaje al Este del país, refundó su negocio de Taxidermia en Mandan.
En 1890 Allen se casó con Nell A. Wilson con quien compartió una hija, Ila K.. Su esposa, viuda, aportaba una hija y un hijo de su anterior matrimonio.
 
 
Exterior del taller de Allen en Mandan (3).

 
La casa y el taller de Allen estaban ubicados en el 302 de la 5th Avenue NW. El edificio había sido un pabellón de cuartel, uno de los tres últimos que quedaron en pie en el cercano Fort Abraham Lincoln, que Allen trasladó a Mandan y remodeló. El letrero sobre la puerta de entrada de la tienda rezaba "El orden es la primera ley del cielo", a lo que Allen añadió debajo "No estás en el cielo", y al traspasar la puerta el visitante se encontraba ciertamente con un gran desorden de variados objetos. Allen practicó con éxito la pintura como afición. Sus cuadros representan paisajes, búfalos y la vida de los indios. También ejercitó la fotografía, la poesía y el violín. Su taller contenía centenares, quizá miles de especímenes disecados, pero también cuadros suyos y reliquias indígenas. Entre los cazadores famosos que le encargaron la preparación de sus trofeos destacan el entonces futuro presidente Theodore Roosevelt, que viajó a Dakota en 1883 para cazar bisontes, y numerosos miembros de la nobleza europea. En 1904 participó en la Exposición Universal de San Luis; con dicho propósito trasladó medio vagón de animales disecados.

En noviembre de 1906 Allen acogió en su taller a un joven taxidermista que años más tarde despuntaría en la profesión, Leon Luther Pray (4), que entonces contaba veinticuatro años. Pray había estado durante tres años y medio trabajando junto a Carl Ethan Akeley en el Museo Field de Chicago; hasta 1905, año en que Akeley realizaría su segundo viaje a África. Allen encomendaría a Pray el montaje de aves, mientras que él se reservó el montaje de los animales de mayor tamaño. Pray permanecería allí hasta la primavera de 1907. John Delbert Allen murió el 28 de abril de 1947 cuando contaba noventa y seis años. En el momento de su fallecimiento era el taxidermista en activo de mayor edad en los Estados Unidos. Un mes antes había sido honrado por la American Artists Professional League por su "meritorio desempeño en el campo del Arte". Algunos de sus cuadros cuelgan en la sede de la Sociedad Histórica del Estado de Dakota del Norte.

 
 
Pray recordaría sus vivencias con Allen en An Old Taxidermist of the West, una historia contada con cierto humor y originalmente publicada en la revista Modern Taxidermist en marzo de 1942, incluída años más tarde en su libro The Old Taxidermist (1971):
   "En un momento de mi experiencia en taxidermia, se me dio la oportunidad de trabajar para un conocido taxidermista comercial en uno de nuestros estados de las praderas del noroeste.
   Aquel hombre era único por el hecho de que jamás presionó en demasía a sus trabajadores para que produjeran tanto trabajo en tantas horas. Era humano y gracioso en cuanto a su visión de la vida. A sus empleados les gustaba y todos trabajaban con dedicación, produciendo un buen volumen de montajes de calidad.
   Su taller era soleado y fresco en verano y luminoso y cálido en invierno. Fue el primer taxidermista que conocí que temía al arsénico y al sublimado corrosivo (6) y ponía bastante cuidado en su uso cuando trataba los especímenes con antipolillas. Odiaba el arsénico y deseaba fervientemente que se descubriera algo mejor y completamente seguro para el operador.
   Sus ganadas enseñanzas acerca de los peligros por envenenamiento por arsénico encendieron el fuego de mi ambición por conseguir algún día el gran descubrimiento que dejase obsoleta para siempre la protección antipolillas con arsénico. Trabajé para este amable taxidermista durante el otoño y el invierno de 1906-07. En el año 1916 sería pionero en el empleo del Bórax (7) como protector antipolilla, después de una extensa experimentación con numerosos otros medios.
   Mientras trabajaba para este viejo y alegre taxidermista del Oeste, estudié sus métodos de ventas. Era un comerciante indio (8) y más astuto que cualquier otro de los que conocí hasta entonces. En la calle principal de su ciudad tenía una tienda que se ocupaba del comercio turístico habitual, pero la sala de estar de su casa, que se encontraba en la misma finca que la tienda de taxidermia, era su verdadera oficina comercial o sala de exposiciones.  Aquí, su oficio en el arte de vender florecía sobremanera.
   De su escogido surtido de montajes seleccionó destacados ejemplares con los que decoró las amplias paredes de la sala, el suelo y las estanterías.
   Entretener a los grandes empresarios del licor, tabaco, etc., y a ilustres visitantes cazadores, era todo un arte para el viejo taxidermista.
   Después de que tal huésped terminase la satisfactoria cena casera, a la que había sido invitado, era conducido a la sala de estar, donde proseguía una interesante conversación, fumando un cigarrillo, después de la cena.
   Siendo ya consciente de la taxidermia, el huésped comenzaba a observar que aquí en una pared había un ciervo de gran cornamenta; o allí una cabeza de muflón de las montañas con inusuales cuernos.
   Visible a través de la arcada mostraba un enorme y simétrico par de cornamentas de alce convertidas en un atractivo perchero para el sombrero y el abrigo.
   El búho nival más blanco se encontraba bajo un fanal de cristal sobre una mesa de mármol en un rincón. Colgando de un escudo de nogal había un par de gallos de la pradera y un conejo blanco congelado montado al estilo recién muerto, mientras que aquí y allá, en lugares estratégicos del suelo, en las esquinas, podía haber un gran y hermoso león de montaña, un coyote de rico pelo, o un lince con el pelaje de lo más rojizo.
   Una bonita alfombra de piel de oso siempre estaba a la vista. Podía ser de uno negro, de un oso pardo, o una inmensa piel de oso polar. Siempre estaban terminadas con un forro acolchado pesado y elegante borde o triple borde festoneado y con volantes de color a juego o contrastando.
   Casualmente colgado sobre el respaldo de una silla de la esquina se veía una más que elegante bufanda para señora, y guantes y chaquetas de piel de ante tanto para hombres como para mujeres se amontonaban en un desorden invitante sobre un pequeño soporte.
   Todos estos artículos eran de excelente calidad y artesanía. Numerosos abalorios indios decoraban algunas prendas de piel de ante.
   Durante cualquier pausa en la conversación y también en medio de una animada charla, los ojos de los invitados miraban afanosamente aquí y allá, mientras que el entusiasmo por la posesión crecía rápidamente, sin alusión alguna a las decoraciones circundantes del viejo taxidermista.
   Eventualmente, el adinerado huésped se abriría con un comentario ferviente sobre los ricos trofeos que el propietario eligió para su casa. El viejo taxidermista sonreiría y esperaría el momento oportuno, sabiendo muy bien el poder de lo aparentemente inalcanzable para poner en acción un alma codiciosa. En ese momento, el invitado preguntaría si tal o cual especímenes estaban a la venta. El oficio del anciano mostraría ahora su habilidad consumada. Objetaría, diciendo que no había pensado en vender ninguna de esas decoraciones únicas, pero sin afirmar rotundamente que no se desprendería de ellas.
   De modo que el invitado se animaría a arrancar una venta aparentemente reacia al taxidermista astuto.
   Tales acuerdos casi siempre doblaban el precio de un trofeo y, en ocasiones, conseguía triplicarlo.
   La renuencia adicional por parte del anciano a separarse de una decoración personal solo agregaba fuego al celo del posible comprador. Un objeto aparentemente tan apreciado por su propietario se convertía en un botín adquirible a cualquier precio.
   Nada en los almacenes de la sala de exposiciones de la calle principal se acercaba en calidad a aquellas singulares decoraciones hogareñas. Por lo tanto, a lo largo de los años, el viejo taxidermista del Oeste comercializó una serie de cabezas de trofeos de caza mayor extra seleccionadas, patos, urogallos, gatos, pumas, percheros de cuernos, sillas de cuernas, percheros de patas, águilas, cuervos, búhos, halcones, animales montados recién cazados y novedades para la repisa de la chimenea, estante o para la mesa de la biblioteca, vendidos mediante la silenciosa persuasión de su valor sentimental como ornamento de su propio hogar.
   A menudo, un ciervo singular en un escudo con acabado extra y muy veteado, con un valor de 35 o 40 dólares, suponían 100 o 150 dólares de algún huésped-cliente más que satisfecho.
   El elemento de jugar una mano ganadora contra una oposición que aparentemente cede a regañadientes, supone en todos los casos un halago para el espíritu deportivo del comprador.
   Nunca fueron aquellos ganadores más completamente felices con sus acuerdos. A todos el vendedor los obligaba por su honor a no decir nada a nadie.
   Pero, como es natural, lo contaban a otros coleccionistas y cazadores, algo que particularmente resultaba muy bueno para las futuras veladas del viejo taxidermista en su hogar.
   Cada sucesivo comprador de aquellas seleccionadas decoraciones particulares de la sala de estar del anciano se sentía el mejor comerciante, satisfecho por haber conseguido un buen trato."
 
Interior de la exposición de Allen en 1894 (9).

 
Precisamente en el último capítulo del libro The Old Taxidermist titulado A Look back over the Trail Pray, gran defensor y promotor del uso del bórax como producto preservativo, se refería a la delicada salud de Allen:
   "Durante mi estancia de 1906 en el Oeste, me encontré con un viejo taxidermista que fue uno de los que habían trabajado para el dueño de la colección que se exponía durante las ferias en mi ciudad natal. Aquel viejo era muy fibroso y nervioso. Nunca me encontré a nadie como él con tanto miedo al arsénico. Me contó cómo el arsénico afectaba a sus nervios y que un médico le había advertido del peligro de manipularlo. Aquel médico le avisó de que se dirigía a una muerte temprana si utilizaba ese tipo de tratamiento antipolilla. Pero él estaba sumido en la taxidermia sin preocuparse por encontrar un sustituto del arsénico. Utilizó jabón arsenical para abandonar el arsénico pulverizado. Aún así, se envenenó."
 

Notas.-
(1) El arsénico, generalmente formulado como jabón arsenical, se vino empleando con éxito como antipolillas en Taxidermia desde 1743.
(2) Imagen propiedad de Mandan Historical Society.
(3) Imagen propiedad del Institute for Regional Studies, NDSU, Fargo.
(4) Pray desarrollaría la mayor parte de su carrera en el Museo Field de Chicago, donde se jubilaría. Publicó algunos libros y colaboró en la revista Modern Taxidermist.
(5) Imagen obtenida en Invaluable.com.
(6) Bicloruro de mercurio.
(7) A pesar de dicha afirmación, Pray no es el iniciador en el empleo del bórax o tetraborato de sódico como producto preservativo en Taxidermia. Se empezó a usar durante la década de los setenta del siglo XIX en Inglaterra. Pray, no obstante, sí fue ferviente promotor de su uso a partir de los años cuarenta del siglo XX.
(8)  El propio Pray, y también su amigo el taxidermista Joseph E. Bruchac, editor de Modern Taxidermist, eran descendientes de ameríndios. Cuando Pray se refiriere en este caso a Allen como "un comerciante indio" opino que lo hace aludiendo a su negociador método de venta.
(9) Imagen propiedad del Montana Historical Society Research Center.

 
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Taxidermidades, 2021.
 
 
Bibliografía:
--- John Delbert Allen (1851-1947) , Mandan Historical Society, Mandan, 2012, en http://www.mandanhistory.org/biographiesad/jdallen.html . (consulta 18-11-2021)
John Delbert Allen   The Taxidermist , en Modern Taxidermist, nº 78, vol. 13, Greenfield Center, julio de 1943.
Leon Luther Pray   An Old Taxidermist of the West , en Modern Taxidermist, nº 69, vol. 12, Greenfield Center, Marzo de 1942.
Leon Luther Pray   The Old Taxidermist , Joseph Bruchac ed., Greenfield Center, 1971.
 
Recursos:
Artículo El jabón arsenical de Bécoeur en Taxidermidades.
Artículos sobre Taxidermia y Literatura en Taxidermidades.