"Mi amigo Perico", relato humorístico de Rafael García Santisteban.

Perico.
El 21 de mayo de 1883 la revista barcelonesa La Ilustración Artística publicaba un relato humorístico del periodista y escritor Rafael García Santisteban. "Lo que no consiga este loro..." debió pensar Luís López, el protagonista de Mi amigo Perico. El texto completo del cuento es el que sigue:
  "MI AMIGO PERICO
   (Historia casera)

 
   Yo como hombre libre, en el buen sentido de la palabra, trasnochaba in diebus illis por costumbre y en su consecuencia amanecía para mí en todo tiempo de once a doce de la mañana.
   Vivía en presidio correccional, como llama un amigo mío a las casas de huéspedes, y ocupaba un gabinete con su alcoba con vistas a un patio microscópico, que era el respiradero común de la vecindad.

   Mis oídos se habían ya acostumbrado a todo ese concierto de primera hora en que llevan el pie o la voz cantante los aguadores que suben el agua con estrépito, las alumnas del Conservatorio que castigan el piano, golpeándole sin piedad, las criadas que cantan o desafinan con los criados, que se crían en la misma casa, con acompañamiento de campanillazos, portazos, trastazos y demás ruidos matutinos y sólo me despertaban la urgente visita de un amigo, que necesitaba de mí, o la llegada de un billete perfumado enviándome butacas para una función de beneficencia.
   Hice una breve excursión al Escorial y a mi vuelta noté con gran disgusto que había ingresado un nuevo artista en la
ruidosa compañía matinal que funcionaba contra mi sueño.
   Dormía yo tan profundamente como un sereno, un cochero de plaza o un magistrado del Tribunal Supremo, cuando desperté sobresaltado al oír los desgarradores lamentos de una criatura (así al menos lo creí) que entre sollozo y sollozo gritaba "¡Ay Perico! ¡se ha muerto! ¡se ha muerto!"
   Supuse que se trataba de algún niño que lloraba la muerte de su hermanito y salté de la cama y a medio vestir me asomé a la ventana y pregunté a la patrona, que tomaba el fresco en la de al lado:
   -¿Por qué llora ese niño?
   -Señorito, me contestó, si es un loro el que llora! ¿No lo ve usted en el principal?
   Bajé los ojos y efectivamente vi al animalíto llorón que estaba en su jaula sobre el alféizar de la ventana.
   Risas mal comprimidas de las criadas que se habían asomado como yo a admirar la especialidad plañidera del papagayo me hicieron comprender que se burlaban de mi error de persona y como Aquiles me retiré, no a mis tiendas, sino a mi abandonado lecho.
    No pude, sin embargo, volver a pegar los ojos, porque sin duda el loro estaba de humor y el público muy exigente y le examinaron de todas sus habilidades y hubo aquello de "Lorito real", etc., y "¿Lorito eres casado?", etc., y mandó las maniobras de un buque, hizo el ejercicio y acabó con una descarga cerrada.
   Esto una vez podía tener el encanto de la sorpresa, pero continuó repitiéndose la escena todas las mañanas y a la quinta resolví proceder contra aquel
despertador de nuevo género y solicitar de su propietario o de la autoridad competente que le extrañaran del patio, sobre todo hasta las doce del dia, o arbitraran el medio de quitarle el abuso de la palabra.
   Yo siempre almorzaba o comía leyendo, con gran contentamiento de la patrona, porque, según ella, nunca me quejaba de lo mal condimentado de los alimentos y todo me sabia a
letras.
   No dejó pues de extrañar que, aquella mañana dando de mano al
Liberal, me pusiese a conferenciar con ella del siguiente modo:
   -¿Quién vive en el cuarto principal?
   -Una señora que ha venido cuando usted estaba fuera.
   -¿Será alguna vieja tan pesada y antipática como su lorito?
   -Quiá, no señor, es una viuda joven y muy guapa.
   -Hola, hola, eso ya es más grave. Pero ¿porqué no la obliga el casero a que tenga en un cuarto oscuro a ese
orador de patio?
   -Ya el administrador le ha hecho presente que los vecinos se quejaban de las genialidades de Perico y ha contestado que su loro es como de la familia y necesita tomar el aire para no caer enfermo.
   -¡Animalito! Pero ¿cree esa señora porque es una viudita joven?.... Creo que usted ha dicho que es muy joven...
   -La doncella asegura que acaba de cumplir 24 años.
   -Buena edad. Y porque además es guapa.... ¿No ha dicho usted que es muy guapa?
   -Guapísima. El domingo la vi en misa y quitó la devoción a muchos fieles.
   -Pues bien, si esa señora porque es... todo eso, se ha propuesto ponernos la ley, se equivoca de medio a medio y yo mismo bajaré a decírselo.
   -Este bisteck parece una suela de zapato, exclamé dando otro giro a la conferencia.
   -Señorito, hoy no ha leído usted el
Liberal, me dijo con segunda intención mi enemigo casero.
   -Ni lo leo, añadí relativamente indignado. En cuanto tome el café bajaré a ver a esa protectora de animales.
   -Y verá usted una cosa buena y de un tiro matará dos pájaros, observó la susodicha.
   -Nada de suposiciones malévolas, Ramona, la dije. Yo no pienso matar al loro ni con perejil ni con revolver y mucho menos a su ama. Venga el café y basta de conversación.
   Lo bebí, me avié y bajé a querellarme al cuarto principal.

  
II
   -¿La señora de Perico? pregunté a la criada que se asomó a la ventanilla.
   -Aquí no es, me contestó con la amabilidad propia de todas las del gremio.
   -Vaya si es, repuse con acento firme y seguro.
   -Usted viene equivocado.
   -Equivocado no, incomodado. Soy el vecino del tercero, con que figúrese usted si sabré a quién vengo a ver.
   -¡Ah! ¿Usted es visita de la señora?
   -Claro y abra usted, hija, que no me como a las gentes.
   -Como hay tantos ladrones que parecen caballeros, está una siempre escamada.
   Iba a responder a aquella inconveniencia cuando se abrió la puerta y penetré en lo que debía ser el recibimiento, pues con motivo del calor estaban casi cerradas las ventanas y había una media luz que era oscuridad completa para el que entraba.
   Tropecé en una silla y la criada me advirtió:
   -Cuidado, no rompa usted algo.
   Lo natural parecía que la fámula me hubiera hecho la prevención, refiriéndose a mi persona, que podia sufrir alguna contusión de primero o segundo orden y no a los muebles de la casa, que en caso de choque resistirían más que cualquier parte de mi individuo, pero por lo visto, aunque fuera muy
buena criada, estaba muy mal criada.
   -Siga usted todo derecho, me advirtió, y está usted en la sala.
   Yo explorando el terreno con el bastón conseguí adivinar, después de algunos pequeños encallamientos, que entraba en la pieza de recibo.
   Con el sombrero en la mano izquierda y el bastón en la derecha manejado a lo ciego, debía hacer una figura bastante ridícula.
   Me pareció que la doméstica al alejarse se iba riendo.
   Pude sentarme en un sillón y al cabo de algunos minutos me di cuenta del sitio en que me hallaba.
   La sala estaba amueblada con sencillez, no exenta de elegancia.
   Encima del sofá pendía un gran retrato al óleo de un señor ya anciano con uniforme civil, que supuse seria el padre o el abuelo de mi vecina.
   Con objeto de ver
más claro me tomé la libertad de abrir un poco la madera de uno de los balcones y me volví a mi asiento aguardando la salida de la viuda joven.
   No se hizo esperar y a los dos segundos apareció mi bella desconocida.
   Abrí cada ojo como un plato y en la rápida revista que hice de su personalidad no encontré exagerados los informes de mi patrona.
   Era su conjunto simpático y altamente distinguido.
   Vestía de negro, color que armonizaba con lo moreno de su tez y sus negras y espesas pestañas, que servían de toldo a sus grandes y rasgados ojos, impregnados de una ternura y una melancolía inexplicables.
   -Caballero, ¿a qué debo el honor?... me preguntó al ver que yo me ocupaba en contemplarla y no rompía a hablar.
   -Estoy a los pies de usted. Soy el vecino del tercero, don Luis López, contesté con la mayor finura.
   -Tome usted asiento.
   Así lo hice y se entabló entre ambos el siguiente diálogo:
  
Yo. Usted me dispensará si me he tomado la libertad de venir a visitarla, pero entre vecinos...
  
Ella. Con motivo del luto no he pasado tarjeta a nadie.
  
Yo. (ap.) Una indirecta. -Molestaré a usted muy poco. Vengo a pedirla un favor. Yo me acuesto muy tarde y me levanto naturalmente muy entrado el dia. Usted tiene un loro que vale mucho.
  
Ella. No lo sabe usted bien.
  
Yo. Le oigo y me basta. ¿No podría usted disponer que no lo sacasen a la ventana que da al patio hasta después de las doce?
  
Ella. Imposible, caballero. Como los balcones de esta casa miran a Oriente, los baña el sol toda la mañana, y el pobre loro empieza a decir: "¡Ay qué calor! ¡ay qué calor! Perico, al patio, Perico, al patio."
  
Yo. Sí, a despertar a los vecinos. Señora, su loro de usted no es todo lo tranquilo que debiera.
  
Ella. Es un animal que no diré que sólo le falte hablar.
  
Yo. Nada de eso, es un Castelar con plumas.
  
Ella. Pero sí que tiene una inteligencia extraordinaria. Yo le quiero mucho.
  
Yo. ¡Feliz él! (ap.) Debo empezar a insinuarme.
  
Ella. Nos comprendemos perfectamente.
  
Yo. Si, como dice Darwin, todos descendemos del mono....
  
Ella. Usted será el que lo crea.
  
Yo. De todos modos, usted siempre saldría ganando y seria muy mona. (ap.) El requiebro ha resultado cursi, pero continuo insinuándome.
  
Ella. Seis meses hace que estoy viuda. Perdí a mi marido, que era mucho mayor que yo, a los cuatro meses de casada. Iba de Intendente general de Hacienda a Cuba y a los quince días de llegar a la Habana murió en mis brazos, victima de la fiebre amarilla.
  
Yo. Aunque no tenia el honor de conocerle, acompaño a usted en el sentimiento. Y, perdone usted la indiscreción, ¿este retrato es el de su difunto esposo?
    Ella. Sí, señor.
    Yo. Pues tenía muy buen gusto.
  
Ella. Pasado el novenario di la vuelta a España con mi doncella y el loro, último regalo de mi marido. El pobrecito como estaba siempre a mi lado y me veia llorar, se acostumbró a remedarme y por eso sigue llorando con tanto desconsuelo.
   Yo. ¿Cómo? Perico no llora sólo por llorar sino porque simpatiza con la desgracia de usted? Positivamente es un loro de muy buenos sentimientos y que merece el cariño que usted le tiene. De hoy en adelante cuando le oiga lamentarse me haré la ilusión de que es usted la que se queja y la compadeceré desde el fondo de mi alma.
  
Ella. ¿Usted es andaluz?
   Yo. No señora, madrileño. Y conste que agradezco al loro la ocasión que me ha proporcionado de ponerme a los pies de una vecina, tan digna de adoración y de respeto, y no será la última vez que venga a deleitarme en su amable compañía. (ap.) Lancé la bomba.
   Ella. Gracias por tanta galantería, pero aconsejo a usted que no se moleste en visitarme. Tengo para ello motivos poderosos que me reservo.
   Al llegar a este punto nuestra conversación languideció. Creí conveniente despedirme y al salir vi que entraba un caballero alto y rubio. ¿Será este el motivo poderoso que tiene mi vecina para no recibirme? pensé al volver a subir a mi habitación.
   III
   Decididamente la señora del cuarto principal era de
extra-superior hermosura y valía la pena de idolatrarla.
   Como por la peana se adora al santo, yo resolví que el loro me sirviera de peana para adorar a mi vecina que si no era santa al menos era muy guapa.
   Todas las mañanas me asomaba a la ventana y dirigía frases cariñosas al alborotador de la casa.
   Le preguntaba: "¿Cómo estás, Perico? ¿te dan chocolate? ¿por qué no lloras?"
   Pero el desagradecido Perico no sólo no me respondía sino que cesaba en su charla y sólo algunas veces decía por lo bajo: "Anda, feo, silbante" y otras cosas peores.
   Yo esperaba que su ama se asomase a darme gracias por mi
desinteresado cariño hacia aquel animalito que tan preferente lugar ocupaba en su corazón, pero me engañé por completo.
   Pasaron quince días y ni una sola mañana se dignó mostrar su hechicero rostro a los espectadores del patio.
   Planteé otro sistema y estuve largas horas matando el tiempo en el portal para saludarla al entrar o al salir, y sólo conseguí ver al caballero rubio, que al pasar a mi lado me miró con cierto aire despreciativo, que me dio muy mala espina.
   Recurrí a la literatura para ablandar a mi bella y escribí en el
Madrid Cómico una poesía jocosa dedicada a mia migo Perico, que terminaba de este modo:
Tienes una ama, tesoro
de hermosura y de pasión
dila por Dios que la adoro
con todo mi corazón.
    Los versos si no eran muy buenos no pecaban de oscuros.
    Eché el número por debajo de la puerta para que se enterase la aludida y a la mañana siguiente vi el ejemplar casi deshecho en la pata izquierda del loro, que se entretenía en hacerlo pedacitos con el pico.
   Viendo que los medios indirectos no me daban resultado ninguno decidí presentarme con cara descubierta al objeto de mis amorosas ansias.
   Me hice devoto y me aboné en la parroquia a todas las misas que se decían los dias de fiesta para poder acompañarla a su vuelta a casa, pero sin duda mi rubicundo rival era un ateo sublimado y no la permitía cumplir con los deberes de cristiana, porque durante un mes no tuve la satisfacción de verla en el santo templo.
   Una mañana sin embargo la encontré en el portal.
   Entraba cuando yo salía y a fuer de caballero galante me empeñé en acompañarla hasta la puerta de su morada.
   La pregunté si había leído mis versos a su loro y me contestó que no.
   -Si usted quiere puedo recitárselos ahora mismo, añadí yo con la esperanza de que me hiciera entrar en su cuarto, proporcionándome la ocasión de una entrevista trascendental.
   Pero tiró de la campanilla y abriéndose la puerta apareció el caballero de
la para mí triste figura.
   Inútil es decir que me quedé plantado, besé los pies a mi vecina y por vía de chiste la dije: Memorias a Perico.
   No desmayé en mi empresa y la escribí varias cartas en distintos estilos mas siempre sobre el mismo tema; pero ninguna obtuvo respuesta.
   Digo mal, al dia siguiente de haber redactado la vigésima epístola amatoria recibí la contestación siguiente:
   "Caballero, prohíbo a usted que continúe molestando a una señora con sus insípidas cartas. Ni le quiere a usted ni le querrá nunca." y firmaba "El que usted sabe."
   Y vaya si lo sabía, era mi contrincante rubio que se permitía darse tono de soberano absoluto prohibiéndome disputarle su conquista.
   Como es natural, la amonestación hirió mi amor propio, y continuó la correspondencia en verso y prosa y la hostigué con mis requiebros las pocas veces que la hallé a mi paso.

   En esto tuve precisión de salir para el Escorial a cumplir el fúnebre encargo de albacea testamentario de un amigo, en cuya casa me había alojado varios veranos. Un mes duró mi ausencia. Volví de noche a Madrid y al entrar en casa me dijo la patrona:
   -¿Sabe usted la noticia? Esta mañana ha muerto.
   -¿Quién, mi vecina? ¡Me ha dejado usted frío!
   -No, señorito.
   -¿El caballero rubio? Me alegro.
   -Tampoco.
   -Pues ¿quién?
   -Perico.
   -Menos mal. Aunque no puede creer esa señora que yo he contribuido a tan inmensa desgracia y voy a darle mis excusas.
   Sin escuchar las observaciones de mi patrona bajé al cuarto principal. Me abrió la criada y la pregunté con ansiedad:
   -¿Con que es cierta la catástrofe? ¿con que ha muerto Perico? La señora estará inconsolable. Pásela usted recado que deseo consolarla.
   -No recibe, me contestó.
   -¿Hay lista?
   -Tampoco.
   -¿Y de qué ha muerto ese inteligente animalito?
   -De repente. Ahí lo tiene usted muerto en la jaula.
   Entonces me asaltó una idea que inmediatamente puse por obra sin oposición de la fámula.
   Mis lectores me permitirán que no les diga lo que hice hasta el momento oportuno.
   Ocho días después me presentaba en casa de la expropietaria de Perico con un bulto envuelto en un papel en la mano.
   La criada quiso detenerme, pero yo forcé la consigna y entré en la sala con aire triunfante.
   Había visitas y en el sofá estaban ella y él.
   Juzgué la ocasión  a propósito para dar el golpe teatral que proyectaba y adelantándome hacia mi esquiva hermosura pronuncié este breve discurso:
   -Señora, usted quería mucho a Perico y ha muerto. Comprendiendo su dolor y para que lo tenga siempre a la vista, lo he mandado disecar en casa de Severini y me apresuro a devolvérselo a usted rogándola que no vea en este acto más que el deseo de repetirla el afecto que la profeso como apasionado amigo, que ha hecho lo que a algún otro no se habrá siquiera ocurrido.
   Y diciendo y haciendo arranqué el papel y enseñé a Perico disecado sobre una elegante peana.
   -Caballero, me contestó mi bella ingrata, agradezco la buena intención de usted, pero a mi marido no le gustan los loros. Puede usted guardárselo como un recuerdo del que fue su buen amigo.
   -Joven poeta, prosiguió su adlátere, yo que soy esposo de Julia desde hace ocho días, le ofrezco mi sincera amistad en pago de la felicidad que le debo. Se resistía a contraer segundas nupcias a pesar de mis observaciones respecto de los peligros que corre una viuda joven y bien parecida, expuesta a las asechanzas y galanteos de los enamoradores de oficio y usted se ha encargado de darme la razón con su tenaz sistema de asedio amoroso, valiéndose de su afectado cariño al loro, del periódico, del correo y hasta del acecho, como si fuera una perdiz. No extrañará usted pues que le escribiera aquella carta animándole a ayudarme en mi empresa. Debo a usted pues mi felicidad y le deseo tan buena suerte como yo he tenido.
   Desconcertado, con el loro en la mano y viendo que los circunstantes ocultaban la cara entre las manos sin duda para reírse de mí, balbuceé algunas palabras sin sentido, di la enhorabuena a los recién casados y tomé el partido prudente de eclipsarme.
   -Tome usted ese pajarraco, dije a mi patrona, y póngale de adorno en la sala.
   ¡Yo había representado en este idilio amoroso el papel de un pequeño Galeotto!
   Al dia siguiente busqué otra casa de huéspedes a donde me trasladé sin pérdida de tiempo.
   Desde entonces odio los loros y no vivo nunca en casa donde haya un ejemplar de la especie de Perico."
                                                        RAFAEL GARCIA Y SANTISTEBAN"

¿Verdad que valió la pena? Además de los literarios creados por García Santisteban, aparece algún otro personaje clásico como Galeote, confrontado con el significado y la expresión del amor, o mitológico como Aquiles, héroe en la batalla de Troya, y otros reales, como Emilio Castelar, el último presidente de la Primera República Española con fama de excelente orador, o bien Charles Darwin y Ángel Severini.

Ángel Severini Lago (ca. 1830-ca. 1895), el responsable de inmortalizar la mascota de Julia, fue un célebre taxidermista de Madrid que durante más de treinta años tuvo su tienda en el número 20 de la Carrera de San Jerónimo, y que en el momento de publicar García Santisteban su relato se había trasladado ya al número 4 bis de la calle del Sordo, la actual Zorrilla. La popularidad de Severini favoreció que además de en éste apareciera en otros relatos de ficción, alguno publicado en la revista Madrid Cómico citada en el texto, e incluso que algún político lo incluyera en alguna embestida. Recomiendo al lector interesado en conocer algo más sobre este personaje el artículo El popular disecador madrileño Ángel Severini.

Por su parte el naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882), que justo había fallecido poco más de un año antes de que este cuento se publicara, y conocido mundialmente sobre todo por ser uno de los precursores de la Teoría de la Evolución, teoría a la que recurre el personaje de Luís López en su conversación con Julia, fue además taxidermista aficionado. Durante su etapa de estudiante universitario en Edimburgo Darwin aprendió a disecar con John Edmonstone un esclavo negro liberado originario de la Guayana Británica que a su vez aprendió Taxidermia con el excéntrico Charles Waterton. Aquí mismo en Taxidermidades conocerá más sobre esa faceta taxidérmica de Darwin acudiendo el artículo Charles Darwin, taxidermista y coleccionista; y sobre la vida y obra de Waterton leyendo Charles Waterton: biografía de un taxidermista excéntrico. "A Nondescript".

Rafael García Santisteban (Madrid, 1829-1893), el responsable de Mi amigo Perico, fue periodista poeta y autor dramático. Publicó en revistas como La Ilustración Española, La Ilustración Artística, Blanco y Negro, Don Quijote, La Idea o El Teatro. Los títulos de sus obras denotan su tono satírico: en sus poemarios El ramo de ortigas (1861), Un chaparrón de letrillas (1870) o Pepinillos en vinagre (1881); sus obras teatrales La frutera de Murillo (1859) o El enemigo en casa (1864); o en sus zarzuelas El violón del diablo (1853), El jardinero (1865), Robinsón (1870) o El tributo de las cien doncellas (1872), musicadas por el célebre Francisco Asenjo Barbieri, bastante polémicas algunas, que contribuyeron a la consolidación en los escenarios españoles de la importada opereta bufa francesa.



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Taxidermidades, 2018.

Bibliografía:
Rafael García Santisteban   Mi amigo Perico , en La Ilustración Artística, Barcelona, 21 de mayo de 1883.


Recursos:
Artículo El popular disecador madrleño Ángel Severini en Taxidermidades.
Artículo Charles Darwin, taxidermista y coleccionista en Taxidermidades.
Artículo Charles Waterton: biografía de un taxidermista excéntrico. "A Nondescript" en Taxidermidades.