"Bajamos por el Boulevard. En el cruce de la Rue Denfert-Rochereau con el Boulevard hay una estatua de dos hombres con túnicas ondulantes.
- Ya sé quiénes son -dijo Bill echando una mirada al monumento-. Son los dos señores que inventaron la farmacia. No trates de engañarme acerca de París.
Seguimos adelante.
- Aquí hay un taxidermista -dijo Bill-. ¿Quieres comprar algo? ¿Un encantador perro disecado?
- Continuemos -dije yo-. Te enamoras de todo lo que ves.
- Son unos perros disecados lindísimos -insistió Bill-. Con toda seguridad alegrarían tu piso.
- Sigamos.
- Sólo un perro disecado. Es aquello de "lo toma o lo deja". Pero oye, Jake. Sólo un perro disecado.
- Vamos.
- Una vez lo has comprado, lo significa todo para tí. Es un simple intercambio de valores. Tú les das dinero y ellos te dan un perro disecado.
- Compraremos uno al volver.
- Está bien, hazlo a tu manera. El camino al infierno está empedrado de perros disecados no comprados, pero no es culpa mía.
Continuamos andando.
- ¿Cómo has sentido tan de repente ese cariño por los perros?
- Siempre he sentido eso por los perros. Siempre he experimentado una pasión por los animales disecados.
Nos detuvimos a tomar una copa.
(...)
Nos pusimos de nuevo en marcha Boulevard abajo. Un coche de caballos pasó por delante de nosotros. Bill lo miró.
- ¿Has visto ese coche de caballos? Te voy a regalar ese caballo de coche disecado para Navidad. Voy a regalar animales disecados a todos mis amigos. Soy un escritor amante de la naturaleza.
Pasó un taxi; alguien que iba en él saludó con la mano y golpeó en los cristales para que el chofer parara. El taxi se detuvo al borde de la acera. Era Brett.
(...)
El taxi se puso en marcha y Brett dijo adiós con la mano.
- ¡Qué chica! -dijo Bill-. Es tremendamente simpática. ¿Quién es Michael?
- El hombre con quien se va a casar.
- Bueno, bueno -dijo Bill-. Siempre me encuentro a alguien que se halla exactamente en esta situación. ¿Qué voy a regalarles? ¿Crees que les gustaría un par de caballos de carrera disecados."