"A New Art", artículo de 1896 de James Carter Beard en Scribner's Magazine.

El escritor y naturalista estadounidense James Carter Beard (Cincinnati, 1837- Nueva Orleans, 1913), miembro de una saga de artistas, fue un pintor de género, de retratos y sobre todo conocido como ilustrador de animales y plantas en diccionarios, enciclopedias y libros de Historia Natural. Vivió en Nueva York y publicó en revistas como Scribner's, Harper's o Century. A mediados de 1896 firmó precisamente en Scribner's Magazine un artículo titulado A New Art, Un nuevo Arte, en el que reclamaba para la Taxidermia esa categoría, a la vez que alentaba a los taxidermistas para que se guiaran por la excelencia en su trabajo. El texto, que alcanza las siete páginas, lo acompañaba Beard con ocho ilustraciones, siete de ellas de factura propia, que son las que se reproducen a continuación.


Beard encabezaba su artículo con una cita de William Shakespeare, aquella que decía "En su pobre tienda pendía una tortuga, un caimán disecado y varias pieles de peces deformes". Así sin más. Realmente la frase pertenece a la primera escena del quinto acto de Romeo y Julieta, en el que el protagonista recordaba cómo era la tienda de un pobre y viejo boticario, y lo que pretendía Beard con ella, como se podrá comprobar en breve, era tomarla como referencia de una vieja Taxidermia que simplemente se limitaba a atiborrar las pieles de los animales y que debía ser desterrada en favor de una nueva y moderna Taxidermia artística que reprodujera fielmente la naturaleza. La traducción íntegra de A New Art -el texto original carece de notas- es la siguiente:
   "La TAXIDERMIA, un nombre que hasta ahora no sugería nada más estético que polvorientas colecciones de cabezas de animales mejor o peor preparadas y rellenas, en actitudes estereotipadas, o incongruentes pirámides de aves bajo fanales de vidrio, reclama en la actualidad ser designada como un trabajo artístico; una vez utilizado para impresionar a la superstición y excitar la vulgar curiosidad, propia de curanderos y alquimistas (1), sirve ahora a los intereses tanto del arte como de la ciencia. Pocas artesanías han sido completamente renovadas y perfeccionadas en tan corto espacio de tiempo como esta.
   Se cuenta que Agassiz (2), refiriéndose a los especímenes mamíferos montados, afirmó: "Rellenar una piel es arruinarla", y viendo los métodos y los resultados de la taxidermia incluso hasta hace tan solo diez o quince años, su justo veredicto, a pesar del tiempo transcurrido, no puede ser rebatido. La mayoría de los viejos taxidermistas no sabían o no les importaba, ya fuera gracias a la naturaleza o al arte, que su trabajo terminado no conservara las correctas formas del animal. Parece que daban por sentado que, habiendo extraído la piel del cuerpo de un animal, tan solo se precisaba rellenarla de nuevo, como un guante vacío, para reproducir sus anteriores formas. La laxitud de la cutícula sobre las formas que cubre, y su capacidad casi ilimitada para estirarse y encogerse, fue aparentemente olvidada o ignorada, y el objetivo único de cada operador en la mayoría de los casos parece que fue que su sujeto obtuviera, con todos los derechos y títulos posibles, el popular apelativo de "relleno" (3). La piel, con ejemplos todavía infelizmente presentes en nuestros museos y colecciones, estirada hasta su máxima tensión, tal y como aparecen los sujetos ahogados e hinchados encontrados en la arena al retroceder las mareas, produce una impresión muy desagradable que una particular y desvencijada estructura confirma y refuerza; los inoportunos y en ocasiones mal fabricados ojos de vidrio sobresalen dolorosamente de sus distendidas órbitas, los pies descansan en el soporte sobre la almohadilla de la parte posterior, mientras que las garras, "si las tiene", se elevan en todas direcciones, y esa disparatada estructura, en la que destaca tanto su posición imposible como su deformado armazón, totalmente contraria a la vida y la naturaleza, se inclina rígida y desequilibradamente.
   La renovación de la taxidermia, tan visible en nuestras colecciones, particulamente en el Museo de Washington, comenzó hace unos quince años. Un joven, que regresó de un viaje de recolección a las Indias Orientales, a las que fue enviado por un gran taxidermista (4), concibió la audaz idea de utilizar su oficio como medio para encarnar una idea esencialmente artística. Jamás se había visto semejante intento. Ciertamente dos o tres grupos de animales fueron disecados y montados con mayor o menor éxito, pero su lugar adecuado ciertamente no se encuentra en una colección como las descritas. En Londres Edwin Ward diseñó un combate entre un león y un tigre (5), y Rowland Ward la lucha de un ciervo (6). Un francés, Jules Verreaux, montó una sensacional y sangrienta obra, un mensajero árabe atacado por leones, que está, o hasta hace poco tiempo estuvo en exposición en el nuevo Museo de Historia Natural de Nueva York, pero que sin duda debería ser relegada a la cámara de los horrores de un museo de diez centavos (7).
   El joven artista mencionado, el señor William T. Hornaday, tiempo más tarde y durante años taxidermista jefe del Museo de los Estados Unidos de Washington D.C., y he de confesar autor del mejor manual de taxidermia jamás publicado (8), propuso una muy gráfica y realista composición que él llamó "Lucha en las copas de los árboles" (9), ilustrando un característico episodio de ciertos grandes simios, orangutanes, cuyos hábitos había estudiado en sus bosques nativos, y cuyas pieles y esqueletos él mismo había reunido. Hasta el más mínimo de los detalles del lugar donde fueron hallados fueron cuidadosamente estudiados, y todo aquello que pudiera ser de utilidad conservado en el trabajo. Preparó un boceto que presentó a su empleador, que fue un elocuente motivo para su aprobación. Con la excepción de los mencionados grupos, hasta ese momento todos los mamíferos se habían montado individualmente en ciertas actitudes predeterminadas sobre peanas barnizadas, y el proyecto que el señor Hornaday ofreció para su consideración no solo se trataba de un experimento arriesgado desde el punto de vista del taxidermista, que trascendía los límites asignados hasta entonces a la artesanía, y que suponía meses de trabajo y el gasto de una gran cantidad de dinero. No sorprende que una notable vacilación asistiera a tal propuesta. Finalmente, sin embargo, recibió el ansiado consentimiento y preparó el trabajo según el diseño. Quedaban por vencer innumerables dificultades, pero esas dificultades, consistentes en el trabajo en sí, no hicieron más que aumentar el interés y deleite del artesano por superarlas. Se emplearon nuevos dispositivos mecánicos para soportar diferentes partes del grupo, los árboles y su follaje donde se colocaron los sujetos fueron reproducidos cuidadosamente junto a la vegetación adherida -enredaderas, orquídeas y musgo-, y se perfeccionó la anatomía externa de los simios que mostraban sus cuerpos desnudos. La obra terminada muestra el característico modo de ataque de los orangutanes, que comparten al menos con la mayoría, si no todas las especies de grandes simios. Uno de los animales -ambos orangutanes son enormes y horriblemente feos- se ha apoderado de la mano del otro e introducido las puntas de los dedos en su boca, mientras este último grita de dolor y rabia al sentir los dientes de su agresor. El ataque tiene lugar para obtener la posesión de una hembra que, con una cría en su pecho, abandona apresuradamente el nido que, tal y como acostumbran esos monos está construido en las copas de los árboles que habitan, para buscar refugio en otro lugar. Despertado por el ruido del combate, otro miembro de la familia, "fruto del año anterior", mira hacia abajo desde otro nido, "sorprendido y con los ojos abiertos", la escena inferior. Los nidos son reproducciones exactas y precisas de los nidos individuales que construyen los orangutanes.
   Quizá no sea preciso decir que el grupo está compuesto artísticamente, las figuras correctamente dibujadas y animadas tanto en gesto como en expresión, que toda idea de la obra es tan original, que muestra no menos habilidad, conocimiento y talento como alguna destacada obra pictórica o escultórica.
   Este montaje, la finalización del cual marca un nuevo progreso en taxidermia, fue adquirida por el Museo Nacional de Washington, donde se exhibe en la actualidad. "Su precio, dos mil dólares", comenta el señor Hornaday, "impidió su venta inmediata, pero al cabo de poco tiempo otro grupo de orangutanes, con un diseño muy diferente, fue encargado para el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York por el señor Robert Colgate (10). Este grupo representa al orangután en su hogar, una escena pacífica en las copas de un bosque de Borneo. Incluye cinco orangutanes de varios tamaños y edades, que se alimentan de una curiosa fruta llamada durián, durmiendo en el nido, escalando, sentado o columpiándose". El precio recibido por este grupo fue de 1.500 dólares. El interés publico que despertó tales esfuerzos llevó a la formación de una sociedad de taxidermistas, que se organizó en Rochester, Nueva York (11). La primera exposición de trabajos de sus miembros tuvo lugar en aquella ciudad. Entre otros destacados grupos, incluído el combate en la copa de los árboles de Hornaday, se mostró una obra extremadadamente meritoria de otro taxidermista, un grupo de flamencos (12). Ese artista (13), cuyo trabajo es inigualable en delicadeza y acabado, muestra a la vez gran habilidad en todas las ramas de su profesión, parece haber hecho algo en la especialidad de aves, cuya delicadeza, plumaje y formas gráciles desea reproducir con toda la frescura, nitidez y limpieza que tuvieron instintivamente en vida y en movimiento. Recuerdo, como peculiar ejemplo de lo que se puede conseguir con la taxidermia moderna, y particularmente por su habilidad, que falseó el viejo dicho "No se puede poseer un pájaro y comérselo". Hizo un sabroso guiso con la carne del ave, cuya especie olvidé, y se lo comió. Luego articuló y montó su esqueleto. Y finalmente construyó un esqueleto artificial a modo de estructura, sobre el que modeló y que cubrió con la piel. Así que a partir de uno obtuvo tres pájaros. En otra ocasión, disponiendo de una piel de tigre para montar, y además el encargo de una cabeza de tigre, ingeniosamente suministró ambos a partir de una única piel. Tras separar la cabeza construyó otro a partir del pelo claro de las partes bajas del animal que en el montaje de la primera alfombra igualmente debía desecharse. Las manchas del pelaje se recuperaron fijando individualmente pelo a pelo, en su debido orden, mediante alguna preparación adhesiva, a la piel desnuda. Tras montar la segunda cabeza, tiñió y coloreó las manchas negras y la unió a la piel restante, completando la alfombra y, en todos los sentidos, un buen trabajo. Solo he de añadir que no hubo ningún engaño, puesto que el comprador sabía cómo se había hecho. Una exposición de la Sociedad de Taxidermistas Norteamericanos, celebrada en Boston dos años después de la mencionada (14), mostró una notable mejora en el trabajo de sus miembros, y otra posterior en Nueva York fue aún mejor que las anteriores. Contrariamente a lo deseado, puesto que se espera que cada meritorio esfuerzo hacia el progreso del arte y de la ciencia obtenga su recompensa, la sociedad de Boston dio poco reconocimiento; y mientras que la exposición de Nueva York fue testimonio de la venta de casi todas las obras importantes, económicamente la de Boston fue un fracaso. Desde la exposición de Nueva York no ha habido más reuniones de la asociación. Los elevados gastos, la incertidumbre por la remuneración del trabajo en cuestión, y el insuficiente reconocimiento de los resultados y las posibilidades de la taxidermia como un nuevo arte por parte del público, en general han actuado en contra del objetivo de progreso con el que se constituyó la sociedad pero, como el doctor Shufeldt en su admirable monografía sobre taxidermia incluída en la Memoria del Museo Nacional de los Estados Unidos de 1892 (15) sugiere: "Es muy deseable que esta sociedad se haya constituido, organizada además como algunas de nuestras mejores sociedades de artes y ciencias. La necesidad de tal sociedad es grande".
   En los métodos actualmente empleados en la taxidermia el término "disecar" (16) es una denominación errónea; el método empleado es llamado dermoplástico, que consiste en envolver el esqueleto o armazón con estopa a su vez envuelta en hilo, aproximándose a la forma requerida, y recubriéndola y modelando con arcilla las formas precisas. En los ejemplares muy grandes el armazón se hace hueco, un proceso casi equivalente al empleado por los escultores en obras muy grandes. A continuación la piel se extiende y se adapta a cada particularidad. Hasta aquí no hay diferencias en los requisitos entre la mejor escultura y una obra taxidérmica, excepto que una se emplea principalmente para la figura humana y la otra para las formas animales. La rapidez con la que muchas formas de vida, sobre todo en nuestro continente, están desapareciendo, conceden a este sujeto un valor e importancia que deben ser tenidos en cuenta, no solamente desde el punto de vista científico, sino también desde el interés público general. A juzgar por la apreciación con la que diversos especímenes de animales que se extinguen han sido recientemente montados, la habilidad del taxidermista reproduciendo las formas vitales que pronto e inevitablemente se extinguirán, resultará de enorme e inestimable valor. Uno de los más importantes y perfectos de tales trabajos es el magnífico grupo de bisontes (17) en nuestro Museo Nacional de Washington, y otro similar en el Museo de Historia Natural de Nueva York. La ambientación de estas obras es perfecta, las plantas provienen de las tierras de los búfalos, y la misma tierra sobre la que están fue traída desde Montana. Una familia de coyotes (18), agrupada y finamente montada, significa otro triunfo del oficio, que sin duda no será menos valioso cuando el coyote luche dentro de mucho tiempo contra su extinción final.
   Un grupo importante es el de la cabra de las montañas Rocosas, del profesor Dyche (19), importante por su envergadura, su general excelencia, la dificultad de recolectar los raros animales que lo componen, y por tratarse del único grupo de tales animales conocido hasta el presente. Existen otros grupos de mamíferos ya terminados o en fase de montaje, la mera enumeración de los cuales y de sus excelencias es imposible en el espacio permitido para el presente artículo que, al tratar la taxidermia como un arte, debe tratar de los principios generales con algunos ejemplos para ilustrarlos. Hay además ramas de la artesanía como, por ejemplo, cabezas montadas de mamíferos, que vale la pena tenerlas en cuenta, y que son una especialidad en sí mismas. Estas han compartido la general mejora en este arte, puesto que cada vez con menos frecuencia se ven "cuellos de ganso" y bocios en la garganta o cabezas con aspecto de hombros altos (sic). Un buen ejemplar de buey almizclero, obra del profesor Jasper (20), es considerada de las primeras; la cabeza está bien modelada, algo digno de destacar, ya que en general es algo que suele descuidarse en ejemplares de pelo largo. Una línea de trabajo muy prometedora está en curso, producto de un joven artista del Museo de Historia Natural de Nueva York (21). Un joven camello es especialmente digno de comentario, ya que muestra la anatomía del animal bajo la superficie de suave lana que lo cubre completamente. Falta decir no obstante que, incluso ahora que innegablemente se han producido avances en ambos, las mejoras en la taxidermia, después de todo, quizá sean mayores en las aplicaciones mecánicas y en los procesos, que en los resultados artísticos. El mejor trabajo carece del aspecto que tiene en la naturaleza, de plasticidad y formas infinitas. Todavía no se presta la suficiente atención en eliminar rigidez y cierta tiesura como de madera desde la postura y la reproducción de las distintas conexiones y articulaciones de las partes que, constituyendo la anatomía externa de los animales, indica en su conjunto y sugiere además la posibilidad de cada movimiento muscular del que un animal vivo es capaz."El taxidermista, a diferencia del escultor o pintor, no puede reclamar indulgencia a causa de la necesarias limitaciones de sus medios de expresión o del material con el que trabaja; la exposición explícita en lugar de la sugerencia, la reconstrucción y no la idealización es el objetivo final de su obra, y en su perfección no debe quedarse corto, y menos en lo relativo a la vida real y al movimiento, falsificando totalmente la naturaleza." Mire cualquier mamífero, su perro por ejemplo, y observe la cantidad de formas o variación de superficie en cada fracción de pulgada cuadrada del cuerpo -pliegues, arrugas, proyecciones, huecos, protuberancias-, atributos propios, expresión de sus movimientos y condiciones naturales, y una parte tan indispensable de sí mismo como sus dientes y ojos. Se trata del modelado, y es algo que los taxidermistas aún han de añadir al resto de excelencias de su obra. Entre los mejores mamíferos montados encontré zonas lisas, e incluso imposibles, que proporcionaban una sensación de dureza, apretura y rigidez en la expresión general, en las cuales no se prestó atención a la correcta proporción de las partes, algo que un acabado mecánico pueda compensar. No importa si el ejemplar se representa demacrado o en perfecto estado, el modelado es necesario tanto en un caso como en otro. Dicha carencia es lo que posibilita a cualquier artista competente distinguir infaliblemente entre la fotografía de un animal vivo o un espécimen disecado. Mejor dicho, en sus posturas fijas e inalterables se deberá insistir en aquellos indicios de posible movimiento, como hacen hasta el límite de la exageración los mejores artistas en escultura y pintura, aunque reducida en grado y extensión; algo que más que en cualquier otra manipulación accesoria, el taxidermista debe transmitir al hacer su trabajo, verlo como si viviera y respirara. El taxidermista, a diferencia del escultor o pintor, no puede reclamar indulgencia a causa de la necesarias limitaciones de sus medios de expresión o del material con el que trabaja; la exposición explícita en lugar de la sugerencia, la reconstrucción y no la idealización es el objetivo final de su obra, y en su perfección no debe quedarse corto, y menos en lo relativo a la vida real y al movimiento, falsificando totalmente la naturaleza. El impresionismo no cabe en taxidermia. Las dificultades mecánicas en el camino de la perfección son, estoy seguro de ello, muy grandes. El escultor ha de proporcionarle a su cera de modelar o arcilla el más leve toque que ceda y retenga la impresión de contacto, porque la piel fresca, estirada, martilleada y moldeada por la fuerza, encoge durante el secado, contrayéndose sobre las depresiones, las delicadas deformaciones y el cuidadoso modelado, especialmente en la boca, los ojos y las orejas. No se ha inventado ningún método rápido o fácil para superar dicha dificultad, y además el taxidermista que produce el primer ejemplar implicándose en la representación sutil y perfecta de la anatomía del sujeto, apenas espera recibir una adecuada remuneración por su trabajo. Un ejemplar estudiado en vida y que muestra hasta la última perfección artesana ha sido preparado en el nuevo Museo de Historia Natural de Nueva York. El sujeto es una reconstrucción, con su nativa fealdad, de Chico, el simio de mayor tamaño que jamás se haya traído vivo a este país."



Del artículo de James Carter Beard se hizo eco en Europa la revista francesa La Revue des Revues que en su entrega del tercer trimestre del mismo año 1896 lo reproducía, traducido bastante libremente por cierto, cambiando además el título original por el de La Science de la Taxidermie, e ilustrándolo con cinco de los grabados del artículo norteamericano. Comenzaba así:
   "Hasta la fecha la taxidermia nunca ha figurado entre las artes, y realmente nos preguntamos cuál podría haber sido el motivo de similar exclusión. Sobre todo en la actualidad, el disecador no solo se preocupa por la conservación de los animales, sino que busca devolverles el movimiento y las actitudes en vida.
   Cualquier cosa que no sea la reproducción del animal tal como era en vida, es considerada como una obra defectuosa. Anteriormente se contentaban con rellenar de heno, estopa o cualquier otro material similar las pieles de los animales, previamente untadas con jabón arsenical. Era la época en la que Agassiz decía: "Rellenar una piel equivale a destruirla". Pero, desde hace doce o quince años se ha producido una capital revolución en la taxidermia, y es en la actualidad un nuevo arte que el señor J. Carter Beard ha presentado en la revista Scribner's.
   (...)"

El redactor de la traducción francesa, que emplea elipsis y solamente sigue de forma aproximada el texto original, no obstante lo tergiversa en ocasiones, como en el siguiente ejemplo, donde Beard, al referirse a la composición de una cabeza de tigre a partir de restos de otra piel, escribía "Solo he de añadir que no hubo ningún engaño, puesto que el comprador sabía cómo se había hecho", en su versión francesa sin embargo se transforma en "Ninguno de los dos compradores supo jamás cuál poseía la cabeza verdadera del animal, que no obstante, no era bicéfalo". Preferible que el lector interesado acuda al original.


Notas.-
(1) En referencia a la cita inicial.
(2) El naturalista suizo-estadounidense Louis Agassiz (1807-1873), profesor de Zoología y Geología en la Universidad de Harvard.
(3) En el original inglés stuffed, literalmente relleno, tradicionalmente viene equivaliendo al francés empaillé, literalmente empajado, o al español disecado.
(4) Como veremos el joven taxidermista al que se refiere Beard es William Temple Hornaday (1854-1937), y su empleador en una primera época fue Henry Augustus Ward (1834-1906), propietario del Ward's Natural Science Establishment de Rochester, Nueva York, el mayor proveedor estadounidense de la época de objetos de Historia Natural y un lugar donde se iniciaron un buen número de reconocidos taxidermistas que años después trabajarían en los grandes museos públicos.
(5) Se conoció como Lion and Tiger Struggle.
(6) El enfrentamiento entre dos ciervos que Rowland Ward presentó en la Exposición Internacional de Londres de 1871 se bautizó como The combat, en español La lucha.
(7) Las apreciaciones iniciales de Beard no son más que el parafraseo de las que Hornaday escribió en su manual de Taxidermia (ver además la siguiente nota):
   "La rapidez con la que el arte de la taxidermia ha ido ganándose el favor del público en los Estados Unidos durante las últimas dos décadas es ciertamente gratificante. Hace algo menos de veinte años que un naturalistra declaró que una piel rellena es una piel estropeada. Incluso diez años atrás los únicos especímenes permitidos en los museos eran aquellos montados individualmente, en posturas estereotipadas y en pedestales de madera pulida.
   Entre los años 1860 y 1876 algunos de los más ambiciosos taxidermistas de Europa produjeron varios grupos de mamíferos, grandes y pequeños. De estos, uno de los más notables fue Lucha entre León y Tigre [Lion and Tiger Struggle], de Edwin Ward de Londres, y otro fue el Correo árabe atacado por leones [Arab Courier attacked by Lions] de Jules Verreaux. La mayoría de estos grupos representan a los animales en posturas teatrales, generalmente luchando. Mientras que eran de bastante interés para ciertos propósitos, no lo eran tanto para las personas interesadas en el estudio de las formas y  características de las especies que estaban representadas. (...) Hasta el año 1879 no muchos grupos de mamíferos se han preparado en este país habiendo sido considerados aptos de acuerdo con una visión científica de las colecciones. Además, la producción de grupos de mamíferos o aves adecuados para museos científicos ha sido generalmente considerada como una imposibilidad."
(8) Se refiere a Taxidermy and Zoological Collecting (1891) publicado por Charles Scribner's Sons, los mismos editores de la revista donde Beard inserta su artículo.
(9) Hornaday ciertamente bautizó inicialmente su primer grupo de orangutanes como Fight in the Tree-tops, aunque al poco tiempo, posiblemente al ser adquirido por el Museo Nacional de Washington, pasó a conocerse como Life in the Tree-tops, traducido Vida en las copas de los árboles. Curiosamente Beard no acompañó el texto de su artículocon ningún grabado ilustrativo de este grupo. No obstante, el lector interesado podrá ver una imagen en Los grupos de Hornaday. El tránsito hacia una taxidermia científica en los Estados Unidos.
(10) Uno de los fundadores del Museo de Historia Natural de Nueva York.
(11) Tanto Hornaday en su tratado de Taxidermia, como Frederic S. Webster, taxidermista del Carnegie de Pittsburg en su artículo autobiográfico, abordan la fundación en 1880 de la Sociedad de Taxidermistas Estadounidenses (Society of American Taxidermists) y las exposiciones de la misma de Rochester (1880), Boston (1881) y Nueva York (1883).
(12) Se refiere a The Flamingo at Home, obra de Frederic S. Webster, taxidermista que en su etapa de formación coincidió con William T. Hornaday en el Ward's Natural Science Establishment de Rochester. Las obras de ambos citadas en la nota anterior también se refieren a este grupo de flamencos. El artículo Los grupos de Hornaday. El tránsito hacia una taxidermia científica en los Estados Unidos, publicado aquí en Taxidermidades, aborda ese cambio de enfoque de la Taxidermia con referencias entre otros a los dos grupos de orangutanes citados, el grupo de flamencos de Webster, y alguno más que aparecerá en el texto de Beard más adelante.
(13) ¿Se refiere a Hornaday o a Webster?
(14) En realidad la exposición de Boston tuvo lugar al año siguiente de la de Rochester
(15) Robert Wilson Shufeldt  Scientific Taxidermy for Museums (Based on a study of the United States Government collections), informe incluído en el Report U.S. National Museum, Smithsonian Institution, Washington, 1892.
(16) En el original stuffing, literalmente rellenado (ver nota 3).
(17) Véase El grupo de bisontes de Hornaday en Taxidermidades.
(18) Obra también de Hornaday.
(19) Lewis Lindsay Diche, profesor de la Universidad de Kansas.
(20) De la Universidad Brown.
(21) Se refiere a John Rowley.


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Taxidermidades, 2019.



Bibliografía:
---   La Science de la Taxidermie , en La Revue des Revues, vol. XXVIII, tercer trimestre, París, 1896.
James Carter Beard   A New Art , en Scribner's Magazine, vol. XX, nº 1, Nueva York, julio de 1896. (libro electrónico)
William Temple Hornaday    Taxidermy and Zoological Collecting, Scribner's Sons, Nueva York, 1891.

Recursos:
Artículo William T. Hornaday, taxidermista y conservacionista del bisonte americano en Taxidermidades.
Artículo Los grupos de Hornaday. El tránsito hacia una taxidermia científica en los Estados Unidos en Taxidermidades.
Artículo El grupo de bisontes de Hornaday en Taxidermidades.
Artículo "Taxidermy and Zoological Collecting", el tratado de W. T. Hornaday en Taxidermidades.
Artículo El Museo Nacional de Historia Natural de Washington en Taxidermidades.
Artículo El Museo Americano de Historia Natural de Nueva York en Taxidermidades.
Artículo Henry A. Ward. El "Ward's Natural Science Establishment", semillero de taxidermistas en Taxidermidades.
Artículo Los Ward de Londres. Rowland Ward en Taxidermidades.
Artículo Los Verreaux, naturalistas y taxidermistas en Taxidermidades.
Artículo "Correo árabe atacado por leones" de Jules Verreaux en Taxidermidades.
Artículo Artículo autobiográfico de Frederic S. Webster, taxidermista del Carnegie en Taxidermidades.
Artículo Fragmento de "Romeo y Julieta" de William Shakespeare en Taxidermidades.